84.-
Vea, señora, yo poco y nada le puedo decir. Si usté quiere me pongo a hablar que, pa’males, si me pusiera a contar, tendría una carretilla pa’llenar; o de la historia de uno, pero no sé a quién mierda, perdóneme usté la boca, le va a interesar lo que le pasa a un negro zaparrastroso. Aquí nadie me ha preguntao nunca nada; más bien que me han tomao pa’la joda siempre, esa es la verdá; cuanti más me han dao un cigarrillo, de lástima, alguna vez,, y no pasó de qué tal Pataco, cómo te va, pero sin que les interese como me iba; pa’qué viá decir una cosa por otra. La gente dice eso de cómo te va, pero no le interesa saber nada. Y tienen razón; porque, a la final, no sé pa’qué van a querer saberlo; con que uno haga un cabeceo, ya está. Porque cada uno es cada uno y no hay más remedio. Yo tengo vivido mucho en este pueblo; voy yendo pa’los sesenta; en el caminito ando de llegarme a los sesenta, nomás, porque así como me ve, de flaco repodrido que parezco, así fui siempre; pero le mentiría de que estuve enfermo, como no sea alguna gripecita o cosa así; no,doña,¿como era que se llamaba? ¡Ah,sí, Amelia!... como le digo, doña Amelia,yo he andao mucho, siempre a pata, y aquí, nomás, en el pueblo; a veces bajo la lluvia, meta darle a las patas, con una bolsa de arpillera en la cabeza pa’ no mojarme y puro juntar porquerías y sobras de los tachos de la vereda o, según la casa, ir a golpiar, nomás; y pedir un poco de pan o de comida que haya quedao de sobra. Pero eso más lo hacía mi mamá, la Manuela, y a ella también la tomaban pa’la joda, pobrecita; decían que era media loca. Sería porque nunca hablaba y tenía esa manera de quedarse callada, mirando fijo; siempre con su sonrisa en los labios y calladita. Porque ella nunca decía esta boca es mía y pa’sacarle una palabra había que agarrar un tirabuzón; pero calladita, mirando fijo, tenía como una mirada de vaca mansa, ¿alguna vez vio una vaca, señora? Así ella se quedaba quietita en las puertas de las casas y las patronas ya sabían que la Manuela, mi mamá, venía a buscar algo de comida o alguna ropita que estuviera fuera de uso y casi siempre le daban, porque a uno lo conocían de años y años. ¡Qué!...si nunca en la vida hemos salido de acá…Yo a este pueblo me lo conozco de punta a punta y los conozco bien a todos porque como siempre tuve que andar en la calle, he conocido a todo el mundo y la gente como yo viene a ser como una cosa sin importancia; por ahí, entonces, todo el mundo me ha contao cosas o dao encargos. Así que yo vine a ser un paño de lágrimas muchas veces y también un trapo de piso, pa´qué lo vamos a negar; sobre todo de los muchachos; que será porque son muchachos, vaya a saber; siempre están chumbiando y jodiendo, diciendo cosas. Que porque soy yo se las animan a decir, porque lo que es a otro no se lo dirían así nomás; pero al Pataco lo joden y lo joden, y yo no me enojo, no vaya a creer; me río. A veces, nomás, cuando estoy medio del otro lao y me tomo unos vinitos, entonces sí, me da un no sé qué y me vienen los deseos de darles unas trompadas pa’que aprendan a respetar un poco, porque por más que uno sea el hijo de la Pataca, no tienen que andar faltando el respeto, ¿no le parece?... A la final yo seré un negro de mierda, pero nunca he faltao el respeto y tengo mis canas, como ustè ve. Pero lo de las canas vino ahora, vino ahorita, porque hasta más de los cuarenta yo ni una en el pelo; que eso me decìa siempre mi mamá y se réia mucho: parecés un gurisito; tan flaco que sos y ni una cana, chè, cuando nos poníamos a comer un poco de las comidas rejuntadas. Ahí debajo de ese espinillo, ahí mismo; comíamos los dos toditas las tardes. A eso de las tres, que era cuando volvíamos de la recorrida; porque primero había que esperar a que comiera la gente antes de ir a pedir, así que pa’las tres, más o meno, llegábamos y comíamos a la sombrita. Pa’ la noche, sí; yo me iba a lo de Ruiz Dìaz, el carnicero, y siempre me dejaba un huesito pa’l caldo. Que nunca nos faltó mientras él vivió; ahora con la mujer, que se volvió con los gurises después de dirse con un macho, la muy yegua, no es tan fácil; es distinto. Me da, no viá decir que no me da, pero no es tan fácil como con don Cachimba Ruìz Díaz cuando vivía. ¡Así es la cosa!...Y bueno, yo las moneditas pa’ir tirando, me las sacaba en la estación, con las changas; ahora me cuesta más pero no hay más remedio, qué va a hacer; ¡qué mierda!, me duelen los huesos ahora, que los años no vienen solos; pero siempre me las rebusqué en la estación con las valijas.Pero, siempre así, como me ve. Una vez me quisieron hacer poner un uniforme, de esos grises, como los que tienen los del telégrafo, pero yo ni en pedo. Por áhi lo tengo todavía; al saco lo usé un poco,aunque no me gusta. Más linda es esta campera de gamuza que me dieron en lo de Goldman una vez que les carpí todo el pasto del patio; desde entonces no me la he querido sacar más, y mis bombachas, como usté vé, éstas me vienen durando bastante; claro que tuve otras, imagínese, siempre bombachas de este color cremita, que es el que más me gusta; ahí sí, las batarazas son muy pitucas, pero no duran nada; ésta es de tela fuerte, propia pa’mis tareas de andar acarriando cosas, porque mi trabajo es andar acarriando; meta acarriar bultos de un lao pa’otro, que con eso me he ganao decentemente mis moneditas; una valija pa’al hotel de Gerard, una encomienda pa’la estación, y así…siempre el Pataco se las ha arreglao con esas changas, que es lo único. Imagínese, yo ni a leer pude aprender; no sé, no me gustaba, no era pa’mí; y además mi mamá no me mandaba a la escuela. Una porque todos se réian de mí, y otra porque quería que yo la acompañara por la calle, nomás; y bueno, la pobre vieja era así. No era de bruta, me parece, sino porque me quería tener con ella, y yo así me fui criando, entre sus polleras; solitos los dos en el rancho, en la calle, o bajo la lluvia, pero bien machito salí, gracias a Dios. Lo único que solitario me he quedao; qué se yo; siempre con la vieja de un lao pal’otro y, además, quién me iba a dar pelota; una que soy así de flaco esquelético, que parezco débil pa’las mujeres, pero sobre todo por este asunto de la voz que, ya ve
usté. Así con la voz gangosa, se me han réido siempre las muchachas, y me ha dao un poco de vergüenza encararlas; pa’más, nunca supe bailar cuando venían los chamameceros, así que apenas me iba, nomás, a espiar por el tapial que daba a la pista. No faltaba nunca un mamao que viniera a joderme…Y así dejé de ir; y entonces,¡ adónde viá conseguir mujeres si no es en los bailes!...¡Dónde la viá a traer, si aquí apenas cabíamos con mi mamá, la Manuela Pataca!...¡Qué va a hacerle!...Después se fueron pasando los años y me hice ya muy mayor pa’ pensar en noviar y esas cosas; me fui quedando solo, nomás. Pero, qué mierda, uno se acostumbra a todo. No le viá decir que nunca…que nunca, bah, que alguna vez no me voltié una mujer, sí doña; y se lo cuento pa’que no vaya a andar pensando mal de mí, aunque soy reservao, muy reservao, le tengo que decir que una vez me la voltié; allí donde usté ve ese corral de los Sandoval; allí vivía antes otra gente, los Munilla; y a la gurisa de los Munilla yo me la apilé varias veces donde ahora usté ve ese corral, que, antes, eso no se véia nada, de tapao que estaba por las cañas; allí, entre la nidada de las gallinas, yo hacía mis cosas con la hija de los Munilla. En aquel entonces yo andaría por los veinticinco o los veintiséis, que yo soy del 22, así que, sí, esa edá tendría. Por eso le digo, pa’que no vaya a andar imaginando cosas raras; mujer he tenido. Pero lo que se dice como pa’ vivir de a dos, acollarado, no, nunca…No pude; esas cosas,…cuestión de suerte. Así que muchas noches me las he pasao en vela, pensando en eso, y hasta tuve la desgracia__y no me da vergüenza confesarlo, porque total estoy medio viejo__tuve, digo, que arreglármelas solo al no tener mujer; me jodía hacer esas porquerías solo; pero no había más remedio, ¡qué joder! Porque pior hubiera sido faltarle el respeto a alguna mujer; a mi mamá, pongo por caso. Pero eso jamás se me cruzó por la cabeza…y al quilombo, qué quiere que le diga;…no me iban a dejar entrar así nomás; iban los muchachos del pueblo, esa gente, y d’iande iba a sacar plata, además. A mí, no le viá a decir que no me gustaba la Angélica, porque la verdá estaba muy bien. Pero más caliente que la peste era y me hubiera cagado a trompadas si le cáia a la casa con esas intenciones. ¡Qué cosa!..., yo conozco como si lo hubiera parido al pueblo. Y mi mamá solía contarme del tiempo de antes, de antes de los conservadores y radicales, cuando ni comités había y ésto era puro campo . Ella conoció al viejo que fundó todo, que era un coronel que había peliao por áhi, en el desierto a lo mejor, el en Arroyo Grande, y en la batalla del Arroyo e’las Calaveras; sí, porque la vieja tenía 101 años cuando murió, ¡101 años tenía al morirse!, así que, imagínese, vio todo eso y me contó que al viejo éste le habían regalao las tierras por peliar; y bueno, se fundó un pueblo el hombre. Aparte de los criollos, empezaron a venir los judíos; se llenó de judíos, de rusos que venían de Uropa, y de un descampao que ésto era, el hombre hizo los límites, las manzanas; vinieron unos ingenieros que serían de Paraná o Buenos Aires y mensuraron la tierra y dijieron: aquí la Polecía, aquí el Correo, y cosas así; y ya ve usté, ahora parece una ciudá, que debe andar por los trece o catorce mil habitantes; sin contar con los de la Colonia que vienen pa’los carnavales y pa’comprar provisiones, y que entonces es un loquero y deben llegar como a los veinte mil, por lo menos… Sí; yo tengo visto mucho de las cosas que han pasao en este pueblo; a más de lo que me contó mi mamá. Y bueno, todavía está aquí la familia del coronel; están los nietos y los biznietos, que casi todos se han ido a estudiar a la ciudá, y acá quedó uno que se recibió de veterinario y se murió de cirrosis, y cosas así; porque ha sido gente ésta que siempre le gustó el campo. Yo, muchas veces, sabía irme a pastoriarle un poco las vacas, cuando se les enfermaba algún pión, y hasta aprendí a alambrar en la casa d’él; pero temporario, nomás, porque yo no nací en el campo, nací en el pueblo, en este rancho mismo; ellos me daban changas de vez en cuando, medio pa’ hacerme ganar unos pesos, pero nunca de regular o efetivo. No; yo no digo que no es lindo el campo pero, no sé, nunca me entusiasmó; a mí me gusta este pueblo, que no será una cosa del otro mundo, pero me gusta. Y aquí he vivido siempre, me conocen todos, todos. Y, aunque me jodan a veces, me conocen y me saludan por mi nombre, y eso es importante para la persona; que la conozcan, que uno tenga un lugar de uno, ¿no?, que es un decir, porque yo no tengo ni donde caerme muerto, pero es como si fuera mío
también. Voy a lo de Amengual, pongo por caso, y si el viejo está haciendo chorizos o un queso de chancho, yo lo ayudo y él me tiene confianza porque me conoce, así que después que termina, toma mate conmigo y me regala unos chorizos o un queso; o a lo Ruiz Díaz cuando vivía; yo iba temprano a ayudarlo a descargar la carne y por eso nunca me faltó un hueso p’al puchero, como se dice. O mismo, en la casa del Gringo, cuando él trabajaba en el hotel. Lo pongo de ejemplo, porque este muchacho que busca, el Marianito, parece que era muy amigo d’él…En lo del Gringo , ¡las veces que habré ido a cortar leña pa’la cocina del hotel!... Cuando todavía no había gas a garrafa: después no. Después no fui más. Pero solía ir a picar leña, pila de veces fui, así que imagínese, si los conoceré a todos éstos, que los he visto de gurises y me acuerdo que andaban en barra y me cagaban a cascotazos cuando pasaba, o me tiraban una valija cuando iba de changa cargado. El Gringo, sobre todo, que cuando chico era un atorrante e’mierda; no como ahora que es un hombre serio. ¡Pero si me habrá jodido cuando chico!...Bueno, en la casa d´él, muchas veces lo vi a este mozo, el Mariano. Porque no sólo iba a pedir comida al hotel sino, también, al padre d´él, a don Isidro a quién conocí mucho. Al pelado lo conocí de cuando jugaba de referí, y después cuando la política, que era medio capo del peronismo; por los años cincuenta le estoy hablando, doña Amelia. Fue Juez de Paz, también; y por demás cantor… Sabía ir yo a la Comisaría cuando estaba Ceferino Echeverría de comisario, que era de Colón, y se mandaba unos asaos bárbaros en el patio. De la época de Echeverria le estoy hablando; bueno, los milicos, dos por tres, me iban a buscar pa’hacer el asao y allá iba yo y lo véia a don Leves que cantaba lindo; cosas de Gardel le gustaba cantar. Cuentero por demás, ¡paaaa!...Le gustaba contar cuentos verdes…bueno; estaba en todos los asaos de la Comisaría; hasta el cura Ferré se venía. Y áhi se hablaba de todo; de política, de mujeres, aunque estuviera el cura que era bastante mal hablao; y de fóbal también; se hablaba mucho de fóbal. El cura era el entrenador del cuadro de la iglesia que se llamaba Club Atlético Patronato y siempre había pica con otro. Primero con Sportivo, y después, cuando Sportivo se disolvió, con Nuevos Rumbos, que eran más o menos los mismos, pero como se habían peliado con el Club Social, le cambiaron el nombre, nomás. Bueno, el cura se calentaba lindo con don Isidro Leves; a veces por la discusión de un penal o un orsai mal cobrao, según él; pero después se réian los dos y don Leves meta cantar Volver o Por una cabeza, aunque todos terminaban por pedirle siempre que cantara Silencio. Muy buen hombre, don Leves. A él lo conocí mucho, como le digo; pero al hijo, al Marianito, no me acuerdo bien. Lo confundo con el primo que también vivía acá, el Coco, y se fue pa’Buenos Aires. A don Leves sí lo conocía bien; él me consiguió la partida de nacimiento cuando era juez. La que yo tenía que presentar en Colón pa’hacer los trámites de documentos cuando la época en que había que renovarlos; sí, yo ya sabía ir a barrer el Juzgao y me dio sus buenas propinas, me acuerdo bien. Estaba casao con una maestra que era de Uruguay y trabajaba en la Escuela n° 11, detrás de la vía; esa escuela nueva que hizo Evita. Sí, yo siempre me acuerdo de todo, tengo más anédotas que pelos en la cabeza. Horas le estaría hablando de todo lo que ha pasao aquí, de lo que me tengo visto. Diga que yo no soy de andar diciendo cosas íntimas de la gente, pero me tengo visto cada cosa que usté no lo va a creer. Aquí se aparienta mucho, pero hay más de una señora que le metió los cuernos al marido cuando estaba en el trabajo, que yo podría armar un quilombo de la gran puta si me pusiera a hablar y dar nombres. Le viá contar un caso, pa’que vea lo que le digo y lo que son las mujeres. Había un hombre acá, que no le viá decir cómo se llamaba por discreción, que trabajaba de camionero llevando tanques de nafta a Villaguay, esas cosas, y la mujer aprovechaba pa’meterle los cuernos a la hora en que el hijo estaba en la escuela. Entonces me mandaba llamar con alguno o me hacía señas cuando pasaba y me alcanzaba un papelito con cien pesos adentro, ¡cien pesos!, imagínese en el año cincuenta lo que era eso; en ese entonces, digo, porque ahora está hecha una vaca, pero en cuanto a eso era una linda mujer, muy arreglada, grandota, de esas mujeres percheronas, echadas pa’atrás. Bueno, me llamaba y me pasaba el papelito con los cien pesos adentro y el papel era una esquelita que yo le llevaba a un guarda del coche-motor de Concordia que se quedaba a dormir, día por medio, en el pueblo, porque los coches van y vienen; un día sí y un día no, ¿vio? Bueno, yo le entregaba la esquelita al guarda y allí ligaba otros pesitos. El hombre me decía que bueno, que está bien, andá y decile que ya voy; y cáia a eso de las dos, por los fondos, porque saltando el gallinero, ahí nomás, le quedaban los fondos de la casa de esta mujer, que vivía en la misma manzana, ¡mire usté!... Y mientras el gurí estaba en la escuela y el marido de viaje, se encamaba con este guarda de Concordia. Después la véia usté muy del brazo con el marido, los domingos, pasiando por la calle principal, saludando a la gente sentada en las veredas, que ni se imaginaban la cosa; buenas tardes, cómo le va, muy bien usté,¡qué relaje!...No; si yo sé muchas cosas de acá; será por eso que aunque ha faltao trabajo pa’mí, siempre me las he arreglao pa’ir tirando. Pero trabajo estable, efetivo, como se dice, nunca tuve; así que ni pa’jubilación estoy yo. Cuando ya no dé más estoy jodido, porque quién me va a venir a ayudar. Los vecinos son buena gente pero, pero qué quiere que le diga, usté ve lo que son estos ranchos; ni pa’ellos tienen; alguna gallina, a gatas, pero nada más. El puesto que a mí me daba ilusión y que me iban a dar cuando el peronismo, me lo tenía prometido don Luiggi, el intendente, era el del cementerio. Pero, esas cosas, al final se lo dieron a don González. Don Luiggi me dijo que era porque don González lo necesitaba más, porque tenía tres hijos, y ¡qué va a hacerle!...No se dio. Y la verdá que don González era un hombre pobre también, y le venía al pelo el cementerio. Limpiar de yuyitos las tumbas, los nichos, lustrar bien las placas y cosas así. A más del sueldo, ese trabajo deja mucha propina. Pero no se dio; qué va a hacerle…Era un buen puesto que me hubiera gustao tener; y no se dio. Después don Luiggi, pa’compensar, me prometió una pensión pa’mi mamá. Y tampoco la conseguimos porque enseguida cayó el peronismo y se fue todo a la mierda… Lo único que quedó de esa época es el asfalto que, usté lo ve, todavía está bien. Un trabajo bárbaro se mandaron; también esa vez vinieron ingenieros y todo, con máquinas y tratores, y hubo mucho trabajo. De esa época, el asfalto es lo único que quedó; y la escuela que hizo Evita. Después, los bustos, esas cosas, quién sabe dónde estarán…¡No!; si aquí pasó de todo. Yo ví llegar muchos judíos, todavía. Alcancé a verlo… De los que vinieron después de la primer camada. Los ví crecer a los gurises d’ellos, que fueron todos a la escuela acá y después se fueron a estudiar a Santa Fe o Córdoba, y hoy son dotores. Ni médico ni nada había acá entonces; ahora hay un hospital, farmacia, y confitería. De a poquito se fue haciendo todo. Hay mucha gente de plata aquí, mucho ganadero, mucho arrocero; usté sabe que esta zona es arrocera; aquí se da muy bien el arroz y hay molino; se envasa acá mismo y se manda p’al Japón, así me han dicho, mire usté, ¡de acá pa’l Japón!...Mucha gente con plata invierte en el arroz y en animales. Hasta los médicos que han cáido acá se han hecho ganaderos. Usté los véia llegar con una mano atrás y otra adelante, ponían la chapa en la puerta, y a los dos años ya los tenía comprando vacas en Concordia, en los remates. Pero hay mucho pobrerío también, mucho rancho. Ahora no tanto, pero antes, ahí atrás de la estación, p’al barrio del Mondongo, o p’al barrio de la Bolsa, había mucho rancherío, que ha ido desapareciendo porque mucha gente fue haciendo de a poquito su casa de material, o lo mismo, p’al lao del cementerio; y esa gente, otra gente que no tenía trabajo estable, se fue yendo, casi toda, pa’ la Capital. La muchachada sobre todo. ¡Qué carajo van a hacer acá!... Sin estudio, ni nada; se van a la Capital y se meten, si pueden, en una fábrica y después se van trayendo la familia de a poquito. Lo mismo las gurisas: se emplean de sirvientas
en Buenos Aires y al final se casan y no vienen más. Mucha gente se ha ido, la verdá…Yo no. Porque qué viá hacer yo en la Capital? No, déjeme de joder. Yo nunca quise irme; pa’ qué; si estoy bien acá. No le digo que no podría estar mejor, pero tampoco que quejo. Tengo mi rancho y no me falta comida, así que pa’qué… Aunque ahora me ve solo, usté va al pueblo y pregunta por mí y le van a contar cada cosa, cada historia, que se va a tirar al suelo; hay tanta historia con el Pataco que hasta han inventao muchas, a falta de las verdaderas, de tan popular que soy en el pueblo…Dicen que me van a hacer un busto. Pataquito, me dicen, lo vamos a encargar de bronce como el de San Martín y te vamos a poner a vos; como el de San Martín que está en la plaza;… lo vamos a sacar, Pataquito, y te vamos a poner a vos, me dicen por embromarme. ¡Uy!..., si yo le contara las cosas. De todo dicen, y algunas son por demás zafadas. Cuando vivía mi mamá, la Manuela Pataca, decían que ella, los viernes, me ataba a ese espinillo que ahí ve, porque yo me hacía lobisón. Quién sabe por qué lo decían…, que yo me hacía perro a la noche y que cortaba la manea y me iba a revolcar en las osamentas y en la bosta, acá en el campo de los Leguizamón. Hasta decían que don Leguizamón quería cagarme a balazos porque yo, de lobisón, le mataba los terneros. Cosas de esas decían; puras habladurías inventadas por la gente…pero más de uno me tenía como miedo, no vaya a creer. Y yo los dejaba que lo creyeran y me cagaba de risa solo. Pero a mamá no le gustaba; ella quería peliarlos a los que decían esas cosas y como no podía ir a hacer lío porque era la pedigüeña del pueblo y se le iban a réir a ella también y iba a terminar en el calabozo, le daba por llorar y mirarme mucho. Pero yo me réia y le decía que se dejara de joder; que yo no tenía por qué ser lobisón porque todo el mundo sabía que yo no era sétimo hijo varón; así que lo decían por buscar roña, nomás. Y otro cuento que inventaron de mí era que yo una vez le llevé dos cuadras la valija a un turco, desde la estación al hotel de Pressman, y que cuando el turco me preguntó cuánto era, yo le dije:¡Cinco pesos!...Y que entonces el turco se enojó y me gritó¡¿CUANTOOO!!!...??? Y que yo contesté:¡Dos pesos!...¡Qué lo parió!...Y otra vez, dicen, que yo dentré a la farmacia de Minúchin y estaba llena de gente, de mujeres, y que yo dije en voz alta a don Minúchin, que era al famacéutico, y perdóneme por la guarangada que voy a decir, señora.¿Cómo era?, Ah, sí, señora Amelia. Dicen que dije: don Minúchin, deme un condón. Acá le decimos condón a los forros. Y que el viejo se puso el dedo en la boca, apuntando pa’arriba y diciéndome: ¡Chissssttt!... Y que yo dije: ¡Nooo, pa’la naríz nooo!...¡Pa’la pija!... Así,dicen, que yo le dije; puras mentiras que inventan de uno. Se lo cuento pa’que vea lo popular que soy acá, así que por eso no quiero moverme del pueblo porque acá me conocen hasta los perros, y eso está bien para la persona. Que lo conozcan, aunque no sean de la familia de uno.¿No le parece?
Pero usté vino pa´saber lo del muchacho, del Marianito. Bueno…Usté debe ser la esposa o la novia, me imagino; pero quédese tranquila que no tiene que contarme nada. Lo que me asombra es que usté haya venido a verme, que se haya metido conmigo; a verme a mí, tan luego…No sé por qué, no me lo esplico. Pero, sí, ya le digo. Que yo me acuerde, nunca tuvimos relaciones…mi mamá iba su casa a pedir. Pero yo nunca me acuerdo haber ido…Yo debo haberlo visto cuando era chico; eso seguro. Pero se me confunde con el primo, el Coco…Lo que más me asombra es que se haya venido de allá, de Buenos Aires, de tan lejos y que quiera verme pa’contarme cosas. A la final, a un estraño… Aquí él tenía a sus amigos, gente de su confianza, así que no me lo esplico; el mismo Gringo Gerard, por lo que me dijo, era muy amigo suyo; o el Conejo Oseda, en fin, muchachos que tengo muy presentes porque los he estado viendo todos estos años. Pero él, no…él se fue de acá siendo chico y no vino más hasta ahora. No sé; no me doy una idea de por qué me buscó a mí, al Pataco, especialmente. Pero, bueno, el caso es que él se vino…estuvo sentao ahí mismo, donde está usté ahora, y habló toda la tarde. Habló hasta que se hizo de noche, y también lloró. La verdá la tengo que decir; lloró mucho acordándose de cosas de cuando era chico. Me miraba…me miraba mucho con…,¿cómo le voy a decir?...,me miraba como si tuviera mucho aprecio por mí, mire un poco… Como si yo hubiera sido viejo amigo d’él, ¡imagínese!...Era una persona con educación, d’eso me acuerdo. Se le notaba en la manera de hablar…bueno, usté lo debe saber mejor que yo, si lo trató de cerca. Porque yo pienso que usté no se va a venir de la Capital pa’hablar conmigo si no lo trató de cerca, ¿no?...Bueno, estaba como pasao de tristeza ese mozo. Como si estuviera borracho, aunque le puedo asegurar que ni una gota había tomao; no, seguro. Y me decía a cada rato: Pataquito, hermano, hermanito, y cosas así…Y hasta me abrazó por áhi, cuando lloraba. Qué lo parió…Se quedaba calladito mirando p’al lao del pueblo y me decía: Pataquito, Pataquito,…y meta moco. Daba pena ver a un hombre grande llorar así, porque cuando un hombre llora mucho, el asunto grande debe ser…Me anduvo contando todo lo que hacía de gurí…De cuando me véia pasar con las valijas desde la casa, al lao de la estación. Que a la Manuela, mi mamá, él mismo le alcanzaba la ropa que le daba la maestra, que era la madre d’él; cosas así me contaba. De lo que hacía ahora en la Capital, nada. No me contó nada. Puras cosas de cuando era chico y de cómo me recordaba. ¡Mire usté como son las cosas!... Qué me iba a imaginar yo que una persona, a tantos años, se pudiera acordar así de mí. Hasta de la ropa que usaba yo se acordaba, qué lo parió. Qué pinta de Quijote tenías, Pataquito, me decía a cada rato. Y se largaba a réir, también, entre mocos. Y eso, lo del Quijote, me lo acuerdo bien porque me lo dijo muchas veces. Me palmeaba y me decía:¡Quijote, carajo!...El Pataco es un Quijote y yo soy tu sirviente, Pataco, me decía…y áhi empezó con el pedido…Tanto insistió, tanto me lo pidió, que no pude negarme y lo acompañé. Tomamos por allí,¿ve?. Y de áhi, nomás, salimos derechito a la vía. De noche ya, imagínese. Más de las nueve serían. Y estaba lindo; estrellao estaba; una noche clarita, sin una gota de viento. ¡Acompañame, Pataquito! Es el único favor que te pido: quiero ir con vos. Y bueno…, caminamos por la vía como un kilómetro pa’l lao de Concordia pa’llegar. Porque está ,más o menos, a la altura de lo de Molleví, el lechero. Aunque en el camino nos paramos, un poco, donde está la casa que ahora es de Maidana, que en esa época d´el, vivían unos gringos que se fueron pa’San José del todo. Y bueno, se bajó del terraplén y se fue a tocar un ocalito que hay…Lo tocaba y lo tocaba…como si quisiera__y dudara__ abrazarse al tronco del árbol ese…Después que se le pasó, seguimos…Ya no hablaba más; no quería hablar más…yo véia que no estaba pa’darle conversación. Habremos demorao como una hora en llegar. Fácil, una hora… Cuando estábamos a unos cien metros de la alcantarilla, empezó a correr. Qué mierda; me dejó atrás enseguida y bajó de la vía. Cuando yo llegué estaba sentao al borde del agua. Ahí corre un poco de agua cuando llueve, pero la más de las veces hay poca, y estancada. Puro barro, nomás; mucha rana y grillo a esa hora. Imagínese, pleno verano. Habremos estao sentados unos diez minutos, y lo único que dijo, todo lo que dijo fue:¡igual, Pataquito; ¡igual!...Eso dijo. Nada más. Y se metió en el agua, mire un poco. Así, vestido. Se metió en el agua hasta las rodillas, se ensució todo. Pero igual caminó y caminó entre esa agua sucia. Caminó de punta a punta por todo eso, meta moco, qué cosa bárbara, Y bueno, al rato salió y fumamos un cigarrillo. Después me pidió que lo dejara solo. Veinte mil pesos me dio. Pero más que nada lo que me agarró de sorpresa es que cuando me iba a d’ir, se paró y me dio un beso. Ahá; así nomás. Me zampó un beso en el cachete y me abrazó. Después no sé más. No supe más. Pero si usté quiere, señora Amelia, del pueblo le puedo contar cualquier cantidá. De eso sí… El Pataco se acuerda de todo. Tiene memoria…¡ Memoria pa’tirar pa’arriba!...
FIN
Datos personales
- carlos lagos
- Actor,director y docente teatral.Escritor (novela, cuento,poesía y dramaturgia) Artista textil.-
La Tierra del Arca
Hola a todos:
He abierto este blog para hablar de arte y compartir obras. Me llamo Carlos Lagos, tengo 68, y la vida entera dedicada a intentar crear en el campo del teatro, la ficción, la poesía y ahora, de viejo, luego de un buen infarto, arte textil.
Quizás a alguien le guste o interese un poco lo que hago o he hecho. Es mi botella al mar. Está flotando y vaga buscando un rumbo. Alguna respiración humana parecida.
Ya salgo. Ya vuelvo.
He abierto este blog para hablar de arte y compartir obras. Me llamo Carlos Lagos, tengo 68, y la vida entera dedicada a intentar crear en el campo del teatro, la ficción, la poesía y ahora, de viejo, luego de un buen infarto, arte textil.
Quizás a alguien le guste o interese un poco lo que hago o he hecho. Es mi botella al mar. Está flotando y vaga buscando un rumbo. Alguna respiración humana parecida.
Ya salgo. Ya vuelvo.
ARTE TEXTIL
Estos trabajos intentan metaforizar el genocidio realizado en la Patagonia, primero con los pueblos originarios y luego con militantes populares. Traté de eludir la anécdota directa y representar los hechos desde la abstracción geométrica. A lo mejor les gustan un poco. Faltan algunos que pronto publicaré.Díganme qué les parecen. Gracias.-
martes, 25 de enero de 2011
martes, 18 de enero de 2011
domingo, 16 de enero de 2011
82.-
Son como señales. Quizá como un bodoque de arcilla en la cabeza. Porque todo giraba vertiginosamente en alguna zona de la cabeza. En algún impreciso lugar del cuerpo, en cambio, estaba lleno de yuyos abandonados creciendo al descuido, saliendo salvajemente de los ojos, de las orejas, de entre los dedos de los pies. Miraba hacia el techo y estaba muerto. ¡Ah, Caimán! ¡Ah, Gringo!...Y el viejo Caimán y el viejo Gringo vuelven a moverse desde la muerte, carajo, y como cascarudos, se estrellan y otra vez se estrellan y otra vez, contra la lámpara incandescente del cerebro, una y otra vez, y otra más, obstinados. Se ponen en movimiento o se detienen bruscamente a su orden. Giran los seres todos del pasado y el futuro en la memoria hirviente; giran maravillosamente los destinos enharinados y pintarrajeados; algo que hace andar esa especie de organito de todo lo que no fue mientras el pasto, desordenado y crepitando, crece desde su cuerpo abandonado, trepando las grietas, lleno de telarañas, de hormigas y bichos colorados. Y él, en tanto, en medio de la mugre, únicamente vela.
Ruedan lágrimas, crecen risas cuyos ecos resuenan en el cráneo. Pero su cara permanece impasible. Atrapa una imagen cualquiera, y fatalmente es el Gringo de niño que habla a torrentes, borracho de fantásticas eras que vendrán, mañana. Mañana. Y, fascinado, lo mira, lo miiiira desde un tronco donde está sentado viéndose, a su vez, las piernas flacas. Lo ve mover el molino de sus brazos, escupiendo azules gargajos a diestra y siniestra, poniendo y sacando realidades del mazo, así que baraja y vuelve a cortar y a dar. Expulsa pensamientos, esas ratas, desde un centro sobre el que está empecinadamente parado. Es una plataforma desolada y ventosa, Elsinor, donde está de pie, inmóvil y boqueando como un sapo, con la piel cuarteada por el frío y la espalda llagada de tanto sol; clavadas las raíces en la tierra del suicidio como un perro rabioso. Siempre, siempre, obsecadamente, las cosas en algún centro desde donde ha estado adjudicando sentencias. Un inútil en consecuencia.
¿Qué viene a ser esto, Caimán?...Esta rabia que se ha descargado sobre nosotros? Somos internos, Caimán, todavía. Estamos en la Fráter, nomás. Se cae a pedazos, se llueve de podrida, pero igual nos sigue dejando sin salida. Recién llegados, ché, y sólo se trata de obedecer; pero, con paciencia y con saliva, llegaremos a “capos”. Vamos a reventarlos a todos. ¿Eh, loco?...Es cuestión de un cachito. De romperse un poco el culo contra el suelo. Hay que tener fuerza de voluntad. El que no tiene constancia no llega nada. Hay que ser buen hijo, buen alumno como nosotros, negro; buen padre, buena persona, buen finado. Hay que cumplir, ay; hay que dar el ejemplo, ser como Dominguito. Todo tiene sus frutos…
¡Caimán!...¿Qué hacés, Caimán?¿Andás por ahí, en algún cuartucho de la Legislatura gastando la birome? ¿En qué expediente estás, loco? Fijate si no anda el mío; qué dice. Y haceme unas líneas; tengo tantas cosas para contarte…
Todo debiera ser turbiamente transparente o vagamente justo, ¿no? Con su oído de tísico escucha reptar a la violencia, afuera; desde su centro resquebrajado. Hombres hacen explotar cosas contra otros hombres. Y se mata lentamente afuera del centro. Afuera. Taparse de pasto crecido…
Y me parece que vendrán, Caimán. Vendrán, Gringo. Posiblemente durante la noche, amparados por alguna impunidad innombrable; golpearán la puerta. Los “capos”de la Fráter, aquellos celadores. Nos llevarán, loco. Estar vivos es una actividad simple y un poco terrible. Creo que vendrán, vendrán posiblemente; vendrán…
Quizá nos den tiempo a tomar mate, a contar cuentos, a recordar el quilombo de la Angélica. No serán necesarios proverbios tales como persevera y triunfarás. Nosotros reiremos; abrazados, como toda otra actividad. Aunque__jovatos__probablemente terminemos hablando de los chicos, de cómo ellos fantasean, lanzados ya como una bala; de lo bien que cumplen con los pasos, de cómo son mejores; otro proverbio que permanece. Esas cosas… Con la baba cayéndose nos tranquilizaremos dándonos palmaditas en el lomo, sin hacer caso de los gritos que se escuchan, ya que no hay mal que dure cien años ni que por bien no venga, dicen las viejas sabias.
Y desde su Sahara calcinado, este inmóvil no tiene más que solidaridad y miedo pero, más por diablo que por viejo, sabe que su miedo y su solidaridad son semejantes. Gringo; Caimán. Sabe que alguna vez se juntarán. Y que , después de ese día, habrá bailes populares en la pista de Velázquez y chamamés y canciones y versos. Y vos, Caimán; vos, Gringo; yo. Todos. Estaremos todos bailando en pelotas en el patio de tierra del rancho de la Angélica.
Son como señales. Quizá como un bodoque de arcilla en la cabeza. Porque todo giraba vertiginosamente en alguna zona de la cabeza. En algún impreciso lugar del cuerpo, en cambio, estaba lleno de yuyos abandonados creciendo al descuido, saliendo salvajemente de los ojos, de las orejas, de entre los dedos de los pies. Miraba hacia el techo y estaba muerto. ¡Ah, Caimán! ¡Ah, Gringo!...Y el viejo Caimán y el viejo Gringo vuelven a moverse desde la muerte, carajo, y como cascarudos, se estrellan y otra vez se estrellan y otra vez, contra la lámpara incandescente del cerebro, una y otra vez, y otra más, obstinados. Se ponen en movimiento o se detienen bruscamente a su orden. Giran los seres todos del pasado y el futuro en la memoria hirviente; giran maravillosamente los destinos enharinados y pintarrajeados; algo que hace andar esa especie de organito de todo lo que no fue mientras el pasto, desordenado y crepitando, crece desde su cuerpo abandonado, trepando las grietas, lleno de telarañas, de hormigas y bichos colorados. Y él, en tanto, en medio de la mugre, únicamente vela.
Ruedan lágrimas, crecen risas cuyos ecos resuenan en el cráneo. Pero su cara permanece impasible. Atrapa una imagen cualquiera, y fatalmente es el Gringo de niño que habla a torrentes, borracho de fantásticas eras que vendrán, mañana. Mañana. Y, fascinado, lo mira, lo miiiira desde un tronco donde está sentado viéndose, a su vez, las piernas flacas. Lo ve mover el molino de sus brazos, escupiendo azules gargajos a diestra y siniestra, poniendo y sacando realidades del mazo, así que baraja y vuelve a cortar y a dar. Expulsa pensamientos, esas ratas, desde un centro sobre el que está empecinadamente parado. Es una plataforma desolada y ventosa, Elsinor, donde está de pie, inmóvil y boqueando como un sapo, con la piel cuarteada por el frío y la espalda llagada de tanto sol; clavadas las raíces en la tierra del suicidio como un perro rabioso. Siempre, siempre, obsecadamente, las cosas en algún centro desde donde ha estado adjudicando sentencias. Un inútil en consecuencia.
¿Qué viene a ser esto, Caimán?...Esta rabia que se ha descargado sobre nosotros? Somos internos, Caimán, todavía. Estamos en la Fráter, nomás. Se cae a pedazos, se llueve de podrida, pero igual nos sigue dejando sin salida. Recién llegados, ché, y sólo se trata de obedecer; pero, con paciencia y con saliva, llegaremos a “capos”. Vamos a reventarlos a todos. ¿Eh, loco?...Es cuestión de un cachito. De romperse un poco el culo contra el suelo. Hay que tener fuerza de voluntad. El que no tiene constancia no llega nada. Hay que ser buen hijo, buen alumno como nosotros, negro; buen padre, buena persona, buen finado. Hay que cumplir, ay; hay que dar el ejemplo, ser como Dominguito. Todo tiene sus frutos…
¡Caimán!...¿Qué hacés, Caimán?¿Andás por ahí, en algún cuartucho de la Legislatura gastando la birome? ¿En qué expediente estás, loco? Fijate si no anda el mío; qué dice. Y haceme unas líneas; tengo tantas cosas para contarte…
Todo debiera ser turbiamente transparente o vagamente justo, ¿no? Con su oído de tísico escucha reptar a la violencia, afuera; desde su centro resquebrajado. Hombres hacen explotar cosas contra otros hombres. Y se mata lentamente afuera del centro. Afuera. Taparse de pasto crecido…
Y me parece que vendrán, Caimán. Vendrán, Gringo. Posiblemente durante la noche, amparados por alguna impunidad innombrable; golpearán la puerta. Los “capos”de la Fráter, aquellos celadores. Nos llevarán, loco. Estar vivos es una actividad simple y un poco terrible. Creo que vendrán, vendrán posiblemente; vendrán…
Quizá nos den tiempo a tomar mate, a contar cuentos, a recordar el quilombo de la Angélica. No serán necesarios proverbios tales como persevera y triunfarás. Nosotros reiremos; abrazados, como toda otra actividad. Aunque__jovatos__probablemente terminemos hablando de los chicos, de cómo ellos fantasean, lanzados ya como una bala; de lo bien que cumplen con los pasos, de cómo son mejores; otro proverbio que permanece. Esas cosas… Con la baba cayéndose nos tranquilizaremos dándonos palmaditas en el lomo, sin hacer caso de los gritos que se escuchan, ya que no hay mal que dure cien años ni que por bien no venga, dicen las viejas sabias.
Y desde su Sahara calcinado, este inmóvil no tiene más que solidaridad y miedo pero, más por diablo que por viejo, sabe que su miedo y su solidaridad son semejantes. Gringo; Caimán. Sabe que alguna vez se juntarán. Y que , después de ese día, habrá bailes populares en la pista de Velázquez y chamamés y canciones y versos. Y vos, Caimán; vos, Gringo; yo. Todos. Estaremos todos bailando en pelotas en el patio de tierra del rancho de la Angélica.
jueves, 13 de enero de 2011
81.-
Se abrió en dos con la navaja. De un tajo solo. De la cabeza a los pies. Nada de sangre. No goteó una. No cayó ni salió nada de ningún pedazo. Silencio, nomás. Quedó tirado como si fuera dos partes de una sandía blanca. Más seco que la tierra por donde rodara; cayó simétricamente dividido, formando una ve. Así: V. Un ojo para cada costado de la tierra, un brazo, una mata de pelo y todo así. Y lo hizo solo. A sí mismo. Como con asco.
CARTAS DE GRATITUD: Mar del Plata-
La señora Eleonor da gracias a Fátima, porque después de hacerle varias veces la novenita, que le remitieron desde el Santuario, su hijo que se hallaba completamente deprimido y había sido llevado al hospital en estado de completa nerviosidad, se halla actualmente en vías de recuperación. Quiere ahora que los socios oremos, que se siente enferma y también afligida a causa de que dos personas amigas flaquean en la fe cristiana. Quiere que vuelvan a las prácticas fervorosas de la confesión y comunión. VOZ DE FATIMA, n° 23. 13 de Julio de 1975.
ATENCION: Lamento tener que recordar a muchos socios
de la Hermandad Misionera que abonen sus
cuotas. Conviene que todos se hagan cargo
de los cambios de valor de la moneda nacional.
Tenemos que animarnos a superar las
dificultades, y a que “VOZ DE FÁTIMA” siga
publicándose así como otras hojitas que han
difundido por toda la patria la devoción mariana.
¡Gracias!
I
Pero si todo/ tiene ese gusto/ a tierra húmeda/ a camposanto/ vengan los santos/ del cielo/ con gusto a mugre/ o sea con gusto a muerte/ a mugre salobre/ a tierra del cielosanto/ a campocielo,/ Todo se amucha con ese/ gusto justo ahora/ que no tengo fuerza/ y todo me fuerza/ hacia la debilidad/ hacia lo negro/ hacia la noche frágil/ hacia el mar/ de los vientos verdes/ hacia la frágil nochemar/ donde empuja el verde/ viento/ del no va más./ Se abre el cielosanto/ como un campo negro/ y por él gira vertiginoso/ el tirabuzón/ de mis escenas inútiles/ que caen mansamente/ despedazadas/ en el camposanto del/ mar muerto/ donde flotan luciérnagas/ de peces secos hirviendo/ el viento verde de/ la melancolía.
II
Pero si todo es una/ pátina violenta y sucia/ y también inútil/ un tul una nada un/ humo tornasolado/ y salado/ Sólo las lágrimas dejan/ depositado su azúcar/ con el que endulzo/ mi café/ el último café de/ mis labios con frío/ que se vuelven negros/ de rencor de fracaso/ de años y de daños/ y naturalmente/ por los corredores/ de los años anda el amor/ devorándote de atrás/ todo el riñón/ como si fuera rutina/ el quedarse/ piel y huesos desollado/ seco con ese gusto salobre/ de la nada/ y nada queda en la casa natal/ en la casa fetal/ ni un padre donde caerse muerto/ Ninguna igual no habrá/ como esa infancia volcada/ el basural el orinal/ jugada a cara o cruz// toda la vida/ a un proyecto a un amor/ a un día que no contesta.
III
Pero sí todo algún sentido/ tendrá un sí o un no claro/ en algún libro o en alguna/ sabia voz que no sos vos/ sino mirá tus manos/ y desentrañalas/ Algo están queriendo decir así de ajadas y largas/ y calladas/ incapaces de testimoniar su/ sabiduría que ha sido/ absorbida por la piel sin piel/ Hay montes allí sin viento ahora/ ríos secos que sólo conservan/ la arena de ninguna verdad y/ tampoco tu nombre dice/ sensatamente algo de alguien/ eco lejano roto de la voz/ de un cantor que siempre/ quería volver y así volvió/ como ceniza/ con la frente marchita y carbonizada/ apoyada en el farolito de la calle/ en que yo no nací.
IV
Pero sí la luz de un recuerdo/ la bengalita de una creencia/ prendida la llamita/ nadie la apaga a la loca/ nadie/ Prendidita hasta que/ de Arriba digan chau/ la ciencia de la inocencia/ de ella/ la luz de un fósforo fue/ y quemó lindo quemó todo/ lo que se puso al paso/ toda la vida mía-
Se abrió en dos con la navaja. De un tajo solo. De la cabeza a los pies. Nada de sangre. No goteó una. No cayó ni salió nada de ningún pedazo. Silencio, nomás. Quedó tirado como si fuera dos partes de una sandía blanca. Más seco que la tierra por donde rodara; cayó simétricamente dividido, formando una ve. Así: V. Un ojo para cada costado de la tierra, un brazo, una mata de pelo y todo así. Y lo hizo solo. A sí mismo. Como con asco.
CARTAS DE GRATITUD: Mar del Plata-
La señora Eleonor da gracias a Fátima, porque después de hacerle varias veces la novenita, que le remitieron desde el Santuario, su hijo que se hallaba completamente deprimido y había sido llevado al hospital en estado de completa nerviosidad, se halla actualmente en vías de recuperación. Quiere ahora que los socios oremos, que se siente enferma y también afligida a causa de que dos personas amigas flaquean en la fe cristiana. Quiere que vuelvan a las prácticas fervorosas de la confesión y comunión. VOZ DE FATIMA, n° 23. 13 de Julio de 1975.
ATENCION: Lamento tener que recordar a muchos socios
de la Hermandad Misionera que abonen sus
cuotas. Conviene que todos se hagan cargo
de los cambios de valor de la moneda nacional.
Tenemos que animarnos a superar las
dificultades, y a que “VOZ DE FÁTIMA” siga
publicándose así como otras hojitas que han
difundido por toda la patria la devoción mariana.
¡Gracias!
I
Pero si todo/ tiene ese gusto/ a tierra húmeda/ a camposanto/ vengan los santos/ del cielo/ con gusto a mugre/ o sea con gusto a muerte/ a mugre salobre/ a tierra del cielosanto/ a campocielo,/ Todo se amucha con ese/ gusto justo ahora/ que no tengo fuerza/ y todo me fuerza/ hacia la debilidad/ hacia lo negro/ hacia la noche frágil/ hacia el mar/ de los vientos verdes/ hacia la frágil nochemar/ donde empuja el verde/ viento/ del no va más./ Se abre el cielosanto/ como un campo negro/ y por él gira vertiginoso/ el tirabuzón/ de mis escenas inútiles/ que caen mansamente/ despedazadas/ en el camposanto del/ mar muerto/ donde flotan luciérnagas/ de peces secos hirviendo/ el viento verde de/ la melancolía.
II
Pero si todo es una/ pátina violenta y sucia/ y también inútil/ un tul una nada un/ humo tornasolado/ y salado/ Sólo las lágrimas dejan/ depositado su azúcar/ con el que endulzo/ mi café/ el último café de/ mis labios con frío/ que se vuelven negros/ de rencor de fracaso/ de años y de daños/ y naturalmente/ por los corredores/ de los años anda el amor/ devorándote de atrás/ todo el riñón/ como si fuera rutina/ el quedarse/ piel y huesos desollado/ seco con ese gusto salobre/ de la nada/ y nada queda en la casa natal/ en la casa fetal/ ni un padre donde caerse muerto/ Ninguna igual no habrá/ como esa infancia volcada/ el basural el orinal/ jugada a cara o cruz// toda la vida/ a un proyecto a un amor/ a un día que no contesta.
III
Pero sí todo algún sentido/ tendrá un sí o un no claro/ en algún libro o en alguna/ sabia voz que no sos vos/ sino mirá tus manos/ y desentrañalas/ Algo están queriendo decir así de ajadas y largas/ y calladas/ incapaces de testimoniar su/ sabiduría que ha sido/ absorbida por la piel sin piel/ Hay montes allí sin viento ahora/ ríos secos que sólo conservan/ la arena de ninguna verdad y/ tampoco tu nombre dice/ sensatamente algo de alguien/ eco lejano roto de la voz/ de un cantor que siempre/ quería volver y así volvió/ como ceniza/ con la frente marchita y carbonizada/ apoyada en el farolito de la calle/ en que yo no nací.
IV
Pero sí la luz de un recuerdo/ la bengalita de una creencia/ prendida la llamita/ nadie la apaga a la loca/ nadie/ Prendidita hasta que/ de Arriba digan chau/ la ciencia de la inocencia/ de ella/ la luz de un fósforo fue/ y quemó lindo quemó todo/ lo que se puso al paso/ toda la vida mía-
miércoles, 12 de enero de 2011
80.-
PERO EL AVION DE PERON NO BAJO EN EZEIZA
Llovió unos días antes. Pero ese salió un hermoso día de sol. Calentito como para hacer un picnic en los bosquecitos. No era que la gente no los hubiera hecho igual, al contrario; desde el día anterior habían llevado sus milanesas, sus sandwichitos, sus botellas de vino; y hasta habían pasado la noche que, sí, debió ser fría, al calor de fogatas que encendieron.
Había gente de todas las edades pero, en especial, la víspera perteneció a muchachos y muchachas que no lo conocieron; para quiénes su voz o su cara eran imágenes trabajadas por años, maceradas, traídas por los padres a sus cabezas, hechas de charlas interminables, de míticos recuerdos, de libros escondidos, de viejas revistas y diarios amarillos guardados en los sótanos, enterrados en cajones en el fondo del jardín; rescatados, ahora, como trofeos, como signos de gloria, como medallas; las voces nacían del fuego, y eran cantos enormemente alegres mezclados con consignas, zambas y chacareras; algún tango, alguna balada de Sandro o de Palito. Todos estaban llenos de colores, de ponchos colorados, de risas, de abrazos y de besos. El día amaneció hermoso, sin parecerse a junio; los rastros de la lluvia se quedaron al costado del camino y en los pozos que todavía estaban llenos. ¡Pero cómo fueron llegando! ¿De dónde salía ese río interminable de pies y cabezas que empezaba a confluir, indómito, potente, inagotable, incontenible, inmenso, enorme, descomunal, borracho de fe, alegre, cantor, gritón; ese río que arrastra piedras, toscas; de Salta, de Tucumán, de Jujuy; lento, callado, esquivo y vergonzoso, de Santiago, de La Rioja, del Chaco; vienen, vienen y vienen y bajan de colectivos, de trenes, de camiones, buscando un camino embanderado que lleva al regreso de los tiempos, al encuentro con un hombre que significa todos los hombres para ellos. Y a medida que el sol sube, no hay otro silencio posible que el de ese murmullo ensordecedor de pies que golpean la tierra, el asfalto; que chapalean en el barro que ha ido volviéndose chocolate y que está arriba del camino, abajo del camino, que se queda en las botamangas, en los zapatos, en las maderas, en los bombos. Es una marcha que viene del atrás de los años; que una loca vez cruzó los Andes al mando de un generalito enfermo, desfalleciente en una mula y que dio la vuelta guerreando por América; que retorna, después, con los malones; que camina con los indios Quilmes muertos de hambre y cansancio, empujados a pata y a trompadas hasta Buenos Aires con toda su sarna y sus tristezas; vienen con la gringada de Sarmiento, meta civilización, meta barbarie; todo el cabezaje, el cabecerío, los cabecitas negras, chabacanos, colorinches, grasitas, prepotentes, gritones; vienen, forman columnas ordenadas junto a Evita, agrestes, ciudadanas; camina el Chacho, Varela, la Azurduy, junto al estudiantaje, al empleadaje, que se ha animado a traer sus chiquilines que forman parte de la generación de Pepsi, llevando banderines, cintas, banderitas; piernas y piernas, en una marcha que no tiene nada de forzada pero que, sí, es forzosa, de tanto tiempo que estuvo hirviendo en la cabeza, rompiendo corazones; los ojos adelante, y arriba, al cielo, cada tanto, moviendo los radares internos, oteando, para anticiparse al presentimiento que habrá de descubrir al avión del General, antes de verlo o escucharlo; la ebriedad de esas piernas que, solas, bailan una danza que, a poco que se atienda, es un malambo irrefrenable; el horizonte un mar de cabezas, que hace olas; de banderas, de carteles y pancartas, de sol y gritos y risas, y de hermano dame un abrazo, y ahora sí que volvió el Macho, carajo, y cómo llora ese río, la concha de tu madre, que ojos vueltos a la sombra de la memoria tiene esa vieja que va con el pañuelo anudado y que no puede con sus patas y sus años; que sin embargo marcha al lado de esos pendejos que hasta panderetas van haciendo sonar; que carajean y putean como si tiraran besos, vamos, vamos; tropa, tropa, tropa, los arrea Martín Fierro hacia el sendero, hacia el final de horizonte donde sólo hay cabezas y banderas y carteles y pancartas, pero que en algún lugar tendrá que terminar, la puta madre, para poder sentarse un poco y ordenar ese despelote en el bocho; la alegría que impide razonar, aliviar la garganta que va a quedar ronca antes de tiempo, economizar lágrimas que saltan facilongas; piernas, piernas tullidas, duras, colgando de los sillones ortopédicos también van a su sitio, empujadas por la misma energía que las sanas; ahí va la Virgencita de Luján, Ceferino, todos los mitos: la Deslinda; vamos, vamos, Y dale, macho, dale; dale, macho, dale; y dale/ y dale, y dale macho/ dale/.Dale/macho/dale macho…; ahí van todas las ambulancias disponibles, las sirenas aullando, y las piernas dibujando, obsecadas, su malambo en el barro; todas las congregaciones, las asociaciones, los centros, las federaciones, las agrupaciones, las sociedades de fomento, las cooperativas, las agremiaciones, los clubes, los frentes, las mutuales, las tendencias, las líneas; han venido, están representadas las ligas, las alianzas, las siglas; están reunidas las edades, las generaciones, los sexos, la concha de la lora, las provincias; caminan los obreros, los estudiantes, las maestras, los curas, los viejos y los niños; todos cargan un bolso, un paquetito, un diario, una cámara, un sándwich, una frazada, un sombrero, una sombrilla, una bandera, y una foto; se camina sin pausa, sin freno, sin voz y sin espinas; el río se toca en las orillas, se mira, se respira, intercambia sudores, risas, comentarios y llanto; y se avanza, se pisa sobre el agua, sobre pies, y disculpame, macho y dame un cigarrillo y tenés fuego y prestame cien mangos, y dale macho, daaaale macho… Y dale y dale y dale; dale, macho, dale; mezclados en medio de ese centro de estudiantes, de ese gremio, avanzan silenciosos mas mitos: Hormiga Negra, Moreira, Don Segundo Sombra y La Cautiva; los bombos son un trueno, un latido común del río que tiene la inmensidad de todos los tiempos de la patria, y esos tipos en pata son los Pampas vencidos, los Araucanos tuberculosos, los Charrúas exterminados, los Guaraníes, los Matacos; esa otra multitud son los judíos del Once, los tenderos llevando sus telas extendidas, escupiendo su girasol, hablando en idish; todos enfilando, encolumnándose hacia ese horizonte hirviente y mirando ansiosamente al cielo que habrá de ser tajeado por un avión, que viene volando y cantando a todo trapo “La Fuerza del Destino”. Nunca ojos humanos de esta tierra vieron semejante, tamaña multitud. Nunca se vio tanto amor junto, tanto desinterés, tanta fe, tanta esperanza concretada. Nunca oídos humanos de esta patria alcanzaron a oír gritos semejantes, cantos semejantes, anhelos semejantes. Y, al cabo, el horizonte se detuvo, por fin…
Allá, a lo lejos, había un final, un puente, el 12; estaban las banderas más grandes, las enormes, las fotos más inmensas¸ de allá partían las voces que retumbaban en los altoparlantes, con marchas, con consignas, con órdenes, consejos y viva Perón, carajo; allí vendría, se subiría a ese palco, desde allí partiría su palabra al aire , al cielo, su palabra mil veces escuchada en cintas, presentida, memorizada; todos habíamos llegado allí para ese rito; habíamos venido a recoger su verbo que era como una lanza; a ponerlo sobre nuestras heridas como un bálsamo, a llevarnos sus frases dormidas en el corazón para saber, de ahora en más, que habíamos dejado de ser huérfanos, de estar solos; escucharíamos su palabra sabiendo que para siempre había acabado el tiempo de la desesperanza, de la injusticia; llegaba para expulsar a los fariseos a latigazos, y lloraríamos todos; de alegría y de por fin. Los humanos, los hermanos; y los sueños de todos los humanos y los hermanos: los otros mitos: el Lobizón, la Mula Anima, el Yasí Yateré, el Pombero; ahí estaba, por fin, el horizonte que buscábamos; para nosotros también se había destinado un final, un lugar. Estaba hecho de banderas, de patria, de pasado, de torturas, de picana y terror; todo ese río era el testimonio de que la Patria tenía aliento, sangre, vísceras, humores y olores: había ranchos gritando, departamentos, pisos, pircas, tolderías; todos prendidos, abrojados a ese horizonte embanderado, lleno de de fotos y parlantes y de música y sirenas. Todo eso junto estaba, estaba todo el clamor. Y ocurrió , mágicamente, que ese clamor se hizo silencio, se abrió un vacío, sonó como un choque de maderitas. Un simple taca-taca . Y recorriendo, en trávelling, velozmente, esa distancia, buscando el chocar de maderitas; ese taca-taca inofensivo; buscando el orígen de ese silencio, la magia se volvió terrorífica. Un horror recién llegado partía de negros caños de escopetas itakas, de abiertas bocas de pistolas 45, de metralla, que iba a estrellarse en caras azoradas; no preparadas para volverse pánico, carrera o estampida . Para la correntada de ese río de un millón de personas que iba a volverse bestia ciega.
Y, tristemente, nadie vino al final del horizonte, a las dos de la tarde; nadie hubo que pudiera explicarlo; únicamente había llegado el blanco y pelado esqueleto del terror y fue que la sangre se empezó a volcar a borbotones, a baldazos, encima de ese río; tiñiéndolo como si estuviese sucediendo un milagro deforme…Y Moreira, y la Deslinda Correa con su guagüa, y el Lobizón, y los estudiantes, los viejos, los obreros, los chiquilines y sus padres, los indios, las mujeres, los muchachos con vincha, los poncho colorados, las zapatillas, los zapatos, las piernas, las sillas ortopédicas, como pudieron, sin ceder al horror, al desboque, con todo el llanto atragantado, en medio de ambulancias enloquecidas y aterradas, de sirenas histéricas, de gritos animales; el río ensangrentado, aullante, rebozante de aullidos; el río rojo de sirenas, de balas al boleo, como pudieron, dieron naturalmente la espalda al horizonte esperanzado; chupándose los mocos emprendieron la vuelta hacia el desierto. Confundidos, desolados, entristecidos, solos; dejaron de ser río, armaron lentos el regreso, tristes. Se volvieron un millón de unidades; cada uno cargando su muerte, su propia esperanza triturada, tomada de los pelos y alzada con dolor a ese horizonte, a culatazos; ciegos toda otra cosa que no fuera esa puntada profunda de la frustración, de la amargura, de los sueños volados en pedazos... El había sido, cuando más, un avión que pasó y arrancó un alarido de bestia, un aullido de animal contenido, allá abajo, un estremecimiento de victoria que ahora se había vuelto la noche de Ayohuma; la muerte irreparable de un río mítico; de una procesión que en la noche enciende sus fósforos, sus cerillas, sus encendedores, sus cigarrillos agrios; que semejan velas, antorchas; indiferentes, casi, a las ambulancias que pasan y pasan con las sirenas desplegadas y el rojo pabellón; llevando el angelito cada vez; y nadie canta ya coplas para los compañeros que duermen ahí dentro, en las camillas; para ellos, para esos hermanitos que se encontraron, abruptamente, con la descarnada seca sangrienta vieja cara de la realidad. Ah, sí,
Al fin, después, ya en mi casa, mirando los mohines que hace mi hijo recién nacido, escucho envuelto por una especie de neblina a mi viejo y destartalado grabador que deja escapar la entrañable voz del gran Leonardo Favio. Mi ídolo querido, el artista más grande que yo haya conocido, que canta, canta y canta: “O quizá sim-ple-men-te-re-ga-le-una-ro-sa…Oh, Oh, Ooooooh…” Pongo esa rosa sobre todas las tumbas.-ºººººººººººººººº
PERO EL AVION DE PERON NO BAJO EN EZEIZA
Llovió unos días antes. Pero ese salió un hermoso día de sol. Calentito como para hacer un picnic en los bosquecitos. No era que la gente no los hubiera hecho igual, al contrario; desde el día anterior habían llevado sus milanesas, sus sandwichitos, sus botellas de vino; y hasta habían pasado la noche que, sí, debió ser fría, al calor de fogatas que encendieron.
Había gente de todas las edades pero, en especial, la víspera perteneció a muchachos y muchachas que no lo conocieron; para quiénes su voz o su cara eran imágenes trabajadas por años, maceradas, traídas por los padres a sus cabezas, hechas de charlas interminables, de míticos recuerdos, de libros escondidos, de viejas revistas y diarios amarillos guardados en los sótanos, enterrados en cajones en el fondo del jardín; rescatados, ahora, como trofeos, como signos de gloria, como medallas; las voces nacían del fuego, y eran cantos enormemente alegres mezclados con consignas, zambas y chacareras; algún tango, alguna balada de Sandro o de Palito. Todos estaban llenos de colores, de ponchos colorados, de risas, de abrazos y de besos. El día amaneció hermoso, sin parecerse a junio; los rastros de la lluvia se quedaron al costado del camino y en los pozos que todavía estaban llenos. ¡Pero cómo fueron llegando! ¿De dónde salía ese río interminable de pies y cabezas que empezaba a confluir, indómito, potente, inagotable, incontenible, inmenso, enorme, descomunal, borracho de fe, alegre, cantor, gritón; ese río que arrastra piedras, toscas; de Salta, de Tucumán, de Jujuy; lento, callado, esquivo y vergonzoso, de Santiago, de La Rioja, del Chaco; vienen, vienen y vienen y bajan de colectivos, de trenes, de camiones, buscando un camino embanderado que lleva al regreso de los tiempos, al encuentro con un hombre que significa todos los hombres para ellos. Y a medida que el sol sube, no hay otro silencio posible que el de ese murmullo ensordecedor de pies que golpean la tierra, el asfalto; que chapalean en el barro que ha ido volviéndose chocolate y que está arriba del camino, abajo del camino, que se queda en las botamangas, en los zapatos, en las maderas, en los bombos. Es una marcha que viene del atrás de los años; que una loca vez cruzó los Andes al mando de un generalito enfermo, desfalleciente en una mula y que dio la vuelta guerreando por América; que retorna, después, con los malones; que camina con los indios Quilmes muertos de hambre y cansancio, empujados a pata y a trompadas hasta Buenos Aires con toda su sarna y sus tristezas; vienen con la gringada de Sarmiento, meta civilización, meta barbarie; todo el cabezaje, el cabecerío, los cabecitas negras, chabacanos, colorinches, grasitas, prepotentes, gritones; vienen, forman columnas ordenadas junto a Evita, agrestes, ciudadanas; camina el Chacho, Varela, la Azurduy, junto al estudiantaje, al empleadaje, que se ha animado a traer sus chiquilines que forman parte de la generación de Pepsi, llevando banderines, cintas, banderitas; piernas y piernas, en una marcha que no tiene nada de forzada pero que, sí, es forzosa, de tanto tiempo que estuvo hirviendo en la cabeza, rompiendo corazones; los ojos adelante, y arriba, al cielo, cada tanto, moviendo los radares internos, oteando, para anticiparse al presentimiento que habrá de descubrir al avión del General, antes de verlo o escucharlo; la ebriedad de esas piernas que, solas, bailan una danza que, a poco que se atienda, es un malambo irrefrenable; el horizonte un mar de cabezas, que hace olas; de banderas, de carteles y pancartas, de sol y gritos y risas, y de hermano dame un abrazo, y ahora sí que volvió el Macho, carajo, y cómo llora ese río, la concha de tu madre, que ojos vueltos a la sombra de la memoria tiene esa vieja que va con el pañuelo anudado y que no puede con sus patas y sus años; que sin embargo marcha al lado de esos pendejos que hasta panderetas van haciendo sonar; que carajean y putean como si tiraran besos, vamos, vamos; tropa, tropa, tropa, los arrea Martín Fierro hacia el sendero, hacia el final de horizonte donde sólo hay cabezas y banderas y carteles y pancartas, pero que en algún lugar tendrá que terminar, la puta madre, para poder sentarse un poco y ordenar ese despelote en el bocho; la alegría que impide razonar, aliviar la garganta que va a quedar ronca antes de tiempo, economizar lágrimas que saltan facilongas; piernas, piernas tullidas, duras, colgando de los sillones ortopédicos también van a su sitio, empujadas por la misma energía que las sanas; ahí va la Virgencita de Luján, Ceferino, todos los mitos: la Deslinda; vamos, vamos, Y dale, macho, dale; dale, macho, dale; y dale/ y dale, y dale macho/ dale/.Dale/macho/dale macho…; ahí van todas las ambulancias disponibles, las sirenas aullando, y las piernas dibujando, obsecadas, su malambo en el barro; todas las congregaciones, las asociaciones, los centros, las federaciones, las agrupaciones, las sociedades de fomento, las cooperativas, las agremiaciones, los clubes, los frentes, las mutuales, las tendencias, las líneas; han venido, están representadas las ligas, las alianzas, las siglas; están reunidas las edades, las generaciones, los sexos, la concha de la lora, las provincias; caminan los obreros, los estudiantes, las maestras, los curas, los viejos y los niños; todos cargan un bolso, un paquetito, un diario, una cámara, un sándwich, una frazada, un sombrero, una sombrilla, una bandera, y una foto; se camina sin pausa, sin freno, sin voz y sin espinas; el río se toca en las orillas, se mira, se respira, intercambia sudores, risas, comentarios y llanto; y se avanza, se pisa sobre el agua, sobre pies, y disculpame, macho y dame un cigarrillo y tenés fuego y prestame cien mangos, y dale macho, daaaale macho… Y dale y dale y dale; dale, macho, dale; mezclados en medio de ese centro de estudiantes, de ese gremio, avanzan silenciosos mas mitos: Hormiga Negra, Moreira, Don Segundo Sombra y La Cautiva; los bombos son un trueno, un latido común del río que tiene la inmensidad de todos los tiempos de la patria, y esos tipos en pata son los Pampas vencidos, los Araucanos tuberculosos, los Charrúas exterminados, los Guaraníes, los Matacos; esa otra multitud son los judíos del Once, los tenderos llevando sus telas extendidas, escupiendo su girasol, hablando en idish; todos enfilando, encolumnándose hacia ese horizonte hirviente y mirando ansiosamente al cielo que habrá de ser tajeado por un avión, que viene volando y cantando a todo trapo “La Fuerza del Destino”. Nunca ojos humanos de esta tierra vieron semejante, tamaña multitud. Nunca se vio tanto amor junto, tanto desinterés, tanta fe, tanta esperanza concretada. Nunca oídos humanos de esta patria alcanzaron a oír gritos semejantes, cantos semejantes, anhelos semejantes. Y, al cabo, el horizonte se detuvo, por fin…
Allá, a lo lejos, había un final, un puente, el 12; estaban las banderas más grandes, las enormes, las fotos más inmensas¸ de allá partían las voces que retumbaban en los altoparlantes, con marchas, con consignas, con órdenes, consejos y viva Perón, carajo; allí vendría, se subiría a ese palco, desde allí partiría su palabra al aire , al cielo, su palabra mil veces escuchada en cintas, presentida, memorizada; todos habíamos llegado allí para ese rito; habíamos venido a recoger su verbo que era como una lanza; a ponerlo sobre nuestras heridas como un bálsamo, a llevarnos sus frases dormidas en el corazón para saber, de ahora en más, que habíamos dejado de ser huérfanos, de estar solos; escucharíamos su palabra sabiendo que para siempre había acabado el tiempo de la desesperanza, de la injusticia; llegaba para expulsar a los fariseos a latigazos, y lloraríamos todos; de alegría y de por fin. Los humanos, los hermanos; y los sueños de todos los humanos y los hermanos: los otros mitos: el Lobizón, la Mula Anima, el Yasí Yateré, el Pombero; ahí estaba, por fin, el horizonte que buscábamos; para nosotros también se había destinado un final, un lugar. Estaba hecho de banderas, de patria, de pasado, de torturas, de picana y terror; todo ese río era el testimonio de que la Patria tenía aliento, sangre, vísceras, humores y olores: había ranchos gritando, departamentos, pisos, pircas, tolderías; todos prendidos, abrojados a ese horizonte embanderado, lleno de de fotos y parlantes y de música y sirenas. Todo eso junto estaba, estaba todo el clamor. Y ocurrió , mágicamente, que ese clamor se hizo silencio, se abrió un vacío, sonó como un choque de maderitas. Un simple taca-taca . Y recorriendo, en trávelling, velozmente, esa distancia, buscando el chocar de maderitas; ese taca-taca inofensivo; buscando el orígen de ese silencio, la magia se volvió terrorífica. Un horror recién llegado partía de negros caños de escopetas itakas, de abiertas bocas de pistolas 45, de metralla, que iba a estrellarse en caras azoradas; no preparadas para volverse pánico, carrera o estampida . Para la correntada de ese río de un millón de personas que iba a volverse bestia ciega.
Y, tristemente, nadie vino al final del horizonte, a las dos de la tarde; nadie hubo que pudiera explicarlo; únicamente había llegado el blanco y pelado esqueleto del terror y fue que la sangre se empezó a volcar a borbotones, a baldazos, encima de ese río; tiñiéndolo como si estuviese sucediendo un milagro deforme…Y Moreira, y la Deslinda Correa con su guagüa, y el Lobizón, y los estudiantes, los viejos, los obreros, los chiquilines y sus padres, los indios, las mujeres, los muchachos con vincha, los poncho colorados, las zapatillas, los zapatos, las piernas, las sillas ortopédicas, como pudieron, sin ceder al horror, al desboque, con todo el llanto atragantado, en medio de ambulancias enloquecidas y aterradas, de sirenas histéricas, de gritos animales; el río ensangrentado, aullante, rebozante de aullidos; el río rojo de sirenas, de balas al boleo, como pudieron, dieron naturalmente la espalda al horizonte esperanzado; chupándose los mocos emprendieron la vuelta hacia el desierto. Confundidos, desolados, entristecidos, solos; dejaron de ser río, armaron lentos el regreso, tristes. Se volvieron un millón de unidades; cada uno cargando su muerte, su propia esperanza triturada, tomada de los pelos y alzada con dolor a ese horizonte, a culatazos; ciegos toda otra cosa que no fuera esa puntada profunda de la frustración, de la amargura, de los sueños volados en pedazos... El había sido, cuando más, un avión que pasó y arrancó un alarido de bestia, un aullido de animal contenido, allá abajo, un estremecimiento de victoria que ahora se había vuelto la noche de Ayohuma; la muerte irreparable de un río mítico; de una procesión que en la noche enciende sus fósforos, sus cerillas, sus encendedores, sus cigarrillos agrios; que semejan velas, antorchas; indiferentes, casi, a las ambulancias que pasan y pasan con las sirenas desplegadas y el rojo pabellón; llevando el angelito cada vez; y nadie canta ya coplas para los compañeros que duermen ahí dentro, en las camillas; para ellos, para esos hermanitos que se encontraron, abruptamente, con la descarnada seca sangrienta vieja cara de la realidad. Ah, sí,
Al fin, después, ya en mi casa, mirando los mohines que hace mi hijo recién nacido, escucho envuelto por una especie de neblina a mi viejo y destartalado grabador que deja escapar la entrañable voz del gran Leonardo Favio. Mi ídolo querido, el artista más grande que yo haya conocido, que canta, canta y canta: “O quizá sim-ple-men-te-re-ga-le-una-ro-sa…Oh, Oh, Ooooooh…” Pongo esa rosa sobre todas las tumbas.-ºººººººººººººººº
80.-
PERO EL AVION DE PERON NO BAJO EN EZEIZA
Llovió unos días antes. Pero ese salió un hermoso día de sol. Calentito como para hacer un picnic en los bosquecitos. No era que la gente no los hubiera hecho igual, al contrario; desde el día anterior habían llevado sus milanesas, sus sandwichitos, sus botellas de vino; y hasta habían pasado la noche que, sí, debió ser fría, al calor de fogatas que encendieron.
Había gente de todas las edades pero, en especial, la víspera perteneció a muchachos y muchachas que no lo conocieron; para quiénes su voz o su cara eran imágenes trabajadas por años, maceradas, traídas por los padres a sus cabezas, hechas de charlas interminables, de míticos recuerdos, de libros escondidos, de viejas revistas y diarios amarillos guardados en los sótanos, enterrados en cajones en el fondo del jardín; rescatados, ahora, como trofeos, como signos de gloria, como medallas; las voces nacían del fuego, y eran cantos enormemente alegres mezclados con consignas, zambas y chacareras; algún tango, alguna balada de Sandro o de Palito. Todos estaban llenos de colores, de ponchos colorados, de risas, de abrazos y de besos. El día amaneció hermoso, sin parecerse a junio; los rastros de la lluvia se quedaron al costado del camino y en los pozos que todavía estaban llenos. ¡Pero cómo fueron llegando! ¿De dónde salía ese río interminable de pies y cabezas que empezaba a confluir, indómito, potente, inagotable, incontenible, inmenso, enorme, descomunal, borracho de fe, alegre, cantor, gritón; ese río que arrastra piedras, toscas; de Salta, de Tucumán, de Jujuy; lento, callado, esquivo y vergonzoso, de Santiago, de La Rioja, del Chaco; vienen, vienen y vienen y bajan de colectivos, de trenes, de camiones, buscando un camino embanderado que lleva al regreso de los tiempos, al encuentro con un hombre que significa todos los hombres para ellos. Y a medida que el sol sube, no hay otro silencio posible que el de ese murmullo ensordecedor de pies que golpean la tierra, el asfalto; que chapalean en el barro que ha ido volviéndose chocolate y que está arriba del camino, abajo del camino, que se queda en las botamangas, en los zapatos, en las maderas, en los bombos. Es una marcha que viene del atrás de los años; que una loca vez cruzó los Andes al mando de un generalito enfermo, desfalleciente en una mula y que dio la vuelta guerreando por América; que retorna, después, con los malones; que camina con los indios Quilmes muertos de hambre y cansancio, empujados a pata y a trompadas hasta Buenos Aires con toda su sarna y sus tristezas; vienen con la gringada de Sarmiento, meta civilización, meta barbarie; todo el cabezaje, el cabecerío, los cabecitas negras, chabacanos, colorinches, grasitas, prepotentes, gritones; vienen, forman columnas ordenadas junto a Evita, agrestes, ciudadanas; camina el Chacho, Varela, la Azurduy, junto al estudiantaje, al empleadaje, que se ha animado a traer sus chiquilines que forman parte de la generación de Pepsi, llevando banderines, cintas, banderitas; piernas y piernas, en una marcha que no tiene nada de forzada pero que, sí, es forzosa, de tanto tiempo que estuvo hirviendo en la cabeza, rompiendo corazones; los ojos adelante, y arriba, al cielo, cada tanto, moviendo los radares internos, oteando, para anticiparse al presentimiento que habrá de descubrir al avión del General, antes de verlo o escucharlo; la ebriedad de esas piernas que, solas, bailan una danza que, a poco que se atienda, es un malambo irrefrenable; el horizonte un mar de cabezas, que hace olas; de banderas, de carteles y pancartas, de sol y gritos y risas, y de hermano dame un abrazo, y ahora sí que volvió el Macho, carajo, y cómo llora ese río, la concha de tu madre, que ojos vueltos a la sombra de la memoria tiene esa vieja que va con el pañuelo anudado y que no puede con sus patas y sus años; que sin embargo marcha al lado de esos pendejos que hasta panderetas van haciendo sonar; que carajean y putean como si tiraran besos, vamos, vamos; tropa, tropa, tropa, los arrea Martín Fierro hacia el sendero, hacia el final de horizonte donde sólo hay cabezas y banderas y carteles y pancartas, pero que en algún lugar tendrá que terminar, la puta madre, para poder sentarse un poco y ordenar ese despelote en el bocho; la alegría que impide razonar, aliviar la garganta que va a quedar ronca antes de tiempo, economizar lágrimas que saltan facilongas; piernas, piernas tullidas, duras, colgando de los sillones ortopédicos también van a su sitio, empujadas por la misma energía que las sanas; ahí va la Virgencita de Luján, Ceferino, todos los mitos: la Deslinda; vamos, vamos, Y dale, macho, dale; dale, macho, dale; y dale/ y dale, y dale macho/ dale/.Dale/macho/dale macho…; ahí van todas las ambulancias disponibles, las sirenas aullando, y las piernas dibujando, obsecadas, su malambo en el barro; todas las congregaciones, las asociaciones, los centros, las federaciones, las agrupaciones, las sociedades de fomento, las cooperativas, las agremiaciones, los clubes, los frentes, las mutuales, las tendencias, las líneas; han venido, están representadas las ligas, las alianzas, las siglas; están reunidas las edades, las generaciones, los sexos, la concha de la lora, las provincias; caminan los obreros, los estudiantes, las maestras, los curas, los viejos y los niños; todos cargan un bolso, un paquetito, un diario, una cámara, un sándwich, una frazada, un sombrero, una sombrilla, una bandera, y una foto; se camina sin pausa, sin freno, sin voz y sin espinas; el río se toca en las orillas, se mira, se respira, intercambia sudores, risas, comentarios y llanto; y se avanza, se pisa sobre el agua, sobre pies, y disculpame, macho y dame un cigarrillo y tenés fuego y prestame cien mangos, y dale macho, daaaale macho… Y dale y dale y dale; dale, macho, dale; mezclados en medio de ese centro de estudiantes, de ese gremio, avanzan silenciosos mas mitos: Hormiga Negra, Moreira, Don Segundo Sombra y La Cautiva; los bombos son un trueno, un latido común del río que tiene la inmensidad de todos los tiempos de la patria, y esos tipos en pata son los Pampas vencidos, los Araucanos tuberculosos, los Charrúas exterminados, los Guaraníes, los Matacos; esa otra multitud son los judíos del Once, los tenderos llevando sus telas extendidas, escupiendo su girasol, hablando en idish; todos enfilando, encolumnándose hacia ese horizonte hirviente y mirando ansiosamente al cielo que habrá de ser tajeado por un avión, que viene volando y cantando a todo trapo “La Fuerza del Destino”. Nunca ojos humanos de esta tierra vieron semejante, tamaña multitud. Nunca se vio tanto amor junto, tanto desinterés, tanta fe, tanta esperanza concretada. Nunca oídos humanos de esta patria alcanzaron a oír gritos semejantes, cantos semejantes, anhelos semejantes. Y, al cabo, el horizonte se detuvo, por fin…
Allá, a lo lejos, había un final, un puente, el 12; estaban las banderas más grandes, las enormes, las fotos más inmensas¸ de allá partían las voces que retumbaban en los altoparlantes, con marchas, con consignas, con órdenes, consejos y viva Perón, carajo; allí vendría, se subiría a ese palco, desde allí partiría su palabra al aire , al cielo, su palabra mil veces escuchada en cintas, presentida, memorizada; todos habíamos llegado allí para ese rito; habíamos venido a recoger su verbo que era como una lanza; a ponerlo sobre nuestras heridas como un bálsamo, a llevarnos sus frases dormidas en el corazón para saber, de ahora en más, que habíamos dejado de ser huérfanos, de estar solos; escucharíamos su palabra sabiendo que para siempre había acabado el tiempo de la desesperanza, de la injusticia; llegaba para expulsar a los fariseos a latigazos, y lloraríamos todos; de alegría y de por fin. Los humanos, los hermanos; y los sueños de todos los humanos y los hermanos: los otros mitos: el Lobizón, la Mula Anima, el Yasí Yateré, el Pombero; ahí estaba, por fin, el horizonte que buscábamos; para nosotros también se había destinado un final, un lugar. Estaba hecho de banderas, de patria, de pasado, de torturas, de picana y terror; todo ese río era el testimonio de que la Patria tenía aliento, sangre, vísceras, humores y olores: había ranchos gritando, departamentos, pisos, pircas, tolderías; todos prendidos, abrojados a ese horizonte embanderado, lleno de de fotos y parlantes y de música y sirenas. Todo eso junto estaba, estaba todo el clamor. Y ocurrió , mágicamente, que ese clamor se hizo silencio, se abrió un vacío, sonó como un choque de maderitas. Un simple taca-taca . Y recorriendo, en trávelling, velozmente, esa distancia, buscando el chocar de maderitas; ese taca-taca inofensivo; buscando el orígen de ese silencio, la magia se volvió terrorífica. Un horror recién llegado partía de negros caños de escopetas itakas, de abiertas bocas de pistolas 45, de metralla, que iba a estrellarse en caras azoradas; no preparadas para volverse pánico, carrera o estampida . Para la correntada de ese río de un millón de personas que iba a volverse bestia ciega.
Y, tristemente, nadie vino al final del horizonte, a las dos de la tarde; nadie hubo que pudiera explicarlo; únicamente había llegado el blanco y pelado esqueleto del terror y fue que la sangre se empezó a volcar a borbotones, a baldazos, encima de ese río; tiñiéndolo como si estuviese sucediendo un milagro deforme…Y Moreira, y la Deslinda Correa con su guagüa, y el Lobizón, y los estudiantes, los viejos, los obreros, los chiquilines y sus padres, los indios, las mujeres, los muchachos con vincha, los poncho colorados, las zapatillas, los zapatos, las piernas, las sillas ortopédicas, como pudieron, sin ceder al horror, al desboque, con todo el llanto atragantado, en medio de ambulancias enloquecidas y aterradas, de sirenas histéricas, de gritos animales; el río ensangrentado, aullante, rebozante de aullidos; el río rojo de sirenas, de balas al boleo, como pudieron, dieron naturalmente la espalda al horizonte esperanzado; chupándose los mocos emprendieron la vuelta hacia el desierto. Confundidos, desolados, entristecidos, solos; dejaron de ser río, armaron lentos el regreso, tristes. Se volvieron un millón de unidades; cada uno cargando su muerte, su propia esperanza triturada, tomada de los pelos y alzada con dolor a ese horizonte, a culatazos; ciegos toda otra cosa que no fuera esa puntada profunda de la frustración, de la amargura, de los sueños volados en pedazos... El había sido, cuando más, un avión que pasó y arrancó un alarido de bestia, un aullido de animal contenido, allá abajo, un estremecimiento de victoria que ahora se había vuelto la noche de Ayohuma; la muerte irreparable de un río mítico; de una procesión que en la noche enciende sus fósforos, sus cerillas, sus encendedores, sus cigarrillos agrios; que semejan velas, antorchas; indiferentes, casi, a las ambulancias que pasan y pasan con las sirenas desplegadas y el rojo pabellón; llevando el angelito cada vez; y nadie canta ya coplas para los compañeros que duermen ahí dentro, en las camillas; para ellos, para esos hermanitos que se encontraron, abruptamente, con la descarnada seca sangrienta vieja cara de la realidad. Ah, sí,
Al fin, después, ya en mi casa, mirando los mohines que hace mi hijo recién nacido, escucho envuelto por una especie de neblina a mi viejo y destartalado grabador que deja escapar la entrañable voz del gran Leonardo Favio. Mi ídolo querido, el artista más grande que yo haya conocido, que canta, canta y canta: “O quizá sim-ple-men-te-re-ga-le-una-ro-sa…Oh, Oh, Ooooooh…” Pongo esa rosa sobre todas las tumbas.-ºººººººººººººººº
PERO EL AVION DE PERON NO BAJO EN EZEIZA
Llovió unos días antes. Pero ese salió un hermoso día de sol. Calentito como para hacer un picnic en los bosquecitos. No era que la gente no los hubiera hecho igual, al contrario; desde el día anterior habían llevado sus milanesas, sus sandwichitos, sus botellas de vino; y hasta habían pasado la noche que, sí, debió ser fría, al calor de fogatas que encendieron.
Había gente de todas las edades pero, en especial, la víspera perteneció a muchachos y muchachas que no lo conocieron; para quiénes su voz o su cara eran imágenes trabajadas por años, maceradas, traídas por los padres a sus cabezas, hechas de charlas interminables, de míticos recuerdos, de libros escondidos, de viejas revistas y diarios amarillos guardados en los sótanos, enterrados en cajones en el fondo del jardín; rescatados, ahora, como trofeos, como signos de gloria, como medallas; las voces nacían del fuego, y eran cantos enormemente alegres mezclados con consignas, zambas y chacareras; algún tango, alguna balada de Sandro o de Palito. Todos estaban llenos de colores, de ponchos colorados, de risas, de abrazos y de besos. El día amaneció hermoso, sin parecerse a junio; los rastros de la lluvia se quedaron al costado del camino y en los pozos que todavía estaban llenos. ¡Pero cómo fueron llegando! ¿De dónde salía ese río interminable de pies y cabezas que empezaba a confluir, indómito, potente, inagotable, incontenible, inmenso, enorme, descomunal, borracho de fe, alegre, cantor, gritón; ese río que arrastra piedras, toscas; de Salta, de Tucumán, de Jujuy; lento, callado, esquivo y vergonzoso, de Santiago, de La Rioja, del Chaco; vienen, vienen y vienen y bajan de colectivos, de trenes, de camiones, buscando un camino embanderado que lleva al regreso de los tiempos, al encuentro con un hombre que significa todos los hombres para ellos. Y a medida que el sol sube, no hay otro silencio posible que el de ese murmullo ensordecedor de pies que golpean la tierra, el asfalto; que chapalean en el barro que ha ido volviéndose chocolate y que está arriba del camino, abajo del camino, que se queda en las botamangas, en los zapatos, en las maderas, en los bombos. Es una marcha que viene del atrás de los años; que una loca vez cruzó los Andes al mando de un generalito enfermo, desfalleciente en una mula y que dio la vuelta guerreando por América; que retorna, después, con los malones; que camina con los indios Quilmes muertos de hambre y cansancio, empujados a pata y a trompadas hasta Buenos Aires con toda su sarna y sus tristezas; vienen con la gringada de Sarmiento, meta civilización, meta barbarie; todo el cabezaje, el cabecerío, los cabecitas negras, chabacanos, colorinches, grasitas, prepotentes, gritones; vienen, forman columnas ordenadas junto a Evita, agrestes, ciudadanas; camina el Chacho, Varela, la Azurduy, junto al estudiantaje, al empleadaje, que se ha animado a traer sus chiquilines que forman parte de la generación de Pepsi, llevando banderines, cintas, banderitas; piernas y piernas, en una marcha que no tiene nada de forzada pero que, sí, es forzosa, de tanto tiempo que estuvo hirviendo en la cabeza, rompiendo corazones; los ojos adelante, y arriba, al cielo, cada tanto, moviendo los radares internos, oteando, para anticiparse al presentimiento que habrá de descubrir al avión del General, antes de verlo o escucharlo; la ebriedad de esas piernas que, solas, bailan una danza que, a poco que se atienda, es un malambo irrefrenable; el horizonte un mar de cabezas, que hace olas; de banderas, de carteles y pancartas, de sol y gritos y risas, y de hermano dame un abrazo, y ahora sí que volvió el Macho, carajo, y cómo llora ese río, la concha de tu madre, que ojos vueltos a la sombra de la memoria tiene esa vieja que va con el pañuelo anudado y que no puede con sus patas y sus años; que sin embargo marcha al lado de esos pendejos que hasta panderetas van haciendo sonar; que carajean y putean como si tiraran besos, vamos, vamos; tropa, tropa, tropa, los arrea Martín Fierro hacia el sendero, hacia el final de horizonte donde sólo hay cabezas y banderas y carteles y pancartas, pero que en algún lugar tendrá que terminar, la puta madre, para poder sentarse un poco y ordenar ese despelote en el bocho; la alegría que impide razonar, aliviar la garganta que va a quedar ronca antes de tiempo, economizar lágrimas que saltan facilongas; piernas, piernas tullidas, duras, colgando de los sillones ortopédicos también van a su sitio, empujadas por la misma energía que las sanas; ahí va la Virgencita de Luján, Ceferino, todos los mitos: la Deslinda; vamos, vamos, Y dale, macho, dale; dale, macho, dale; y dale/ y dale, y dale macho/ dale/.Dale/macho/dale macho…; ahí van todas las ambulancias disponibles, las sirenas aullando, y las piernas dibujando, obsecadas, su malambo en el barro; todas las congregaciones, las asociaciones, los centros, las federaciones, las agrupaciones, las sociedades de fomento, las cooperativas, las agremiaciones, los clubes, los frentes, las mutuales, las tendencias, las líneas; han venido, están representadas las ligas, las alianzas, las siglas; están reunidas las edades, las generaciones, los sexos, la concha de la lora, las provincias; caminan los obreros, los estudiantes, las maestras, los curas, los viejos y los niños; todos cargan un bolso, un paquetito, un diario, una cámara, un sándwich, una frazada, un sombrero, una sombrilla, una bandera, y una foto; se camina sin pausa, sin freno, sin voz y sin espinas; el río se toca en las orillas, se mira, se respira, intercambia sudores, risas, comentarios y llanto; y se avanza, se pisa sobre el agua, sobre pies, y disculpame, macho y dame un cigarrillo y tenés fuego y prestame cien mangos, y dale macho, daaaale macho… Y dale y dale y dale; dale, macho, dale; mezclados en medio de ese centro de estudiantes, de ese gremio, avanzan silenciosos mas mitos: Hormiga Negra, Moreira, Don Segundo Sombra y La Cautiva; los bombos son un trueno, un latido común del río que tiene la inmensidad de todos los tiempos de la patria, y esos tipos en pata son los Pampas vencidos, los Araucanos tuberculosos, los Charrúas exterminados, los Guaraníes, los Matacos; esa otra multitud son los judíos del Once, los tenderos llevando sus telas extendidas, escupiendo su girasol, hablando en idish; todos enfilando, encolumnándose hacia ese horizonte hirviente y mirando ansiosamente al cielo que habrá de ser tajeado por un avión, que viene volando y cantando a todo trapo “La Fuerza del Destino”. Nunca ojos humanos de esta tierra vieron semejante, tamaña multitud. Nunca se vio tanto amor junto, tanto desinterés, tanta fe, tanta esperanza concretada. Nunca oídos humanos de esta patria alcanzaron a oír gritos semejantes, cantos semejantes, anhelos semejantes. Y, al cabo, el horizonte se detuvo, por fin…
Allá, a lo lejos, había un final, un puente, el 12; estaban las banderas más grandes, las enormes, las fotos más inmensas¸ de allá partían las voces que retumbaban en los altoparlantes, con marchas, con consignas, con órdenes, consejos y viva Perón, carajo; allí vendría, se subiría a ese palco, desde allí partiría su palabra al aire , al cielo, su palabra mil veces escuchada en cintas, presentida, memorizada; todos habíamos llegado allí para ese rito; habíamos venido a recoger su verbo que era como una lanza; a ponerlo sobre nuestras heridas como un bálsamo, a llevarnos sus frases dormidas en el corazón para saber, de ahora en más, que habíamos dejado de ser huérfanos, de estar solos; escucharíamos su palabra sabiendo que para siempre había acabado el tiempo de la desesperanza, de la injusticia; llegaba para expulsar a los fariseos a latigazos, y lloraríamos todos; de alegría y de por fin. Los humanos, los hermanos; y los sueños de todos los humanos y los hermanos: los otros mitos: el Lobizón, la Mula Anima, el Yasí Yateré, el Pombero; ahí estaba, por fin, el horizonte que buscábamos; para nosotros también se había destinado un final, un lugar. Estaba hecho de banderas, de patria, de pasado, de torturas, de picana y terror; todo ese río era el testimonio de que la Patria tenía aliento, sangre, vísceras, humores y olores: había ranchos gritando, departamentos, pisos, pircas, tolderías; todos prendidos, abrojados a ese horizonte embanderado, lleno de de fotos y parlantes y de música y sirenas. Todo eso junto estaba, estaba todo el clamor. Y ocurrió , mágicamente, que ese clamor se hizo silencio, se abrió un vacío, sonó como un choque de maderitas. Un simple taca-taca . Y recorriendo, en trávelling, velozmente, esa distancia, buscando el chocar de maderitas; ese taca-taca inofensivo; buscando el orígen de ese silencio, la magia se volvió terrorífica. Un horror recién llegado partía de negros caños de escopetas itakas, de abiertas bocas de pistolas 45, de metralla, que iba a estrellarse en caras azoradas; no preparadas para volverse pánico, carrera o estampida . Para la correntada de ese río de un millón de personas que iba a volverse bestia ciega.
Y, tristemente, nadie vino al final del horizonte, a las dos de la tarde; nadie hubo que pudiera explicarlo; únicamente había llegado el blanco y pelado esqueleto del terror y fue que la sangre se empezó a volcar a borbotones, a baldazos, encima de ese río; tiñiéndolo como si estuviese sucediendo un milagro deforme…Y Moreira, y la Deslinda Correa con su guagüa, y el Lobizón, y los estudiantes, los viejos, los obreros, los chiquilines y sus padres, los indios, las mujeres, los muchachos con vincha, los poncho colorados, las zapatillas, los zapatos, las piernas, las sillas ortopédicas, como pudieron, sin ceder al horror, al desboque, con todo el llanto atragantado, en medio de ambulancias enloquecidas y aterradas, de sirenas histéricas, de gritos animales; el río ensangrentado, aullante, rebozante de aullidos; el río rojo de sirenas, de balas al boleo, como pudieron, dieron naturalmente la espalda al horizonte esperanzado; chupándose los mocos emprendieron la vuelta hacia el desierto. Confundidos, desolados, entristecidos, solos; dejaron de ser río, armaron lentos el regreso, tristes. Se volvieron un millón de unidades; cada uno cargando su muerte, su propia esperanza triturada, tomada de los pelos y alzada con dolor a ese horizonte, a culatazos; ciegos toda otra cosa que no fuera esa puntada profunda de la frustración, de la amargura, de los sueños volados en pedazos... El había sido, cuando más, un avión que pasó y arrancó un alarido de bestia, un aullido de animal contenido, allá abajo, un estremecimiento de victoria que ahora se había vuelto la noche de Ayohuma; la muerte irreparable de un río mítico; de una procesión que en la noche enciende sus fósforos, sus cerillas, sus encendedores, sus cigarrillos agrios; que semejan velas, antorchas; indiferentes, casi, a las ambulancias que pasan y pasan con las sirenas desplegadas y el rojo pabellón; llevando el angelito cada vez; y nadie canta ya coplas para los compañeros que duermen ahí dentro, en las camillas; para ellos, para esos hermanitos que se encontraron, abruptamente, con la descarnada seca sangrienta vieja cara de la realidad. Ah, sí,
Al fin, después, ya en mi casa, mirando los mohines que hace mi hijo recién nacido, escucho envuelto por una especie de neblina a mi viejo y destartalado grabador que deja escapar la entrañable voz del gran Leonardo Favio. Mi ídolo querido, el artista más grande que yo haya conocido, que canta, canta y canta: “O quizá sim-ple-men-te-re-ga-le-una-ro-sa…Oh, Oh, Ooooooh…” Pongo esa rosa sobre todas las tumbas.-ºººººººººººººººº
lunes, 10 de enero de 2011
79.-
¿Qué era el terror cuando éramos chicos, Mariano? Un mazacote,¿no?...Quizá no pasar, de noche, por la casa de Quinteros, camino al cementerio por esa flaca callecita de tierra, porque se sabía que la casa estaba asombrada. Es decir, que había sombras de difuntos a su alrededor. Sobre todo sería no ver el paraíso que estaba en el patio, porque de una de sus ramas más fuertes se había colgado una mujer, hacía años. Decían que, de noche, todavía se escuchaba cómo se ahogaba, igual que el llanto persistente, tenaz, de un chiquito que era su hijo y que seguiría llamándola, inútilmente, por años. Decían.
¿Sería eso?... Tal vez no ir nunca al arroyo Magariños en sulky, porque los caballos seguramente se espantarían al cruzar el arroyo de Las Calaveras, justo en el puentecito, porque seguro alguna sombra se te sentaba al lado, o viajaba junto a vos por leguas y leguas,al costado, montada terriblemente muda en un caballo también muerto. Entonces todo el silencio del campo te asfixiaba volviéndose un poncho helado. Quizás sería no contestar, paralizado, el silbido llamador del Pombero en la siesta; o salir un viernes a la noche, más allá de las luces del pueblo, porque el Pataco, o cualquier otro, podría cruzarse ya hecho lobisón. Quizás…
Ahora, adultos como somos, todo se ha vuelto distinto; estadístico, administrativo. A lo mejor una cosa más concreta, más real; a lo mejor una gelatina, una baba, un sudor, que está hecho de sirenas nocturnas, inexplicables, llamadoras de Ulises; de hijos dormidos, y puertas rotas a patadas y culatazos, y gritos y cabezas reventadas y manos cortadas y cuerpos mutilados, o volados; enterrados a setenta centímetros del suelo; casi con alguna mano todavía crispada asomándose entre los terrones; sin nombre, probablemente vendados los ojos, y la boca aun horriblemente abierta, ahogada por el último terror lobisón y pombero y la tierra, toda, asombrada; tatuada íntegramente por quemaduras; quizá está hecho de llantos desgarrados de mujeres o niños que vanamente esperarán a un hombre, a un muchachito; que será una ausencia terrible cruzando el puentecito del arroyo Las Calaveras, algunas horas, algunos días, y luego una certeza arrojada a un baldío, a un basural, donde quizás haya un paraíso; tal vez un llamado telefónico, un anónimo, una amenaza; quizás lo llevemos dentro como una lepra porque no somos más que débiles personas; débiles pedazos de carne colgada y solamente sea eso; ¿no te parece, Mariano?, una negra y viscosa y repulsiva cobardía y que el terror realmente no exista, no viva en ninguna casa, en ninguna parte; que esa demencia de la muerte, ese enamoramiento de la sangre, no sea más que cordura y seguridad: una vieja palabra sin sentido. La seguridad de bien comidos, con toda la estantería perfectamente ordenada, el título colgando en la pared y el dentífrico apretado desde abajo. Quizá sea no entender. No entender nada. Un mazacote.
No haber entendido nunca el sentido lesbiano de la vida y la muerte; no haber entendido si la muerte, no haber entendido si la muerte a mansalva tiene el mismo significado de que Monzón sea el campeón mundial de los medianos para nosotros, los medianos; no comprender que aunque alguien esté aullando ahora mismo porque la corriente le rompe los testículos, siempre será maravilloso escuchar a Gardel cuando dice que vuelve con la frente marchita; y eso aunque todo se marchite; aunque todo se muera. Igual va a haber gente amándose como enloquecida en una cama; llenos de jugos; a punto de desmayar por tantos besos. Es que el terror es el hijo mogólico de la vida, Mariano; de ese feroz amor a la vida. Sólo que alguna gente es diferente. Ama a la vida de torcido por medio de la muerte, me parece. Y quiere que la ames de tal modo que llega a quitarte la tuya, si es preciso. Y para que descubras el sentido del amor humano, no vacilará en apretar un gatillo. Te matará amorosamente en tu propia cama, en nombre de Dios, si hace falta, para que comprendas; aunque trates de aceptarlo con dignidad; aunque te cagues encima de terror, aunque llores implorando clemencia, aunque tus hijos o tu mujer aúllen. Quizá sea natural, quizá no exista el terror, ché, y sólo esté en nosotros, los medianos, o sea una categoría del entendimiento perimida. Si no pensás en él, no existe, macho. La única verdad es la realidad y viceversa. Quizá no exista nada, Mariano. Ni la felicidad-á-á-á-ád ,que me da tu amo-o-o-o-or. No pensés más. O sino, tirate al río en la parte más profunda porque no sos capaz de ver nada por la curda que, al final, termine la función; o la pampa que, mirala, es un verde pañuelo bordado de trébol, cerquita de Dios.
¿Qué era el terror cuando éramos chicos, Mariano? Un mazacote,¿no?...Quizá no pasar, de noche, por la casa de Quinteros, camino al cementerio por esa flaca callecita de tierra, porque se sabía que la casa estaba asombrada. Es decir, que había sombras de difuntos a su alrededor. Sobre todo sería no ver el paraíso que estaba en el patio, porque de una de sus ramas más fuertes se había colgado una mujer, hacía años. Decían que, de noche, todavía se escuchaba cómo se ahogaba, igual que el llanto persistente, tenaz, de un chiquito que era su hijo y que seguiría llamándola, inútilmente, por años. Decían.
¿Sería eso?... Tal vez no ir nunca al arroyo Magariños en sulky, porque los caballos seguramente se espantarían al cruzar el arroyo de Las Calaveras, justo en el puentecito, porque seguro alguna sombra se te sentaba al lado, o viajaba junto a vos por leguas y leguas,al costado, montada terriblemente muda en un caballo también muerto. Entonces todo el silencio del campo te asfixiaba volviéndose un poncho helado. Quizás sería no contestar, paralizado, el silbido llamador del Pombero en la siesta; o salir un viernes a la noche, más allá de las luces del pueblo, porque el Pataco, o cualquier otro, podría cruzarse ya hecho lobisón. Quizás…
Ahora, adultos como somos, todo se ha vuelto distinto; estadístico, administrativo. A lo mejor una cosa más concreta, más real; a lo mejor una gelatina, una baba, un sudor, que está hecho de sirenas nocturnas, inexplicables, llamadoras de Ulises; de hijos dormidos, y puertas rotas a patadas y culatazos, y gritos y cabezas reventadas y manos cortadas y cuerpos mutilados, o volados; enterrados a setenta centímetros del suelo; casi con alguna mano todavía crispada asomándose entre los terrones; sin nombre, probablemente vendados los ojos, y la boca aun horriblemente abierta, ahogada por el último terror lobisón y pombero y la tierra, toda, asombrada; tatuada íntegramente por quemaduras; quizá está hecho de llantos desgarrados de mujeres o niños que vanamente esperarán a un hombre, a un muchachito; que será una ausencia terrible cruzando el puentecito del arroyo Las Calaveras, algunas horas, algunos días, y luego una certeza arrojada a un baldío, a un basural, donde quizás haya un paraíso; tal vez un llamado telefónico, un anónimo, una amenaza; quizás lo llevemos dentro como una lepra porque no somos más que débiles personas; débiles pedazos de carne colgada y solamente sea eso; ¿no te parece, Mariano?, una negra y viscosa y repulsiva cobardía y que el terror realmente no exista, no viva en ninguna casa, en ninguna parte; que esa demencia de la muerte, ese enamoramiento de la sangre, no sea más que cordura y seguridad: una vieja palabra sin sentido. La seguridad de bien comidos, con toda la estantería perfectamente ordenada, el título colgando en la pared y el dentífrico apretado desde abajo. Quizá sea no entender. No entender nada. Un mazacote.
No haber entendido nunca el sentido lesbiano de la vida y la muerte; no haber entendido si la muerte, no haber entendido si la muerte a mansalva tiene el mismo significado de que Monzón sea el campeón mundial de los medianos para nosotros, los medianos; no comprender que aunque alguien esté aullando ahora mismo porque la corriente le rompe los testículos, siempre será maravilloso escuchar a Gardel cuando dice que vuelve con la frente marchita; y eso aunque todo se marchite; aunque todo se muera. Igual va a haber gente amándose como enloquecida en una cama; llenos de jugos; a punto de desmayar por tantos besos. Es que el terror es el hijo mogólico de la vida, Mariano; de ese feroz amor a la vida. Sólo que alguna gente es diferente. Ama a la vida de torcido por medio de la muerte, me parece. Y quiere que la ames de tal modo que llega a quitarte la tuya, si es preciso. Y para que descubras el sentido del amor humano, no vacilará en apretar un gatillo. Te matará amorosamente en tu propia cama, en nombre de Dios, si hace falta, para que comprendas; aunque trates de aceptarlo con dignidad; aunque te cagues encima de terror, aunque llores implorando clemencia, aunque tus hijos o tu mujer aúllen. Quizá sea natural, quizá no exista el terror, ché, y sólo esté en nosotros, los medianos, o sea una categoría del entendimiento perimida. Si no pensás en él, no existe, macho. La única verdad es la realidad y viceversa. Quizá no exista nada, Mariano. Ni la felicidad-á-á-á-ád ,que me da tu amo-o-o-o-or. No pensés más. O sino, tirate al río en la parte más profunda porque no sos capaz de ver nada por la curda que, al final, termine la función; o la pampa que, mirala, es un verde pañuelo bordado de trébol, cerquita de Dios.
jueves, 6 de enero de 2011
78.-
PAPÁ: ¿Sabés a quien mataron de cuatro tiros?
YO: ¿A quién
PAPÁ: A Cachimba.
YO:¿A Cachimba?
PAPÁ: Sí…pobre hombre…joven; con un hijo hermoso…Pobrecito el gurí.¿ Vos sabés que él solito le atendía el negocio? Hacía poquito que lo había agrandado.¡Uuuyyyy!...El gurí solo le atendía la despensa; solito. Así Cachimba podía seguir con la carnicería. ¡Cuatro tiros!...¡Qué barbaridá!...Por la mujer fue, ché; una porquería…¿Te acordás que lo dejó?...¿Que se le fué con un camionero?. ¿Te acordás d’él?
YO: Sí, papá.
PAPÁ: Bueno; ahora quedan solos el muchacho y la gurisa, qu’es más chica.¡Qué barbaridá!...
YO: Así que Cachimba…¡Qué barbaridad!
Un sello sobre la almohadilla. Una hilera de formularios. ¡Una máquina de calcular!...Mi mano sella como una guillotina. Mi mano anota fechas, y sello sobre la cara del muerto. La miro y no parece pertenecerme. Hubo una época en que mi cuerpo y yo coincidíamos. Alguien ha matado a alguien aquí. No hace falta nombrar al delincuente. Y mi mano, pobrecita, incapaz de ser dueña de sí, escribe, pelado. Mi mano sella como si cegara cabezas.
PAPÁ: ¿ Sabés quién murió de cáncer, pobre hombre?...
YO: ¿Quién?
PAPÁ: Carrasco.
YO: ¿Carrasco?...
PAPÁ: Sí, Carrasco. ¡Carrasquito!...¡El mozo del club!...¿Te acordás? ¡Qué barbaridá!...Un hombre joven todavía. Ni cincuenta años, carajo…Dos hijos tenía. ¡Qué barbaridá, mi amigo!...
YO: Sí. ¡Qué barbaridad, viejo!...
__Bueno, pa…hasta aquí llegamos.
__Sí, m’hijo; yo sabía que esto estaba terminado. Así debe ser, nomás…
__Antes de dejar, quiero decirte, otra vez, que te amo como a nadie.
__Lo sé, m´hijo. Yo también. Me hiciste muy feliz.
__¿Te parece que nos encontraremos alguna vez?...
__Andá a saber.
__Te mando un beso.
__Otro mío, hijito. Chau.
__Chau, papi.
PAPÁ: ¿Sabés a quien mataron de cuatro tiros?
YO: ¿A quién
PAPÁ: A Cachimba.
YO:¿A Cachimba?
PAPÁ: Sí…pobre hombre…joven; con un hijo hermoso…Pobrecito el gurí.¿ Vos sabés que él solito le atendía el negocio? Hacía poquito que lo había agrandado.¡Uuuyyyy!...El gurí solo le atendía la despensa; solito. Así Cachimba podía seguir con la carnicería. ¡Cuatro tiros!...¡Qué barbaridá!...Por la mujer fue, ché; una porquería…¿Te acordás que lo dejó?...¿Que se le fué con un camionero?. ¿Te acordás d’él?
YO: Sí, papá.
PAPÁ: Bueno; ahora quedan solos el muchacho y la gurisa, qu’es más chica.¡Qué barbaridá!...
YO: Así que Cachimba…¡Qué barbaridad!
Un sello sobre la almohadilla. Una hilera de formularios. ¡Una máquina de calcular!...Mi mano sella como una guillotina. Mi mano anota fechas, y sello sobre la cara del muerto. La miro y no parece pertenecerme. Hubo una época en que mi cuerpo y yo coincidíamos. Alguien ha matado a alguien aquí. No hace falta nombrar al delincuente. Y mi mano, pobrecita, incapaz de ser dueña de sí, escribe, pelado. Mi mano sella como si cegara cabezas.
PAPÁ: ¿ Sabés quién murió de cáncer, pobre hombre?...
YO: ¿Quién?
PAPÁ: Carrasco.
YO: ¿Carrasco?...
PAPÁ: Sí, Carrasco. ¡Carrasquito!...¡El mozo del club!...¿Te acordás? ¡Qué barbaridá!...Un hombre joven todavía. Ni cincuenta años, carajo…Dos hijos tenía. ¡Qué barbaridá, mi amigo!...
YO: Sí. ¡Qué barbaridad, viejo!...
__Bueno, pa…hasta aquí llegamos.
__Sí, m’hijo; yo sabía que esto estaba terminado. Así debe ser, nomás…
__Antes de dejar, quiero decirte, otra vez, que te amo como a nadie.
__Lo sé, m´hijo. Yo también. Me hiciste muy feliz.
__¿Te parece que nos encontraremos alguna vez?...
__Andá a saber.
__Te mando un beso.
__Otro mío, hijito. Chau.
__Chau, papi.
sábado, 18 de diciembre de 2010
77.-
Había una plaza invadida por el pastizal, hirviendo de bichos colorados que te picaban en el culo y las canillas; había palmeras y palos borrachos, y matorrales de rositas que se amontonaban a la que te criaste, y columnas de mármol blanco que sostenían las luces, todas rotas a pedradas; de modo que por las noches éramos quince o veinte, todos en bicicleta, a todo lo que da, adivinando las sombras, y el juego consistía en venir al mango como los Caballeros del Rey Arturo y reventarse de frente; un descomunal ruido de fierros y crujidos de huesos maravilloso. Horquillas y llantas dobladas, patas sangrando y carcajadas; todavía sin los puchos para pitar que habrían de llegar a eso de los trece. EN CAMBIO CUANDO ES NICOLINO LOCCHE QUIEN VA A SUBIR AL RING, EL PÚBLICO ESTÁ EXULTANTE. NADIE FESTEJA DE ANTEMANO EL DOLOR, NADIE AGUARDA CON SECRETO GOZO LA TRAGEDIA. TODOS ESPERAN QUE EL MÁS HUIDIZO DE CUANTOS HOMBRES HAYAN SUBIDO A UN RING, HAGA OTRA VEZ SU JUEGO. O sino, andar en patota arriba de las bici ocupando el ancho de la calle, despacito, en una línea ,como los cadetes de la vagancia, fanfeándonos delante de las gurisas que siempre se paraban en barra en la vidriera de la farmacia de Girstel. LA VÍCTIMA SUBE CONFIADA. EL SÁBADO ÚLTIMO EL NORTEAMERICANO JAMES HEAIR, UN RUBIO DE VEINTITRES AÑOS CON AIRE DE EGRESADO UNIVERSITARIO CON BUENA CONDUCTA, ESPERÓ AL EX CAMPEÓN MUNDIAL CON LA SEGURIDAD DE QUE TENDRÍA FRENTE A ÉL A UN HOMBRE TERMINADO, A UN VIEJO CONTRA EL QUE BASTARÍA EXIGIRLO HASTA AGOTARLO. PERO PRONTO EMPEZÓ PARA ÉL LA MALA VIDA. MIENTRAS EL PÚBLICO HACÍA EL CORO NECESARIO, LOCCHE IBA DE UN RINCÓN A OTRO BURLÁNDOSE DE SU RIVAL, DEL BOXEO, DEL FANTASMA DE LA MUERTE QUE SUELE ACOMPAÑAR A LOS PROTAGONISTAS DE ESTE NEGOCIO. Y enfrente de la plaza, negra, estaba la iglesia del cura Ferré envenenado de bronca adentro; echando espuma por la boca por el quilombo que hacíamos en la boca de lobo; ni una lamparita encendida en la casa del cura, pero siempre esperando ver salir a alguna chupacirios que fuera a hacer la porquería en la sacristía. Y meta pésame Dios mío por dejarse poner la puntita, o por estar pensando sacrilegios, que era la palabra que más nos encajaba Ferré dentro del coco; los bancos largos, tan duros que el culo te quedaba chato y dolorido; el olor a vela, a cementerio, a comentario, a semen, que había adentro con esa penumbra siempre. Qué mal me ponía, pero lo mismo meta padrenuestro que estás en los cielos, cielos, y el Arcángel Gabriel del que te preguntaba la señorita Velich, y que para nosotros el cura se la cogía, que era petisita y fiera, con anteojos, y qué otra cosa que enseñar el catecismo iba a hacer; ¿quién se la iba a querer coger, aparte del ángel, era lo que comentábamos todos en la plaza; ¿ quién, decime quién?, tentándonos a lo loco en el catecismo, pura seña y cabeceo para el lado de ella; ustedes, desvergonzados, se van al fondo a rezar diez padrenuestros y diez avemarías y sigan, sigan así, que se van a quemar vivos en aceite hirviendo en el infierno y ya vamos a hablar con sus padres, maleducados; con esa conducta no van a poder tomar la comunión y se van a condenar para siempre, desgraciados, cretinos. AL FINALIZAR EL CUARTO ROUND, HEAIR YA SABÍA DE QUÉ SE TRATABA. SE HABÍA DADO CUENTA QUE ESTABA EN BUENOS AIRES PARA ARROJARLE GOLPES A UNA SOMBRA; ERA UN LOCO TIRÁNDOLE PIEDRAS A UN GATO CALLEJERO. Entonces el Conejo o el Gringo llegaban antes que ninguno al fondo de la iglesia colgando de la oreja o la patilla agarrada por el cura Ferré, que echaba humo y los llevaba en el aire, poniéndose colorado; se le aparecían todas las venitas en la cara que nosotros atribuíamos a los excesos del vino de misa; mocosos de porquería, medio escupido y bajito, lo cuál era peor, y no les digo una mala palabra porque estamos en la casa de Dios, caracho. ENTONCES AL TERMINAR LA CUARTA VUELTA HEAIR QUEBRÓ SU CINTURA COMO UN CORTESANO Y SALUDÓ AL REY. EL PÚBLICO ESTALLÓ, CANTÓ, APLAUDIÓ. Y del otro lado había un campito donde crecía salvajemente el hinojo y pastaban las vacas de Mendieta. Era en esa selva de hinojo donde yo me volteaba a mi prima y le intentaba poner infructuosamente el pajarito;me quedó el olor del hinojo para siempre. Ese campito y mi prima abajo, cuchicheando, y su perfume serán, nomás, mis años gurises. A la nochecita, oliéndolo fuerte, mirando los dos a la gente que pasaba, sombras deslizándose por la vereda; ignorando que estábamos chapaleando en un misterio, con el corazón al trote, oyendo los primeros grillos y los ruidos de mujeres en la cocina manipulando cacerolas. BERMÚDEZ, EN CAMBIO, DIJO QUE ESO LO ENOJABA, PORQUE LOCCHE NO ESTÁ PARA DIVERTIRSE SINO PARA PELEAR Y PROTEGERSE. BROMEABA. ÉL SABE QUE TODO LO QUE OCURRE SOBRE EL RING MIENTRAS ESTÁ ALLÍ SU PUPILO ES PURO REGOCIJO. LOCCHE MISMO LO HA DICHO:”VUELVO PORQUE ME ABURRÍA”. Había una esquina, también, donde nos sentábamos hasta la medianoche y Roberto se ponía a inventar, inagotable, inexistentes películas de Drácula, porque una vez vio una en Concordia y eso bastaba. Decí que estábamos debajo del foco de la calle que sino me cagaba en las patas, porque Roberto, ya lo dije, era la imaginación desbocada; anudaba historias impresionantes, descriptas sabiamente, con el clima justo y el suspenso necesario para que se te cerrara la garganta y el corazón latiera descontrolado, cuando una mano sola, blanca, helada, avanza por la calle como una rata o un gatito; trepa umbrales, abre puertas y llega a tu pieza donde estás durmiendo para estrangularte, y nadie podrá oír ni hacer nada porque no la detienen ni tiros ni hachas o cuchillos; porque es la mano de un muerto, la maneja Drácula y hace lo que quiere en tu almohada y ¡papaaaá…,papito, papáááááá!... que te encuentra tirado al costado de la mesita de luz porque la mano te agarra, papito, te agarra y no te suelta y no te perdona y te mata; bueno, m’hijo, dormite, no pasa nada, estabas soñando; dale, dormite, estabas soñando, no es nada, y es lindo que el viejo te tape. Es tan lindo que te diga que está él para todo. Aunque no sea cierto. Y PARECE CIERTO. CUANDO UNO VE, EN LOS MOMENTOS PREVIOS A LA PELEA; CÓMO PASEAN ALREDEDOR DEL RING LOS VIEJOS EX CAMPEONES (ACAVALLO, SELPA, PASCUAL PÉREZ), SABE QUE ESTÁN NERVIOSOS. QUE SUS MÚSCULOS EMPIEZAN A PONERSE TENSOS COMO SI FUERAN ELLOS LOS QUE VAN A RECIBIR LOS GOLPES, LOS QUE TIENEN QUE ATACAR Y DEFENDERSE. SÓLO SE TRANQUILIZAN CUANDO VEN EL MOVIMIENTO, CUANDO ALGUIEN DA Y RECIBE PUÑOS. PORQUE ASÍ FUERON LOS MOMENTOS MÁS FELICES__TAMBIÉN LOS MÁS AMARGOS__DE SU VIDA. ESOS MOMENTOS QUE LOCCHE SE HA NEGADO A DEJAR QUE PASEN. LOS HA RECUPERADO A LOS 36 AÑOS, FINGIENDO QUE ES UN CHICO; PORQUE ES EL ÚNICO QUE TODAVÍA RECUERDA CÓMO SE BURLAN LOS PELIGROS DE LA VIDA. (PAGINA 12- OSVALDO SORIANO) Había, había…había cosas inacabables como hilo de pandorga. Y en las figuritas “Po-Pof”, aunque ya no jugaban más, estaban, yo sé que estaban: Vaca, Marante y Dezorzi; Sosa, Lazatti y Pescia; Boyé, Corcuera, Sarlanga, Varela y Gómez Sánchez. Lo mismo las Masseratti, las Alfa Romeo y Delfor Cabrera. ¿Sabés lo que había, en el fondo, Amelia?...Ahora que lo pienso, había futuro.
Después Amelia pidió ese diario que Mariano ya no leía, pasando por alto las páginas de deporte. Y él, a su vez, rogó que pusiera otro sobre el velador encendido para que no le diera luz en la cara. Y poder dormir; entonces cerró los ojos para no ver el ring. Se durmió enseguida. Y colorín. Y colorado.
Había una plaza invadida por el pastizal, hirviendo de bichos colorados que te picaban en el culo y las canillas; había palmeras y palos borrachos, y matorrales de rositas que se amontonaban a la que te criaste, y columnas de mármol blanco que sostenían las luces, todas rotas a pedradas; de modo que por las noches éramos quince o veinte, todos en bicicleta, a todo lo que da, adivinando las sombras, y el juego consistía en venir al mango como los Caballeros del Rey Arturo y reventarse de frente; un descomunal ruido de fierros y crujidos de huesos maravilloso. Horquillas y llantas dobladas, patas sangrando y carcajadas; todavía sin los puchos para pitar que habrían de llegar a eso de los trece. EN CAMBIO CUANDO ES NICOLINO LOCCHE QUIEN VA A SUBIR AL RING, EL PÚBLICO ESTÁ EXULTANTE. NADIE FESTEJA DE ANTEMANO EL DOLOR, NADIE AGUARDA CON SECRETO GOZO LA TRAGEDIA. TODOS ESPERAN QUE EL MÁS HUIDIZO DE CUANTOS HOMBRES HAYAN SUBIDO A UN RING, HAGA OTRA VEZ SU JUEGO. O sino, andar en patota arriba de las bici ocupando el ancho de la calle, despacito, en una línea ,como los cadetes de la vagancia, fanfeándonos delante de las gurisas que siempre se paraban en barra en la vidriera de la farmacia de Girstel. LA VÍCTIMA SUBE CONFIADA. EL SÁBADO ÚLTIMO EL NORTEAMERICANO JAMES HEAIR, UN RUBIO DE VEINTITRES AÑOS CON AIRE DE EGRESADO UNIVERSITARIO CON BUENA CONDUCTA, ESPERÓ AL EX CAMPEÓN MUNDIAL CON LA SEGURIDAD DE QUE TENDRÍA FRENTE A ÉL A UN HOMBRE TERMINADO, A UN VIEJO CONTRA EL QUE BASTARÍA EXIGIRLO HASTA AGOTARLO. PERO PRONTO EMPEZÓ PARA ÉL LA MALA VIDA. MIENTRAS EL PÚBLICO HACÍA EL CORO NECESARIO, LOCCHE IBA DE UN RINCÓN A OTRO BURLÁNDOSE DE SU RIVAL, DEL BOXEO, DEL FANTASMA DE LA MUERTE QUE SUELE ACOMPAÑAR A LOS PROTAGONISTAS DE ESTE NEGOCIO. Y enfrente de la plaza, negra, estaba la iglesia del cura Ferré envenenado de bronca adentro; echando espuma por la boca por el quilombo que hacíamos en la boca de lobo; ni una lamparita encendida en la casa del cura, pero siempre esperando ver salir a alguna chupacirios que fuera a hacer la porquería en la sacristía. Y meta pésame Dios mío por dejarse poner la puntita, o por estar pensando sacrilegios, que era la palabra que más nos encajaba Ferré dentro del coco; los bancos largos, tan duros que el culo te quedaba chato y dolorido; el olor a vela, a cementerio, a comentario, a semen, que había adentro con esa penumbra siempre. Qué mal me ponía, pero lo mismo meta padrenuestro que estás en los cielos, cielos, y el Arcángel Gabriel del que te preguntaba la señorita Velich, y que para nosotros el cura se la cogía, que era petisita y fiera, con anteojos, y qué otra cosa que enseñar el catecismo iba a hacer; ¿quién se la iba a querer coger, aparte del ángel, era lo que comentábamos todos en la plaza; ¿ quién, decime quién?, tentándonos a lo loco en el catecismo, pura seña y cabeceo para el lado de ella; ustedes, desvergonzados, se van al fondo a rezar diez padrenuestros y diez avemarías y sigan, sigan así, que se van a quemar vivos en aceite hirviendo en el infierno y ya vamos a hablar con sus padres, maleducados; con esa conducta no van a poder tomar la comunión y se van a condenar para siempre, desgraciados, cretinos. AL FINALIZAR EL CUARTO ROUND, HEAIR YA SABÍA DE QUÉ SE TRATABA. SE HABÍA DADO CUENTA QUE ESTABA EN BUENOS AIRES PARA ARROJARLE GOLPES A UNA SOMBRA; ERA UN LOCO TIRÁNDOLE PIEDRAS A UN GATO CALLEJERO. Entonces el Conejo o el Gringo llegaban antes que ninguno al fondo de la iglesia colgando de la oreja o la patilla agarrada por el cura Ferré, que echaba humo y los llevaba en el aire, poniéndose colorado; se le aparecían todas las venitas en la cara que nosotros atribuíamos a los excesos del vino de misa; mocosos de porquería, medio escupido y bajito, lo cuál era peor, y no les digo una mala palabra porque estamos en la casa de Dios, caracho. ENTONCES AL TERMINAR LA CUARTA VUELTA HEAIR QUEBRÓ SU CINTURA COMO UN CORTESANO Y SALUDÓ AL REY. EL PÚBLICO ESTALLÓ, CANTÓ, APLAUDIÓ. Y del otro lado había un campito donde crecía salvajemente el hinojo y pastaban las vacas de Mendieta. Era en esa selva de hinojo donde yo me volteaba a mi prima y le intentaba poner infructuosamente el pajarito;me quedó el olor del hinojo para siempre. Ese campito y mi prima abajo, cuchicheando, y su perfume serán, nomás, mis años gurises. A la nochecita, oliéndolo fuerte, mirando los dos a la gente que pasaba, sombras deslizándose por la vereda; ignorando que estábamos chapaleando en un misterio, con el corazón al trote, oyendo los primeros grillos y los ruidos de mujeres en la cocina manipulando cacerolas. BERMÚDEZ, EN CAMBIO, DIJO QUE ESO LO ENOJABA, PORQUE LOCCHE NO ESTÁ PARA DIVERTIRSE SINO PARA PELEAR Y PROTEGERSE. BROMEABA. ÉL SABE QUE TODO LO QUE OCURRE SOBRE EL RING MIENTRAS ESTÁ ALLÍ SU PUPILO ES PURO REGOCIJO. LOCCHE MISMO LO HA DICHO:”VUELVO PORQUE ME ABURRÍA”. Había una esquina, también, donde nos sentábamos hasta la medianoche y Roberto se ponía a inventar, inagotable, inexistentes películas de Drácula, porque una vez vio una en Concordia y eso bastaba. Decí que estábamos debajo del foco de la calle que sino me cagaba en las patas, porque Roberto, ya lo dije, era la imaginación desbocada; anudaba historias impresionantes, descriptas sabiamente, con el clima justo y el suspenso necesario para que se te cerrara la garganta y el corazón latiera descontrolado, cuando una mano sola, blanca, helada, avanza por la calle como una rata o un gatito; trepa umbrales, abre puertas y llega a tu pieza donde estás durmiendo para estrangularte, y nadie podrá oír ni hacer nada porque no la detienen ni tiros ni hachas o cuchillos; porque es la mano de un muerto, la maneja Drácula y hace lo que quiere en tu almohada y ¡papaaaá…,papito, papáááááá!... que te encuentra tirado al costado de la mesita de luz porque la mano te agarra, papito, te agarra y no te suelta y no te perdona y te mata; bueno, m’hijo, dormite, no pasa nada, estabas soñando; dale, dormite, estabas soñando, no es nada, y es lindo que el viejo te tape. Es tan lindo que te diga que está él para todo. Aunque no sea cierto. Y PARECE CIERTO. CUANDO UNO VE, EN LOS MOMENTOS PREVIOS A LA PELEA; CÓMO PASEAN ALREDEDOR DEL RING LOS VIEJOS EX CAMPEONES (ACAVALLO, SELPA, PASCUAL PÉREZ), SABE QUE ESTÁN NERVIOSOS. QUE SUS MÚSCULOS EMPIEZAN A PONERSE TENSOS COMO SI FUERAN ELLOS LOS QUE VAN A RECIBIR LOS GOLPES, LOS QUE TIENEN QUE ATACAR Y DEFENDERSE. SÓLO SE TRANQUILIZAN CUANDO VEN EL MOVIMIENTO, CUANDO ALGUIEN DA Y RECIBE PUÑOS. PORQUE ASÍ FUERON LOS MOMENTOS MÁS FELICES__TAMBIÉN LOS MÁS AMARGOS__DE SU VIDA. ESOS MOMENTOS QUE LOCCHE SE HA NEGADO A DEJAR QUE PASEN. LOS HA RECUPERADO A LOS 36 AÑOS, FINGIENDO QUE ES UN CHICO; PORQUE ES EL ÚNICO QUE TODAVÍA RECUERDA CÓMO SE BURLAN LOS PELIGROS DE LA VIDA. (PAGINA 12- OSVALDO SORIANO) Había, había…había cosas inacabables como hilo de pandorga. Y en las figuritas “Po-Pof”, aunque ya no jugaban más, estaban, yo sé que estaban: Vaca, Marante y Dezorzi; Sosa, Lazatti y Pescia; Boyé, Corcuera, Sarlanga, Varela y Gómez Sánchez. Lo mismo las Masseratti, las Alfa Romeo y Delfor Cabrera. ¿Sabés lo que había, en el fondo, Amelia?...Ahora que lo pienso, había futuro.
Después Amelia pidió ese diario que Mariano ya no leía, pasando por alto las páginas de deporte. Y él, a su vez, rogó que pusiera otro sobre el velador encendido para que no le diera luz en la cara. Y poder dormir; entonces cerró los ojos para no ver el ring. Se durmió enseguida. Y colorín. Y colorado.
martes, 14 de diciembre de 2010
76.-
EXITOS EN EL HIT PARADE: “Canario triste” y
“Jambalaya”, por Elder Barber. 78 rpm.
Ah, sí. El naiclub “Ramírez”, en Uruguay, frente a la plaza. Ya tiene la camisa blanquísima y duro el almidón del cuello, que paspa un poco. Y, por supuesto, la brillantina Palmolive hace destellos en las ondas, así que se mira con cuidado para ver si está parecido a Errol
Flynn o Tony Curtis; bichando ,de reojo, el traje azul colgado al costado del roperito, recién planchado; oyendo las voces de los demás, sobre todo los de cuarto, que tienen esa cancha tan especial. Ellos sí que están seguros entre las pibas, no hay problema; sólo él se siente mal porque apenas sabe hacer el doble paso en el fox-trox que, pacientemente, le enseñó Elizalde, que es un concheto de la alta sociedad correntina, que siempre tiene pilchas importadas de Brasil y camisas de hilo de Paraguay, también, aunque no sea de cuarto como él; uno se da cuenta enseguida que tiene clase, que no es un grasa. Está bien que uno, a su vez, puede hacerse el fino con las gringas de la colonia, durante las vacaciones, allá en el pueblo, con el saco blanco de hilo y el pantalón azul, pero no ahí, en la “Ramírez”, con esas pendejas todas tan educaditas que empilchan como los dioses; decí que hace tiempo que anda con Kuky y por eso la cosa se hace llevadera. Con ella tiene una especie de patente ahí dentro, un derecho de piso pagado porque ya, antes, ha pasado la vergüenza reglamentaria. Ella, en sus primeros tiempos , supo gritarle “¡paisocooo!...” y hacerle rebotar su risa fresca como una cachetada. Pero igual no puede evitar un estremecimiento pensando que estará lleno; las parejas de siempre, las conocidas barras, las pibas sueltas que están en el enganche. Sabe quiénes habrán de saludarlo mientras ruedan en la pista; quiénes dejarán caer sus miradas cómplices, quiénes cuchichearán detrás de ellos cuando se pierdan en el oleaje de danzarines; sabrá que aparte de los fox-trox de Smith y sus Pelirrojos, habrá de atreverse con los cha-cha-chás del Trío Avileño, o Los Panchos cuando más; o los Cinco Latinos en alguna cosa lenta. Así que terminado de peinar ve si está perfectamente afeitado y entonces va al casillero del Caimán y le saca un poco de colonia “Lancaster”, que es la única que venden en el quiosquito de la esquina; no se pone mucho porque apesta como la gran puta, y ya se está poniendo los recién planchados pantalones azules, con tiradores, que habrán de quedar escondidos debajo del chaleco. El Caimán no está y ya se fue a buscar a la Susy mientras que él quedó en encontrarse con su minita en la puerta del naiclub y pese a todo “¿Quién está triste ahora?” con Nat King Cole, practicando en el Salón de Invierno de la Fráter. Se asoma y ve la pareja de muchachos ya trajeados, meta hacer el doble paso; que si no lo sabías hacer era un quemo en la pista colmada y aunque el corazón late fuerte por la excitación, es hermoso sentir que la vida es como una fruta. Y morder. Así que ya está con saco cruzado rigurosamente abotonado, y ahora corresponde el pañuelo de seda blanca sobre el cuello que le sacó, de prepo, a un pichicato. Se vive como una especie de conde o algo así, tan suavecito contra la piel. Sólo falta ponerse el sobretodo negro y los guantes; uno puesto, claro, y el otro descuidadamente agarrado en la otra mano donde habrá de tener el “Fontanares extra finos”; ver, antes de salir, la blancura de los dientes y sacarse con el pañuelo la gota de brillantina que chorrea putamente por la sien en el aire helado del atardecer, trepando por la calle Rocamora. Oyendo el ruido de los tacos, sin chapitas. Porque aunque muchos le ponían chapitas a las suelas, no sé. A él le daba calor el ruidito metálico; había que ser medio cara rota, pero lo mismo suenan, e igual se siente bastante seguro, sobre todo al verificar su pinta de costelete, en las puertas de vidrio del “Texier” donde están anunciando “Angustia de un querer” con William Holden y Jeniffer Jones, y ver que uno tiene su perchita y que todo concuerda para dar esa imagen de solitario y misterioso que ha elegido, medio Edmundo Dantés, cayendo al “Mate Cocido”, que era como le decían al baile de la tarde para los estudiantes más pendejos, en lugar de “Té Danzante”; medio aristócrata de incógnito, con un pasado sin revelar del todo, para curiosidad de las amigas de Kuky; sin largar una palabra de las gringas de la colonia, de la Angélica, o de las negritas de la pista de Velázquez, atrás de la estación, meta chamamés, Y “La puñalada” o”Nueve de Julio” de Vicente Padula por la Típica y Característica “San Salvador”, que conducía brillantemente el tuerto Cáceres con su violín. Calladito ahí, chito-chito, había que hacerse el fino; pero, total, no en vano había muchas horas de vuelo en el cine del pueblo, así que no lo iban a agarrar descuidado; que para eso uno nació con una clase natural y vio bien a Fred Astaire y Tyrone Power de smoking y, sin ir más lejos, a Fernando Lamas que su pinta la tenía y era argentino. Se estudió muy bien los movimientos; cómo caminaba entre las mesas sin voltear nada, la mirada buscando, indiferente, a alguien inexistente, hasta encontrarse con los ojos de Mecha Ortíz, por ejemplo, y hacerla mear de a chorritos. Ah, mierda, cómo se sacaba a la entrada el echarpe blanco y el abrigo, y se los daba al tipo del guardarropa, mientras ella bailaba con algún boludo pero sin poder sacarle los ojos de encima como ahora Kuky; aunque ella se está, para variar, tentando con las amigas y se hace la que no lo ha visto. Entonces lo obliga a hacer lo mismo. Guacha de mierda, vas a sufrir. Y se va. Iba a alguna mesa de fraternales que no se decidían a bailar y allí se quedaba hasta lo insoportable, hasta que la cara de Kuky, inequívocamente, se hubiera quedado sin sonrisas y amenazara irse a la casa. Entonces había que ir a arreglar el asunto, ché. Vendría la discusión, vos sabés; y los bueno, por qué te hiciste la que no me viste, qué te pensás, y la tarde a la mierda, pero todo eso pasó ya, Amelia, sino no estaría el perfume de Kuky en la nariz todavía y sus pelos haciéndome cosquillas; su espalda desnuda apretada por la mano que a veces se atreve a rozar, estremecido, una tetita. Ni el silencio que se ha hecho entre ellos; todo indica que la cosa pasó; que son casi inmortales, que la luz parece nacer de sus cuerpos, te lo juro; que nada hay más lindo que los labios besándose, sacándole todo el rouge a mordiscones chiquititos, sin tener la menor noción de lo que canta Roberto Yanés; porque es la última noche y él habrá de salir a recorrer el mundo ya que la vida los separa; insoportablemente solo, obligadamente solo como Humprey Bogart en “Casablanca”. Y ella habrá de ir a despedirlo, entre lágrimas, al muelle. Hasta que el vapor “Whasington” se aleje y se haga una sola línea con la “Stella Maris”, donde se abre todo el río, antes de ser tragado por eso que ahora es un mar; con él apoyado en la borda, inmóvil para siempre en el recuerdo, tal como Gregory Peck en alguna película de amor.
EXITOS EN EL HIT PARADE: “Canario triste” y
“Jambalaya”, por Elder Barber. 78 rpm.
Ah, sí. El naiclub “Ramírez”, en Uruguay, frente a la plaza. Ya tiene la camisa blanquísima y duro el almidón del cuello, que paspa un poco. Y, por supuesto, la brillantina Palmolive hace destellos en las ondas, así que se mira con cuidado para ver si está parecido a Errol
Flynn o Tony Curtis; bichando ,de reojo, el traje azul colgado al costado del roperito, recién planchado; oyendo las voces de los demás, sobre todo los de cuarto, que tienen esa cancha tan especial. Ellos sí que están seguros entre las pibas, no hay problema; sólo él se siente mal porque apenas sabe hacer el doble paso en el fox-trox que, pacientemente, le enseñó Elizalde, que es un concheto de la alta sociedad correntina, que siempre tiene pilchas importadas de Brasil y camisas de hilo de Paraguay, también, aunque no sea de cuarto como él; uno se da cuenta enseguida que tiene clase, que no es un grasa. Está bien que uno, a su vez, puede hacerse el fino con las gringas de la colonia, durante las vacaciones, allá en el pueblo, con el saco blanco de hilo y el pantalón azul, pero no ahí, en la “Ramírez”, con esas pendejas todas tan educaditas que empilchan como los dioses; decí que hace tiempo que anda con Kuky y por eso la cosa se hace llevadera. Con ella tiene una especie de patente ahí dentro, un derecho de piso pagado porque ya, antes, ha pasado la vergüenza reglamentaria. Ella, en sus primeros tiempos , supo gritarle “¡paisocooo!...” y hacerle rebotar su risa fresca como una cachetada. Pero igual no puede evitar un estremecimiento pensando que estará lleno; las parejas de siempre, las conocidas barras, las pibas sueltas que están en el enganche. Sabe quiénes habrán de saludarlo mientras ruedan en la pista; quiénes dejarán caer sus miradas cómplices, quiénes cuchichearán detrás de ellos cuando se pierdan en el oleaje de danzarines; sabrá que aparte de los fox-trox de Smith y sus Pelirrojos, habrá de atreverse con los cha-cha-chás del Trío Avileño, o Los Panchos cuando más; o los Cinco Latinos en alguna cosa lenta. Así que terminado de peinar ve si está perfectamente afeitado y entonces va al casillero del Caimán y le saca un poco de colonia “Lancaster”, que es la única que venden en el quiosquito de la esquina; no se pone mucho porque apesta como la gran puta, y ya se está poniendo los recién planchados pantalones azules, con tiradores, que habrán de quedar escondidos debajo del chaleco. El Caimán no está y ya se fue a buscar a la Susy mientras que él quedó en encontrarse con su minita en la puerta del naiclub y pese a todo “¿Quién está triste ahora?” con Nat King Cole, practicando en el Salón de Invierno de la Fráter. Se asoma y ve la pareja de muchachos ya trajeados, meta hacer el doble paso; que si no lo sabías hacer era un quemo en la pista colmada y aunque el corazón late fuerte por la excitación, es hermoso sentir que la vida es como una fruta. Y morder. Así que ya está con saco cruzado rigurosamente abotonado, y ahora corresponde el pañuelo de seda blanca sobre el cuello que le sacó, de prepo, a un pichicato. Se vive como una especie de conde o algo así, tan suavecito contra la piel. Sólo falta ponerse el sobretodo negro y los guantes; uno puesto, claro, y el otro descuidadamente agarrado en la otra mano donde habrá de tener el “Fontanares extra finos”; ver, antes de salir, la blancura de los dientes y sacarse con el pañuelo la gota de brillantina que chorrea putamente por la sien en el aire helado del atardecer, trepando por la calle Rocamora. Oyendo el ruido de los tacos, sin chapitas. Porque aunque muchos le ponían chapitas a las suelas, no sé. A él le daba calor el ruidito metálico; había que ser medio cara rota, pero lo mismo suenan, e igual se siente bastante seguro, sobre todo al verificar su pinta de costelete, en las puertas de vidrio del “Texier” donde están anunciando “Angustia de un querer” con William Holden y Jeniffer Jones, y ver que uno tiene su perchita y que todo concuerda para dar esa imagen de solitario y misterioso que ha elegido, medio Edmundo Dantés, cayendo al “Mate Cocido”, que era como le decían al baile de la tarde para los estudiantes más pendejos, en lugar de “Té Danzante”; medio aristócrata de incógnito, con un pasado sin revelar del todo, para curiosidad de las amigas de Kuky; sin largar una palabra de las gringas de la colonia, de la Angélica, o de las negritas de la pista de Velázquez, atrás de la estación, meta chamamés, Y “La puñalada” o”Nueve de Julio” de Vicente Padula por la Típica y Característica “San Salvador”, que conducía brillantemente el tuerto Cáceres con su violín. Calladito ahí, chito-chito, había que hacerse el fino; pero, total, no en vano había muchas horas de vuelo en el cine del pueblo, así que no lo iban a agarrar descuidado; que para eso uno nació con una clase natural y vio bien a Fred Astaire y Tyrone Power de smoking y, sin ir más lejos, a Fernando Lamas que su pinta la tenía y era argentino. Se estudió muy bien los movimientos; cómo caminaba entre las mesas sin voltear nada, la mirada buscando, indiferente, a alguien inexistente, hasta encontrarse con los ojos de Mecha Ortíz, por ejemplo, y hacerla mear de a chorritos. Ah, mierda, cómo se sacaba a la entrada el echarpe blanco y el abrigo, y se los daba al tipo del guardarropa, mientras ella bailaba con algún boludo pero sin poder sacarle los ojos de encima como ahora Kuky; aunque ella se está, para variar, tentando con las amigas y se hace la que no lo ha visto. Entonces lo obliga a hacer lo mismo. Guacha de mierda, vas a sufrir. Y se va. Iba a alguna mesa de fraternales que no se decidían a bailar y allí se quedaba hasta lo insoportable, hasta que la cara de Kuky, inequívocamente, se hubiera quedado sin sonrisas y amenazara irse a la casa. Entonces había que ir a arreglar el asunto, ché. Vendría la discusión, vos sabés; y los bueno, por qué te hiciste la que no me viste, qué te pensás, y la tarde a la mierda, pero todo eso pasó ya, Amelia, sino no estaría el perfume de Kuky en la nariz todavía y sus pelos haciéndome cosquillas; su espalda desnuda apretada por la mano que a veces se atreve a rozar, estremecido, una tetita. Ni el silencio que se ha hecho entre ellos; todo indica que la cosa pasó; que son casi inmortales, que la luz parece nacer de sus cuerpos, te lo juro; que nada hay más lindo que los labios besándose, sacándole todo el rouge a mordiscones chiquititos, sin tener la menor noción de lo que canta Roberto Yanés; porque es la última noche y él habrá de salir a recorrer el mundo ya que la vida los separa; insoportablemente solo, obligadamente solo como Humprey Bogart en “Casablanca”. Y ella habrá de ir a despedirlo, entre lágrimas, al muelle. Hasta que el vapor “Whasington” se aleje y se haga una sola línea con la “Stella Maris”, donde se abre todo el río, antes de ser tragado por eso que ahora es un mar; con él apoyado en la borda, inmóvil para siempre en el recuerdo, tal como Gregory Peck en alguna película de amor.
lunes, 6 de diciembre de 2010
75.-
Viste a los chicos corriendo detrás de una pelota. La negrita con el hermanito del flequillo levantando polvo al errar las patadas. El abuelo complacido y ordenando las reglas. El desconcierto_un segundo_ del chiquilín al verte embobado. No te veías ni te podías imaginar ahí, en vaqueros, con camisa rosa desteñida y el libro a la rastra cargado como la emulsión de Scott. La mamá joven con su niña y las palmadas en el culito. Pasaban los autos y, cada tanto, un colectivo. La plaza llena de pibes. Ellos correteando, gritando. Y también la tropilla de los viejos y su silencio espantoso. Uno al lado de otro, ya sin mirar nada, ocupando los bancos con respaldo en la curva de la placita. Indiferentes absolutos. Vos, sentado en una de las esquinas del monumento a Magoya, decidido a no seguir llorando, a interesarte en la negrita y el hermano y el abuelo; totalmente en cero kilómetro, a los treinta pirulos. La generación de Pepsi. Apostando lo poco que había, ¿esto te hace saltar los mocos?...Ah, yo pa’llorar soy un artista. Llorón.
Los chicos, los viejos. Vos: una flecha de dos puntas. Casi te dejás arrastrar por un impulso y te metés en la iglesia pa’completar. Finalmente, los pies te trajeron, blandos, a tu lugar; a tu techo. Así que ahora venías al tranco largo, con ese fresco que se va volviendo frío de nochecita, metiéndosete por los huequitos de la camisa y haciéndote dar chuchos, mirando ya desde afuera, sin posibilidad de experimentar esa excitación que tenían los pibes del Hotel de Señoritas “Galicia”, cuando conversaban en la calle Salguero, casi Honduras, y en la puerta nomás, con los muchachos que no habían puesto ni siquiera un solo pie dentro del zaguán. Veías esfumarse la despedida que se engolosinaban en prolongar. Para ellos todavía todo estaba por rasgarse al filo de esas sonrisas cetrinas. Vos, extranjero; regresando al mate, al silencio que viene del cuarto de al lado, donde ya no hay más que una memoria que es un animal jadeante que nace para asfixiar el vacío de dejarse. Amelia. Y cerrame el ventanal, todo, que arrastra el sol su lento caracol de sueños. Astier.
Y bajo la lluvia; torrencial lluvia, a veces, esa gente, los viejos y las viejas. Congelados, hambrientos, rotos por dentro, se aguantaban las horas interminables para despedirse de sí mismos en ese cadáver. Ese viejo tieso, descomunal, misterioso, terrible, que dormía de alguna forma particular con la gloria, una puta asquerosa y hostil. Había mujeres y hombres y, por supuesto, muchachos, y también niños había, y truenos en las memorias de los memoriosos. Y relámpagos incandescentes, también había. Mariano deambulaba como drogado, sin decidirse a ocupar algún sitio. A quedarse o irse. No tenía ubicación ni pertinencia. Ya no podía cantar nada en común con esa gente, toda esa grey silenciosa de cuyo seno, de vez en cuando, rasgaba la tarde algún grito desgarrante con el nombre del muerto. Ahora sí era definitivamente un huérfano. Yacían entre los papeles los puchos, las bolsitas de polietileno y los restos de comida, todos los sueños. Las formas posibles de futuro. Un cataclismo.
Sin embargo, todo había acabado abruptamente antes de esa muerte. Quizá aquel día de la multitud, cuando todos no hacían más que mirar hacia lo alto para descubrir ese avión legendario, clamando. Quizá en el mismo instante en que sonaron los disparos y algunos eran alzados de los pelos como reses y otros se desangraban por el pasto. Quizá en las palabras, en las frías y desencarnadas palabras que brotaban de ese cadáver, helado por la televisión. Ahora, ¿qué más que llorar? Suma sus lágrimas a los cientos de millones de lágrimas ya vertidas. Tiene que hacerlo. Para él también es posible y necesario el llanto. A eso ha venido. A llorarlo, a llorarse. Es un poco estúpido y ridículo el modo en que los momentos más trascendentales se manifiestan. Sabe que no tiene importancia el frío, ni el hambre, ni las ganas de mear; nada que no sea el futuro que ha reventado delante de los ojos, y dentro; pero no puede evitar que las necesidades más elementales pasen al centro de la conciencia. No quiere recordar las palabras vacías de los solemnes discursos, no quiere abrir un diario. Algo fundamental ha sucedido y nadie sabe cómo decirlo, como hacerlo volar en pedazos. Pero la realidad es una cosa seca, feroz como un balazo. Es la gente despavorida. Sufriente. Que tiene que correr la cureña para verlo. Para que no se lo lleven. Para tirarle la última flor.
Esa gente que ha construido pacientemente al viejo muerto en alguna pared del corazón. Y ahora, ciega, corre hasta el agotamiento hacia el desierto, un poco por instinto, un poco por desesperación, detrás de un cajón. Que implacablemente se aleja, que se perderá detrás de puertas herméticamente cerradas, custodiadas por expertos. Y Mariano, entre lágrimas, clavado en su sitio, ve pasar el cortejo que huye, y los granaderos son únicamente figuras en la hoja central de un “Billíken” con tapa dibujada por Lino Palacio, en Entre Ríos, tomando el café con leche en la cocina, cuando papá, todavía vivo, decía que daba la vida por Perón.
Viste a los chicos corriendo detrás de una pelota. La negrita con el hermanito del flequillo levantando polvo al errar las patadas. El abuelo complacido y ordenando las reglas. El desconcierto_un segundo_ del chiquilín al verte embobado. No te veías ni te podías imaginar ahí, en vaqueros, con camisa rosa desteñida y el libro a la rastra cargado como la emulsión de Scott. La mamá joven con su niña y las palmadas en el culito. Pasaban los autos y, cada tanto, un colectivo. La plaza llena de pibes. Ellos correteando, gritando. Y también la tropilla de los viejos y su silencio espantoso. Uno al lado de otro, ya sin mirar nada, ocupando los bancos con respaldo en la curva de la placita. Indiferentes absolutos. Vos, sentado en una de las esquinas del monumento a Magoya, decidido a no seguir llorando, a interesarte en la negrita y el hermano y el abuelo; totalmente en cero kilómetro, a los treinta pirulos. La generación de Pepsi. Apostando lo poco que había, ¿esto te hace saltar los mocos?...Ah, yo pa’llorar soy un artista. Llorón.
Los chicos, los viejos. Vos: una flecha de dos puntas. Casi te dejás arrastrar por un impulso y te metés en la iglesia pa’completar. Finalmente, los pies te trajeron, blandos, a tu lugar; a tu techo. Así que ahora venías al tranco largo, con ese fresco que se va volviendo frío de nochecita, metiéndosete por los huequitos de la camisa y haciéndote dar chuchos, mirando ya desde afuera, sin posibilidad de experimentar esa excitación que tenían los pibes del Hotel de Señoritas “Galicia”, cuando conversaban en la calle Salguero, casi Honduras, y en la puerta nomás, con los muchachos que no habían puesto ni siquiera un solo pie dentro del zaguán. Veías esfumarse la despedida que se engolosinaban en prolongar. Para ellos todavía todo estaba por rasgarse al filo de esas sonrisas cetrinas. Vos, extranjero; regresando al mate, al silencio que viene del cuarto de al lado, donde ya no hay más que una memoria que es un animal jadeante que nace para asfixiar el vacío de dejarse. Amelia. Y cerrame el ventanal, todo, que arrastra el sol su lento caracol de sueños. Astier.
Y bajo la lluvia; torrencial lluvia, a veces, esa gente, los viejos y las viejas. Congelados, hambrientos, rotos por dentro, se aguantaban las horas interminables para despedirse de sí mismos en ese cadáver. Ese viejo tieso, descomunal, misterioso, terrible, que dormía de alguna forma particular con la gloria, una puta asquerosa y hostil. Había mujeres y hombres y, por supuesto, muchachos, y también niños había, y truenos en las memorias de los memoriosos. Y relámpagos incandescentes, también había. Mariano deambulaba como drogado, sin decidirse a ocupar algún sitio. A quedarse o irse. No tenía ubicación ni pertinencia. Ya no podía cantar nada en común con esa gente, toda esa grey silenciosa de cuyo seno, de vez en cuando, rasgaba la tarde algún grito desgarrante con el nombre del muerto. Ahora sí era definitivamente un huérfano. Yacían entre los papeles los puchos, las bolsitas de polietileno y los restos de comida, todos los sueños. Las formas posibles de futuro. Un cataclismo.
Sin embargo, todo había acabado abruptamente antes de esa muerte. Quizá aquel día de la multitud, cuando todos no hacían más que mirar hacia lo alto para descubrir ese avión legendario, clamando. Quizá en el mismo instante en que sonaron los disparos y algunos eran alzados de los pelos como reses y otros se desangraban por el pasto. Quizá en las palabras, en las frías y desencarnadas palabras que brotaban de ese cadáver, helado por la televisión. Ahora, ¿qué más que llorar? Suma sus lágrimas a los cientos de millones de lágrimas ya vertidas. Tiene que hacerlo. Para él también es posible y necesario el llanto. A eso ha venido. A llorarlo, a llorarse. Es un poco estúpido y ridículo el modo en que los momentos más trascendentales se manifiestan. Sabe que no tiene importancia el frío, ni el hambre, ni las ganas de mear; nada que no sea el futuro que ha reventado delante de los ojos, y dentro; pero no puede evitar que las necesidades más elementales pasen al centro de la conciencia. No quiere recordar las palabras vacías de los solemnes discursos, no quiere abrir un diario. Algo fundamental ha sucedido y nadie sabe cómo decirlo, como hacerlo volar en pedazos. Pero la realidad es una cosa seca, feroz como un balazo. Es la gente despavorida. Sufriente. Que tiene que correr la cureña para verlo. Para que no se lo lleven. Para tirarle la última flor.
Esa gente que ha construido pacientemente al viejo muerto en alguna pared del corazón. Y ahora, ciega, corre hasta el agotamiento hacia el desierto, un poco por instinto, un poco por desesperación, detrás de un cajón. Que implacablemente se aleja, que se perderá detrás de puertas herméticamente cerradas, custodiadas por expertos. Y Mariano, entre lágrimas, clavado en su sitio, ve pasar el cortejo que huye, y los granaderos son únicamente figuras en la hoja central de un “Billíken” con tapa dibujada por Lino Palacio, en Entre Ríos, tomando el café con leche en la cocina, cuando papá, todavía vivo, decía que daba la vida por Perón.
viernes, 19 de noviembre de 2010
73.-
Tirado sobre el sofá blanco y negro, con las piernas sobre una silla, pensaba calmado. Afuera, el otoño se había convertido en una baba. Miró a su alrededor: los libros, el banderín rojo de la Fráter, la mujer desnuda de Modigliani, fumando sin apuro. Había oscurecido sabiendo que no vendría nadie.
Había llegado allí con diecisiete años a La Plata. San Isidro, San Nicolás, San Pedro, escribió en las fichas. Y recordó piedra al lado de piedra, en la calle adoquinada. Entonces auto pequeño y malestar. Día opaco después de la lluvia, nariz tapada, gripe ayer. Ahora apaga el pucho, un milímetro de pucho que queda antes del filtro. Y lo arruga contra el fondo del cenicero. Saca de la valija las camisas, la ropa interior; ordena las prendas en el viejo ropero lleno de firmas y dibujos de sus antiguos dueños. Hay una foto desgarrada de Maril nroe. La sonrisa ha sido cortada en su comienzo cuando era toda una posibilidad. Oye voces, entremezcladas, a través de la pared de aglomerado sin pintar. Mira la cama que está enfrente; no quiere imaginar el rostro desconocido de su ocupante. Golpean:
__Se sirve a las ocho y media.
__Gracias__dice.
El cenicero es redondo; tiene tres canaletas para apoyar tres cigarrillos y varias más, pequeñas, a los costados, como adorno. Lee: mapa de la provincia de Buenos Aires y el capuchón negro de la lapicera parece la punta de un cohete. El dueño de la pensión tenía aliento a vino cuando golpeó la puerta. Cierra y, mecánicamente, sigue sacando las cosas, pichicato. Tengo que comprar un bloc y escribir a casa. Encuentra la fotografía de Kuky guardada en el libro. Viene como un ahogo; el pecho se llena violentamente de aire. Imposible seguir y se tira en la cama. La colcha es blanca, con grandes cuadrados, compuestos de cuadrados más pequeños (de a diez: los contó) y tiene olor a limpio. Sonríe, cierra los ojos. Fue un largo despedirse. Hasta amanecer estuvieron. Fueron al puerto a ver el río y se abrazaron igual que Jean Gabin y Michelle Morgan en alguna peli. El paquete muestra cuatro cigarrillos, los filtros limpios, pero imposible leer 43 negros con filtro porque el encendedor está encima. Mira sus uñas. Las muerde y piensa escribir lo que acaba de hacer. Un círculo, otro más grande, otro. Y ya es el fondo del cenicero con ceniza. Recordaba desolado en la pieza de pensión porciones de sonrisas, restos de carcajadas de Kuky que todavía golpeaban. Reía hermoso en esos años Kuky. Reinaba. Se le achicaban los ojos y la nariz hacía una red llena de arruguitas que atrapaba los peces de la adolescencia. En la foto está sentada sobre el brazo de un sillón de mimbre, con una solera clara, mirando divertida (¡qué hermoso reía!) al fotógrafo porque ¡atenciónquesaleelpajarito! Se vuelve boca abajo hasta que la almohada registra la humedad de la boca. Se pasa la mano por los labios. Siente crecer el volumen de voces detrás del aglomerado, y va a ver la hora. Se encuentra con el espejo; se detiene, pichicatón platense. Siempre largo tiempo frente a lo otro de los espejos, fascinado, buscando esa imagen que se le parece y lo escruta y se le refleja. Ojos que lo miran fríamente y que, supone, le pertenecen .Ta,tac.Ta-ca-ta-cata-tac, tac en la oreja el tipeo, y las voces se mezclan. Lapicera amarilla en mano gorda de mujer, uñas pintadas rojas, queda abandonada en el escritorio. Hola, qué tal, dice, masculla, mujer enfrente ojos hermosos, párpados pintados de verde, mientras suma. Si lo apuran puede enamorarse de ella en una de esas; un par de anteojos hace crecer desmesuradamente dos ojos que se vuelven saltones, a punto de escapar. Le resulta curioso pensar en sí mismo y comprobar que su imagen siempre difería de la que le devolvían los espejos. Las cejas enarcando agresivamente los ojos. La derecha se curva un poco más. Kuky, de nuevo, sonríe. Ya puede ir a comer porque son las ocho y media de la noche y, además, tiene hambre.
__Buen provecho__dice, apenas audible.
Debajo de los ojos saltones una boca se abre y dice quería saber si el expediente marcha. La máquina de escribir suena ahora a puntos suspensivos y rrrriiiiiiiiinnnnn dejando paso a persona: de parte de quiéééénnn? Entonces mira a la mujer que tiene enfrente ojos hermosos, párpados pintados de verde; ella sostiene por un instante la mirada, luego baja las pestañas y esconde los ojos generando una brisa que le acaricia la cara y hace volar los papeles. Lo miran. Siente que lo miran de varias maneras, pero no puede levantar los ojos porque lo están midiendo. Pichicato, pichicatón de mierda. Ensaya interesarse en la trama de la servilleta para recuperar la respiración.
__¿ Va a tomar sopa?__dice el viejo.
Tiene que medirse. La madre lo ha preparado perfectamente, y obsesivamente, en economía. Pero no para pensiones horribles. Igual durante el viaje fue trazándose un orden. Mira alrededor. Habría diez o doce mesas con manteles de hule. Se entretiene contándolos. Siete azules, tres verde claro, dos crema. El mismo dibujo repetido cada cuatro o cinco centímetros: la figura de un cazador con su rifle y, detrás, un pico nevado. Esta noche escribo, piensa. ¿ Y Kuky? Lejaníííííísima.... Su cara (la de él) está seria; por dentro sonríe. Entonces piensa: ¿ Voy a enamorarme de nuevo? Imagina de qué modo va a iniciar la relación. Planea los diálogos. Es hermoso. Él pregunta; ella responde. Justo. Es feliz. Después viene la depresión porque sabe que realmente el encuentro será distinto. Falso. Ello es motivo para suicidarse alegremente. Mira hacia la calle donde está, supuestamente, la libertad y, en cambio, está frío. Sol. Durmiente sobre durmiente. Piedras, toscas, macachíes. Siesta. Los rieles brillan hacia arriba trepando la cuchilla interminable. Se han descalzado. Todos. Calientes las plantas de los pies. En patas.
__¡ Guarda, Flaco!...
Pasa rozando la piedra.
__¡ La puta que te parió!__contesta.
Recoge una piedra.
__¡ Agarrala que va con premio!....
Y se pone a hacer equilibrio sobre la vía.
Transpiran las manos, las piernas. Pasa la mano sudada sobre los pantalones blancos, ahora color crema, tierra. Las piernas flacas, duras, llenas de raspaduras. Pica cerca otra piedra. No hace caso. El sol quema entrerrianamente la piel. El campo amarillea. Las casas, a distancia, tienen como una cortina de plástico blanco. Incandescente. Caminan. Caminan.
__Conejo¿ tenés girasol?__grita.
__Puta; a ver si comprás__contesta el otro.
Se sienta a esperar. Tiene una espinita en la planta del pie. Se pasa saliva. Se rasca. Se ríe.
__¡ Andá a la mierda!...
Echa un puñado al bolsillo. Parte una semilla con los dientes de adelante. Expulsa las cascaritas con la habilidad de quien ha nacido entre judíos, expertos en la escupida. La pepa tiene el gusto del verano, pero no lo sabe. Está salado, justo. Tostadito. El Conejo lo debe haber comprado en el mercadito de Pepe. Y escupe. Escupe el verano.
__Ché, ¿ ponemos piedras en la vía? Debe estar por venir el coche motor.
Las apilan con cuidado. Con minuciosidad de terroristas. Una larga fila de piedras enormes para hacerlo descarrilar. El viento es un oleaje de espuma caliente. Entonces se bañan. Se quitan las camisas y están dorados. Las gotas saladas y la espuma del viento corren por el pecho. Marcela es ahora quien está al lado, silla de por medio. No la miro; pero está. ¿ Qué piensa ahora, Marcela? Te estoy pensando. Vos no lo sabés. Te pienso. Llegan al paso a nivel Cruzan empujándose. Lo hacen perder pie. Trastabilla. Va a caer.
__¡ Hijo de…!
El pie queda preso entre los hierros del paso a nivel Enseguida viene el dolor. La sensación en la garganta que se cierra, anticipándose al llanto. Los demás corren delante y ríen a carcajadas. A veces se dan vuelta y le arrojan más piedras. Saca el pie con cuidado. Ve la mancha blanca de la piel desgarrada. Todavía no duele. Arranca una hoja de trébol. Le pasa saliva y se la pega en la pierna. Los demás van lejos, camino a la alcantarilla donde nadarán en el agua barrosa. Allá en la altura. Están rodeados por la capa de plástico transparente. Más al fondo, los rieles parecen anegados de agua fresca. Pero no renguea. Ni llora. Es macho. Agarra la tosca y la arroja con todas sus fuerzas. Los demás no se enteran. Le parece oír sus voces, cantando. Camina. Durmiente sobre durmiente. Piedras, toscas, macachíes. Los demás son un grupo detenido; quizá esperándolo.
__Contame.
__¿Qué querés que te cuente?
__Qué se yo. Cómo fue.
__Ya te dije; bravo…Sólo yo sé lo que pasé.
No quiere mirarlo a los ojos. Entonces mira hacia afuera. Pasa con fuerza la franela y brilla el zapato. Sólo él es capaz de sacar un brillo semejante. Lustra. Como si toda la vida se hubiera pasado haciéndolo. Igual cuando se pone a construir un caballito de madera para la nena del vecino, o arreglar una silla. Ha sido dotado.
__Contame, papá.
¬¬__¿Así que te cogiste a tu prima?__pregunta el Gringo.
No contesta.
__¿Sabés si le doy con ésta, no?__dice__y se sube el pantalón corto para mostrar su cosa ya con pelos. Amarillos, casi blancos.
__¿ Y yo, macho?__dice el Conejo, repitiendo el ritual.
__¡Andá vos!...Pura verga y pelado__el Gringo.
__Sí, pero más grande que la tuya__el Conejo.
Así que sonríe. Espera no ponerse rojo. Silba. Agarra una piedra. Y grita:
__¡El último culo de perro!...
Todos echan a correr; desbocados.
Así como estás ahora, Marcela. Pienso en la Marcela que estoy viendo, con celeste en la ropa, el cabello tan claro y rubio, la boca moviéndose exageradamente en busca de la dicción per-fec-ta en la clase de foniatría.
Lustra.
__¿ Fue a las diez de la mañana; no, pa?
__Mas o menos.
Lustra.
__Tu madre se descompuso a eso de las tres.__Sonríe__Yo salí matándome a buscarlo
al doctor Piloni.
__Menos mal que era acá a la vuelta__dice él.
__Ahá. En patas fui a despertarlo.__Lustra__Bueno…tu madre era muy estrecha.
Él calla.
__Piloni no sabía qué hacer. Vos sabés, antes no era como ahora.__Lustra__Yo sincera-
mente, creí que Graciela se moría.__Deja de lustrar__¡Qué barbaridá, mi amigo!
¡Qué noche!...
Él juega con una piedrita dentro de la nube de calor.
Marcela. Quiero volver a pensar en ella. Y no me dejan. Tengo que escuchar voces pese a mi desgano. Quiero pensarla como anoche. A siglos de amurarme, de enamorarse de otro. Marcela todavía sin abandonarme para siempre. Las mil y unas cosas. La suma. Sus sonrisas. Los grititos. Sus partes. Su sensiblería.
__Prendé el motor, está vacío el tanque, no hay una gota.
El padre va a buscar la jarra.
__¿ Querés agua, Graciela?__La mujer plancha debajo de la galería.__ Andá, llevale
agua a tu madre. Y cerrá el motor, nomás.
El diálogo se rehace.
__¿Y?...
__Al final, como no había caso, le hizo abrir las piernas todo lo posible. Se las apoyó
en las barandas de la cama. ¡ La puta!..., me acuerdo que había prendido dos espirales
de tanto mosquito que había.
Se le cae la piedra. La deja.
Salgo al balcón de la pensión. Me siento al fresco. La luz me pega en la cara. Y así veo pasar la gente y los coches. No entiendo los pasos. Los distintos ritmos de las marchas ni el ruido de los motores. La música que sale a todo trapo de la disquería. Los árboles quietos, sin viento. La fuerza del sol. Entender la vida que corre paralela a la mía sin tocarse en un punto. Puta madre. Marcela. Prisionera por la delgada cuerda de mi amor nuevo. Amor.
__Tu madre me había agarrado de la mano. ¡ Sabés cómo me dejó los dientes
marcados!...__Se sonríe__¡ Como burro cojudo gritaba!...
__Te quisiera ver a vos__dice la mujer desde el fondo. Y sigue planchando.
__Y bueno…al final, saliste.__Se rasca__ El doctor Piloni no me quiso cobrar ni
un peso.
Hace una pausa y dice:
__¡ Qué hombre bárbaro ese!...
Y así. Es un laberinto. Se sale por arriba.
Tirado sobre el sofá blanco y negro, con las piernas sobre una silla, pensaba calmado. Afuera, el otoño se había convertido en una baba. Miró a su alrededor: los libros, el banderín rojo de la Fráter, la mujer desnuda de Modigliani, fumando sin apuro. Había oscurecido sabiendo que no vendría nadie.
Había llegado allí con diecisiete años a La Plata. San Isidro, San Nicolás, San Pedro, escribió en las fichas. Y recordó piedra al lado de piedra, en la calle adoquinada. Entonces auto pequeño y malestar. Día opaco después de la lluvia, nariz tapada, gripe ayer. Ahora apaga el pucho, un milímetro de pucho que queda antes del filtro. Y lo arruga contra el fondo del cenicero. Saca de la valija las camisas, la ropa interior; ordena las prendas en el viejo ropero lleno de firmas y dibujos de sus antiguos dueños. Hay una foto desgarrada de Maril nroe. La sonrisa ha sido cortada en su comienzo cuando era toda una posibilidad. Oye voces, entremezcladas, a través de la pared de aglomerado sin pintar. Mira la cama que está enfrente; no quiere imaginar el rostro desconocido de su ocupante. Golpean:
__Se sirve a las ocho y media.
__Gracias__dice.
El cenicero es redondo; tiene tres canaletas para apoyar tres cigarrillos y varias más, pequeñas, a los costados, como adorno. Lee: mapa de la provincia de Buenos Aires y el capuchón negro de la lapicera parece la punta de un cohete. El dueño de la pensión tenía aliento a vino cuando golpeó la puerta. Cierra y, mecánicamente, sigue sacando las cosas, pichicato. Tengo que comprar un bloc y escribir a casa. Encuentra la fotografía de Kuky guardada en el libro. Viene como un ahogo; el pecho se llena violentamente de aire. Imposible seguir y se tira en la cama. La colcha es blanca, con grandes cuadrados, compuestos de cuadrados más pequeños (de a diez: los contó) y tiene olor a limpio. Sonríe, cierra los ojos. Fue un largo despedirse. Hasta amanecer estuvieron. Fueron al puerto a ver el río y se abrazaron igual que Jean Gabin y Michelle Morgan en alguna peli. El paquete muestra cuatro cigarrillos, los filtros limpios, pero imposible leer 43 negros con filtro porque el encendedor está encima. Mira sus uñas. Las muerde y piensa escribir lo que acaba de hacer. Un círculo, otro más grande, otro. Y ya es el fondo del cenicero con ceniza. Recordaba desolado en la pieza de pensión porciones de sonrisas, restos de carcajadas de Kuky que todavía golpeaban. Reía hermoso en esos años Kuky. Reinaba. Se le achicaban los ojos y la nariz hacía una red llena de arruguitas que atrapaba los peces de la adolescencia. En la foto está sentada sobre el brazo de un sillón de mimbre, con una solera clara, mirando divertida (¡qué hermoso reía!) al fotógrafo porque ¡atenciónquesaleelpajarito! Se vuelve boca abajo hasta que la almohada registra la humedad de la boca. Se pasa la mano por los labios. Siente crecer el volumen de voces detrás del aglomerado, y va a ver la hora. Se encuentra con el espejo; se detiene, pichicatón platense. Siempre largo tiempo frente a lo otro de los espejos, fascinado, buscando esa imagen que se le parece y lo escruta y se le refleja. Ojos que lo miran fríamente y que, supone, le pertenecen .Ta,tac.Ta-ca-ta-cata-tac, tac en la oreja el tipeo, y las voces se mezclan. Lapicera amarilla en mano gorda de mujer, uñas pintadas rojas, queda abandonada en el escritorio. Hola, qué tal, dice, masculla, mujer enfrente ojos hermosos, párpados pintados de verde, mientras suma. Si lo apuran puede enamorarse de ella en una de esas; un par de anteojos hace crecer desmesuradamente dos ojos que se vuelven saltones, a punto de escapar. Le resulta curioso pensar en sí mismo y comprobar que su imagen siempre difería de la que le devolvían los espejos. Las cejas enarcando agresivamente los ojos. La derecha se curva un poco más. Kuky, de nuevo, sonríe. Ya puede ir a comer porque son las ocho y media de la noche y, además, tiene hambre.
__Buen provecho__dice, apenas audible.
Debajo de los ojos saltones una boca se abre y dice quería saber si el expediente marcha. La máquina de escribir suena ahora a puntos suspensivos y rrrriiiiiiiiinnnnn dejando paso a persona: de parte de quiéééénnn? Entonces mira a la mujer que tiene enfrente ojos hermosos, párpados pintados de verde; ella sostiene por un instante la mirada, luego baja las pestañas y esconde los ojos generando una brisa que le acaricia la cara y hace volar los papeles. Lo miran. Siente que lo miran de varias maneras, pero no puede levantar los ojos porque lo están midiendo. Pichicato, pichicatón de mierda. Ensaya interesarse en la trama de la servilleta para recuperar la respiración.
__¿ Va a tomar sopa?__dice el viejo.
Tiene que medirse. La madre lo ha preparado perfectamente, y obsesivamente, en economía. Pero no para pensiones horribles. Igual durante el viaje fue trazándose un orden. Mira alrededor. Habría diez o doce mesas con manteles de hule. Se entretiene contándolos. Siete azules, tres verde claro, dos crema. El mismo dibujo repetido cada cuatro o cinco centímetros: la figura de un cazador con su rifle y, detrás, un pico nevado. Esta noche escribo, piensa. ¿ Y Kuky? Lejaníííííísima.... Su cara (la de él) está seria; por dentro sonríe. Entonces piensa: ¿ Voy a enamorarme de nuevo? Imagina de qué modo va a iniciar la relación. Planea los diálogos. Es hermoso. Él pregunta; ella responde. Justo. Es feliz. Después viene la depresión porque sabe que realmente el encuentro será distinto. Falso. Ello es motivo para suicidarse alegremente. Mira hacia la calle donde está, supuestamente, la libertad y, en cambio, está frío. Sol. Durmiente sobre durmiente. Piedras, toscas, macachíes. Siesta. Los rieles brillan hacia arriba trepando la cuchilla interminable. Se han descalzado. Todos. Calientes las plantas de los pies. En patas.
__¡ Guarda, Flaco!...
Pasa rozando la piedra.
__¡ La puta que te parió!__contesta.
Recoge una piedra.
__¡ Agarrala que va con premio!....
Y se pone a hacer equilibrio sobre la vía.
Transpiran las manos, las piernas. Pasa la mano sudada sobre los pantalones blancos, ahora color crema, tierra. Las piernas flacas, duras, llenas de raspaduras. Pica cerca otra piedra. No hace caso. El sol quema entrerrianamente la piel. El campo amarillea. Las casas, a distancia, tienen como una cortina de plástico blanco. Incandescente. Caminan. Caminan.
__Conejo¿ tenés girasol?__grita.
__Puta; a ver si comprás__contesta el otro.
Se sienta a esperar. Tiene una espinita en la planta del pie. Se pasa saliva. Se rasca. Se ríe.
__¡ Andá a la mierda!...
Echa un puñado al bolsillo. Parte una semilla con los dientes de adelante. Expulsa las cascaritas con la habilidad de quien ha nacido entre judíos, expertos en la escupida. La pepa tiene el gusto del verano, pero no lo sabe. Está salado, justo. Tostadito. El Conejo lo debe haber comprado en el mercadito de Pepe. Y escupe. Escupe el verano.
__Ché, ¿ ponemos piedras en la vía? Debe estar por venir el coche motor.
Las apilan con cuidado. Con minuciosidad de terroristas. Una larga fila de piedras enormes para hacerlo descarrilar. El viento es un oleaje de espuma caliente. Entonces se bañan. Se quitan las camisas y están dorados. Las gotas saladas y la espuma del viento corren por el pecho. Marcela es ahora quien está al lado, silla de por medio. No la miro; pero está. ¿ Qué piensa ahora, Marcela? Te estoy pensando. Vos no lo sabés. Te pienso. Llegan al paso a nivel Cruzan empujándose. Lo hacen perder pie. Trastabilla. Va a caer.
__¡ Hijo de…!
El pie queda preso entre los hierros del paso a nivel Enseguida viene el dolor. La sensación en la garganta que se cierra, anticipándose al llanto. Los demás corren delante y ríen a carcajadas. A veces se dan vuelta y le arrojan más piedras. Saca el pie con cuidado. Ve la mancha blanca de la piel desgarrada. Todavía no duele. Arranca una hoja de trébol. Le pasa saliva y se la pega en la pierna. Los demás van lejos, camino a la alcantarilla donde nadarán en el agua barrosa. Allá en la altura. Están rodeados por la capa de plástico transparente. Más al fondo, los rieles parecen anegados de agua fresca. Pero no renguea. Ni llora. Es macho. Agarra la tosca y la arroja con todas sus fuerzas. Los demás no se enteran. Le parece oír sus voces, cantando. Camina. Durmiente sobre durmiente. Piedras, toscas, macachíes. Los demás son un grupo detenido; quizá esperándolo.
__Contame.
__¿Qué querés que te cuente?
__Qué se yo. Cómo fue.
__Ya te dije; bravo…Sólo yo sé lo que pasé.
No quiere mirarlo a los ojos. Entonces mira hacia afuera. Pasa con fuerza la franela y brilla el zapato. Sólo él es capaz de sacar un brillo semejante. Lustra. Como si toda la vida se hubiera pasado haciéndolo. Igual cuando se pone a construir un caballito de madera para la nena del vecino, o arreglar una silla. Ha sido dotado.
__Contame, papá.
¬¬__¿Así que te cogiste a tu prima?__pregunta el Gringo.
No contesta.
__¿Sabés si le doy con ésta, no?__dice__y se sube el pantalón corto para mostrar su cosa ya con pelos. Amarillos, casi blancos.
__¿ Y yo, macho?__dice el Conejo, repitiendo el ritual.
__¡Andá vos!...Pura verga y pelado__el Gringo.
__Sí, pero más grande que la tuya__el Conejo.
Así que sonríe. Espera no ponerse rojo. Silba. Agarra una piedra. Y grita:
__¡El último culo de perro!...
Todos echan a correr; desbocados.
Así como estás ahora, Marcela. Pienso en la Marcela que estoy viendo, con celeste en la ropa, el cabello tan claro y rubio, la boca moviéndose exageradamente en busca de la dicción per-fec-ta en la clase de foniatría.
Lustra.
__¿ Fue a las diez de la mañana; no, pa?
__Mas o menos.
Lustra.
__Tu madre se descompuso a eso de las tres.__Sonríe__Yo salí matándome a buscarlo
al doctor Piloni.
__Menos mal que era acá a la vuelta__dice él.
__Ahá. En patas fui a despertarlo.__Lustra__Bueno…tu madre era muy estrecha.
Él calla.
__Piloni no sabía qué hacer. Vos sabés, antes no era como ahora.__Lustra__Yo sincera-
mente, creí que Graciela se moría.__Deja de lustrar__¡Qué barbaridá, mi amigo!
¡Qué noche!...
Él juega con una piedrita dentro de la nube de calor.
Marcela. Quiero volver a pensar en ella. Y no me dejan. Tengo que escuchar voces pese a mi desgano. Quiero pensarla como anoche. A siglos de amurarme, de enamorarse de otro. Marcela todavía sin abandonarme para siempre. Las mil y unas cosas. La suma. Sus sonrisas. Los grititos. Sus partes. Su sensiblería.
__Prendé el motor, está vacío el tanque, no hay una gota.
El padre va a buscar la jarra.
__¿ Querés agua, Graciela?__La mujer plancha debajo de la galería.__ Andá, llevale
agua a tu madre. Y cerrá el motor, nomás.
El diálogo se rehace.
__¿Y?...
__Al final, como no había caso, le hizo abrir las piernas todo lo posible. Se las apoyó
en las barandas de la cama. ¡ La puta!..., me acuerdo que había prendido dos espirales
de tanto mosquito que había.
Se le cae la piedra. La deja.
Salgo al balcón de la pensión. Me siento al fresco. La luz me pega en la cara. Y así veo pasar la gente y los coches. No entiendo los pasos. Los distintos ritmos de las marchas ni el ruido de los motores. La música que sale a todo trapo de la disquería. Los árboles quietos, sin viento. La fuerza del sol. Entender la vida que corre paralela a la mía sin tocarse en un punto. Puta madre. Marcela. Prisionera por la delgada cuerda de mi amor nuevo. Amor.
__Tu madre me había agarrado de la mano. ¡ Sabés cómo me dejó los dientes
marcados!...__Se sonríe__¡ Como burro cojudo gritaba!...
__Te quisiera ver a vos__dice la mujer desde el fondo. Y sigue planchando.
__Y bueno…al final, saliste.__Se rasca__ El doctor Piloni no me quiso cobrar ni
un peso.
Hace una pausa y dice:
__¡ Qué hombre bárbaro ese!...
Y así. Es un laberinto. Se sale por arriba.
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