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Actor,director y docente teatral.Escritor (novela, cuento,poesía y dramaturgia) Artista textil.-

La Tierra del Arca

Hola a todos:
He abierto este blog para hablar de arte y compartir obras. Me llamo Carlos Lagos, tengo 68, y la vida entera dedicada a intentar crear en el campo del teatro, la ficción, la poesía y ahora, de viejo, luego de un buen infarto, arte textil.
Quizás a alguien le guste o interese un poco lo que hago o he hecho. Es mi botella al mar. Está flotando y vaga buscando un rumbo. Alguna respiración humana parecida.
Ya salgo. Ya vuelvo.

ARTE TEXTIL

Estos trabajos intentan metaforizar el genocidio realizado en la Patagonia, primero con los pueblos originarios y luego con militantes populares. Traté de eludir la anécdota directa y representar los hechos desde la abstracción geométrica. A lo mejor les gustan un poco. Faltan algunos que pronto publicaré.Díganme qué les parecen. Gracias.-

sábado, 18 de diciembre de 2010

77.-
Había una plaza invadida por el pastizal, hirviendo de bichos colorados que te picaban en el culo y las canillas; había palmeras y palos borrachos, y matorrales de rositas que se amontonaban a la que te criaste, y columnas de mármol blanco que sostenían las luces, todas rotas a pedradas; de modo que por las noches éramos quince o veinte, todos en bicicleta, a todo lo que da, adivinando las sombras, y el juego consistía en venir al mango como los Caballeros del Rey Arturo y reventarse de frente; un descomunal ruido de fierros y crujidos de huesos maravilloso. Horquillas y llantas dobladas, patas sangrando y carcajadas; todavía sin los puchos para pitar que habrían de llegar a eso de los trece. EN CAMBIO CUANDO ES NICOLINO LOCCHE QUIEN VA A SUBIR AL RING, EL PÚBLICO ESTÁ EXULTANTE. NADIE FESTEJA DE ANTEMANO EL DOLOR, NADIE AGUARDA CON SECRETO GOZO LA TRAGEDIA. TODOS ESPERAN QUE EL MÁS HUIDIZO DE CUANTOS HOMBRES HAYAN SUBIDO A UN RING, HAGA OTRA VEZ SU JUEGO. O sino, andar en patota arriba de las bici ocupando el ancho de la calle, despacito, en una línea ,como los cadetes de la vagancia, fanfeándonos delante de las gurisas que siempre se paraban en barra en la vidriera de la farmacia de Girstel. LA VÍCTIMA SUBE CONFIADA. EL SÁBADO ÚLTIMO EL NORTEAMERICANO JAMES HEAIR, UN RUBIO DE VEINTITRES AÑOS CON AIRE DE EGRESADO UNIVERSITARIO CON BUENA CONDUCTA, ESPERÓ AL EX CAMPEÓN MUNDIAL CON LA SEGURIDAD DE QUE TENDRÍA FRENTE A ÉL A UN HOMBRE TERMINADO, A UN VIEJO CONTRA EL QUE BASTARÍA EXIGIRLO HASTA AGOTARLO. PERO PRONTO EMPEZÓ PARA ÉL LA MALA VIDA. MIENTRAS EL PÚBLICO HACÍA EL CORO NECESARIO, LOCCHE IBA DE UN RINCÓN A OTRO BURLÁNDOSE DE SU RIVAL, DEL BOXEO, DEL FANTASMA DE LA MUERTE QUE SUELE ACOMPAÑAR A LOS PROTAGONISTAS DE ESTE NEGOCIO. Y enfrente de la plaza, negra, estaba la iglesia del cura Ferré envenenado de bronca adentro; echando espuma por la boca por el quilombo que hacíamos en la boca de lobo; ni una lamparita encendida en la casa del cura, pero siempre esperando ver salir a alguna chupacirios que fuera a hacer la porquería en la sacristía. Y meta pésame Dios mío por dejarse poner la puntita, o por estar pensando sacrilegios, que era la palabra que más nos encajaba Ferré dentro del coco; los bancos largos, tan duros que el culo te quedaba chato y dolorido; el olor a vela, a cementerio, a comentario, a semen, que había adentro con esa penumbra siempre. Qué mal me ponía, pero lo mismo meta padrenuestro que estás en los cielos, cielos, y el Arcángel Gabriel del que te preguntaba la señorita Velich, y que para nosotros el cura se la cogía, que era petisita y fiera, con anteojos, y qué otra cosa que enseñar el catecismo iba a hacer; ¿quién se la iba a querer coger, aparte del ángel, era lo que comentábamos todos en la plaza; ¿ quién, decime quién?, tentándonos a lo loco en el catecismo, pura seña y cabeceo para el lado de ella; ustedes, desvergonzados, se van al fondo a rezar diez padrenuestros y diez avemarías y sigan, sigan así, que se van a quemar vivos en aceite hirviendo en el infierno y ya vamos a hablar con sus padres, maleducados; con esa conducta no van a poder tomar la comunión y se van a condenar para siempre, desgraciados, cretinos. AL FINALIZAR EL CUARTO ROUND, HEAIR YA SABÍA DE QUÉ SE TRATABA. SE HABÍA DADO CUENTA QUE ESTABA EN BUENOS AIRES PARA ARROJARLE GOLPES A UNA SOMBRA; ERA UN LOCO TIRÁNDOLE PIEDRAS A UN GATO CALLEJERO. Entonces el Conejo o el Gringo llegaban antes que ninguno al fondo de la iglesia colgando de la oreja o la patilla agarrada por el cura Ferré, que echaba humo y los llevaba en el aire, poniéndose colorado; se le aparecían todas las venitas en la cara que nosotros atribuíamos a los excesos del vino de misa; mocosos de porquería, medio escupido y bajito, lo cuál era peor, y no les digo una mala palabra porque estamos en la casa de Dios, caracho. ENTONCES AL TERMINAR LA CUARTA VUELTA HEAIR QUEBRÓ SU CINTURA COMO UN CORTESANO Y SALUDÓ AL REY. EL PÚBLICO ESTALLÓ, CANTÓ, APLAUDIÓ. Y del otro lado había un campito donde crecía salvajemente el hinojo y pastaban las vacas de Mendieta. Era en esa selva de hinojo donde yo me volteaba a mi prima y le intentaba poner infructuosamente el pajarito;me quedó el olor del hinojo para siempre. Ese campito y mi prima abajo, cuchicheando, y su perfume serán, nomás, mis años gurises. A la nochecita, oliéndolo fuerte, mirando los dos a la gente que pasaba, sombras deslizándose por la vereda; ignorando que estábamos chapaleando en un misterio, con el corazón al trote, oyendo los primeros grillos y los ruidos de mujeres en la cocina manipulando cacerolas. BERMÚDEZ, EN CAMBIO, DIJO QUE ESO LO ENOJABA, PORQUE LOCCHE NO ESTÁ PARA DIVERTIRSE SINO PARA PELEAR Y PROTEGERSE. BROMEABA. ÉL SABE QUE TODO LO QUE OCURRE SOBRE EL RING MIENTRAS ESTÁ ALLÍ SU PUPILO ES PURO REGOCIJO. LOCCHE MISMO LO HA DICHO:”VUELVO PORQUE ME ABURRÍA”. Había una esquina, también, donde nos sentábamos hasta la medianoche y Roberto se ponía a inventar, inagotable, inexistentes películas de Drácula, porque una vez vio una en Concordia y eso bastaba. Decí que estábamos debajo del foco de la calle que sino me cagaba en las patas, porque Roberto, ya lo dije, era la imaginación desbocada; anudaba historias impresionantes, descriptas sabiamente, con el clima justo y el suspenso necesario para que se te cerrara la garganta y el corazón latiera descontrolado, cuando una mano sola, blanca, helada, avanza por la calle como una rata o un gatito; trepa umbrales, abre puertas y llega a tu pieza donde estás durmiendo para estrangularte, y nadie podrá oír ni hacer nada porque no la detienen ni tiros ni hachas o cuchillos; porque es la mano de un muerto, la maneja Drácula y hace lo que quiere en tu almohada y ¡papaaaá…,papito, papáááááá!... que te encuentra tirado al costado de la mesita de luz porque la mano te agarra, papito, te agarra y no te suelta y no te perdona y te mata; bueno, m’hijo, dormite, no pasa nada, estabas soñando; dale, dormite, estabas soñando, no es nada, y es lindo que el viejo te tape. Es tan lindo que te diga que está él para todo. Aunque no sea cierto. Y PARECE CIERTO. CUANDO UNO VE, EN LOS MOMENTOS PREVIOS A LA PELEA; CÓMO PASEAN ALREDEDOR DEL RING LOS VIEJOS EX CAMPEONES (ACAVALLO, SELPA, PASCUAL PÉREZ), SABE QUE ESTÁN NERVIOSOS. QUE SUS MÚSCULOS EMPIEZAN A PONERSE TENSOS COMO SI FUERAN ELLOS LOS QUE VAN A RECIBIR LOS GOLPES, LOS QUE TIENEN QUE ATACAR Y DEFENDERSE. SÓLO SE TRANQUILIZAN CUANDO VEN EL MOVIMIENTO, CUANDO ALGUIEN DA Y RECIBE PUÑOS. PORQUE ASÍ FUERON LOS MOMENTOS MÁS FELICES__TAMBIÉN LOS MÁS AMARGOS__DE SU VIDA. ESOS MOMENTOS QUE LOCCHE SE HA NEGADO A DEJAR QUE PASEN. LOS HA RECUPERADO A LOS 36 AÑOS, FINGIENDO QUE ES UN CHICO; PORQUE ES EL ÚNICO QUE TODAVÍA RECUERDA CÓMO SE BURLAN LOS PELIGROS DE LA VIDA. (PAGINA 12- OSVALDO SORIANO) Había, había…había cosas inacabables como hilo de pandorga. Y en las figuritas “Po-Pof”, aunque ya no jugaban más, estaban, yo sé que estaban: Vaca, Marante y Dezorzi; Sosa, Lazatti y Pescia; Boyé, Corcuera, Sarlanga, Varela y Gómez Sánchez. Lo mismo las Masseratti, las Alfa Romeo y Delfor Cabrera. ¿Sabés lo que había, en el fondo, Amelia?...Ahora que lo pienso, había futuro.

Después Amelia pidió ese diario que Mariano ya no leía, pasando por alto las páginas de deporte. Y él, a su vez, rogó que pusiera otro sobre el velador encendido para que no le diera luz en la cara. Y poder dormir; entonces cerró los ojos para no ver el ring. Se durmió enseguida. Y colorín. Y colorado.

martes, 14 de diciembre de 2010

76.-
EXITOS EN EL HIT PARADE: “Canario triste” y
“Jambalaya”, por Elder Barber. 78 rpm.

Ah, sí. El naiclub “Ramírez”, en Uruguay, frente a la plaza. Ya tiene la camisa blanquísima y duro el almidón del cuello, que paspa un poco. Y, por supuesto, la brillantina Palmolive hace destellos en las ondas, así que se mira con cuidado para ver si está parecido a Errol
Flynn o Tony Curtis; bichando ,de reojo, el traje azul colgado al costado del roperito, recién planchado; oyendo las voces de los demás, sobre todo los de cuarto, que tienen esa cancha tan especial. Ellos sí que están seguros entre las pibas, no hay problema; sólo él se siente mal porque apenas sabe hacer el doble paso en el fox-trox que, pacientemente, le enseñó Elizalde, que es un concheto de la alta sociedad correntina, que siempre tiene pilchas importadas de Brasil y camisas de hilo de Paraguay, también, aunque no sea de cuarto como él; uno se da cuenta enseguida que tiene clase, que no es un grasa. Está bien que uno, a su vez, puede hacerse el fino con las gringas de la colonia, durante las vacaciones, allá en el pueblo, con el saco blanco de hilo y el pantalón azul, pero no ahí, en la “Ramírez”, con esas pendejas todas tan educaditas que empilchan como los dioses; decí que hace tiempo que anda con Kuky y por eso la cosa se hace llevadera. Con ella tiene una especie de patente ahí dentro, un derecho de piso pagado porque ya, antes, ha pasado la vergüenza reglamentaria. Ella, en sus primeros tiempos , supo gritarle “¡paisocooo!...” y hacerle rebotar su risa fresca como una cachetada. Pero igual no puede evitar un estremecimiento pensando que estará lleno; las parejas de siempre, las conocidas barras, las pibas sueltas que están en el enganche. Sabe quiénes habrán de saludarlo mientras ruedan en la pista; quiénes dejarán caer sus miradas cómplices, quiénes cuchichearán detrás de ellos cuando se pierdan en el oleaje de danzarines; sabrá que aparte de los fox-trox de Smith y sus Pelirrojos, habrá de atreverse con los cha-cha-chás del Trío Avileño, o Los Panchos cuando más; o los Cinco Latinos en alguna cosa lenta. Así que terminado de peinar ve si está perfectamente afeitado y entonces va al casillero del Caimán y le saca un poco de colonia “Lancaster”, que es la única que venden en el quiosquito de la esquina; no se pone mucho porque apesta como la gran puta, y ya se está poniendo los recién planchados pantalones azules, con tiradores, que habrán de quedar escondidos debajo del chaleco. El Caimán no está y ya se fue a buscar a la Susy mientras que él quedó en encontrarse con su minita en la puerta del naiclub y pese a todo “¿Quién está triste ahora?” con Nat King Cole, practicando en el Salón de Invierno de la Fráter. Se asoma y ve la pareja de muchachos ya trajeados, meta hacer el doble paso; que si no lo sabías hacer era un quemo en la pista colmada y aunque el corazón late fuerte por la excitación, es hermoso sentir que la vida es como una fruta. Y morder. Así que ya está con saco cruzado rigurosamente abotonado, y ahora corresponde el pañuelo de seda blanca sobre el cuello que le sacó, de prepo, a un pichicato. Se vive como una especie de conde o algo así, tan suavecito contra la piel. Sólo falta ponerse el sobretodo negro y los guantes; uno puesto, claro, y el otro descuidadamente agarrado en la otra mano donde habrá de tener el “Fontanares extra finos”; ver, antes de salir, la blancura de los dientes y sacarse con el pañuelo la gota de brillantina que chorrea putamente por la sien en el aire helado del atardecer, trepando por la calle Rocamora. Oyendo el ruido de los tacos, sin chapitas. Porque aunque muchos le ponían chapitas a las suelas, no sé. A él le daba calor el ruidito metálico; había que ser medio cara rota, pero lo mismo suenan, e igual se siente bastante seguro, sobre todo al verificar su pinta de costelete, en las puertas de vidrio del “Texier” donde están anunciando “Angustia de un querer” con William Holden y Jeniffer Jones, y ver que uno tiene su perchita y que todo concuerda para dar esa imagen de solitario y misterioso que ha elegido, medio Edmundo Dantés, cayendo al “Mate Cocido”, que era como le decían al baile de la tarde para los estudiantes más pendejos, en lugar de “Té Danzante”; medio aristócrata de incógnito, con un pasado sin revelar del todo, para curiosidad de las amigas de Kuky; sin largar una palabra de las gringas de la colonia, de la Angélica, o de las negritas de la pista de Velázquez, atrás de la estación, meta chamamés, Y “La puñalada” o”Nueve de Julio” de Vicente Padula por la Típica y Característica “San Salvador”, que conducía brillantemente el tuerto Cáceres con su violín. Calladito ahí, chito-chito, había que hacerse el fino; pero, total, no en vano había muchas horas de vuelo en el cine del pueblo, así que no lo iban a agarrar descuidado; que para eso uno nació con una clase natural y vio bien a Fred Astaire y Tyrone Power de smoking y, sin ir más lejos, a Fernando Lamas que su pinta la tenía y era argentino. Se estudió muy bien los movimientos; cómo caminaba entre las mesas sin voltear nada, la mirada buscando, indiferente, a alguien inexistente, hasta encontrarse con los ojos de Mecha Ortíz, por ejemplo, y hacerla mear de a chorritos. Ah, mierda, cómo se sacaba a la entrada el echarpe blanco y el abrigo, y se los daba al tipo del guardarropa, mientras ella bailaba con algún boludo pero sin poder sacarle los ojos de encima como ahora Kuky; aunque ella se está, para variar, tentando con las amigas y se hace la que no lo ha visto. Entonces lo obliga a hacer lo mismo. Guacha de mierda, vas a sufrir. Y se va. Iba a alguna mesa de fraternales que no se decidían a bailar y allí se quedaba hasta lo insoportable, hasta que la cara de Kuky, inequívocamente, se hubiera quedado sin sonrisas y amenazara irse a la casa. Entonces había que ir a arreglar el asunto, ché. Vendría la discusión, vos sabés; y los bueno, por qué te hiciste la que no me viste, qué te pensás, y la tarde a la mierda, pero todo eso pasó ya, Amelia, sino no estaría el perfume de Kuky en la nariz todavía y sus pelos haciéndome cosquillas; su espalda desnuda apretada por la mano que a veces se atreve a rozar, estremecido, una tetita. Ni el silencio que se ha hecho entre ellos; todo indica que la cosa pasó; que son casi inmortales, que la luz parece nacer de sus cuerpos, te lo juro; que nada hay más lindo que los labios besándose, sacándole todo el rouge a mordiscones chiquititos, sin tener la menor noción de lo que canta Roberto Yanés; porque es la última noche y él habrá de salir a recorrer el mundo ya que la vida los separa; insoportablemente solo, obligadamente solo como Humprey Bogart en “Casablanca”. Y ella habrá de ir a despedirlo, entre lágrimas, al muelle. Hasta que el vapor “Whasington” se aleje y se haga una sola línea con la “Stella Maris”, donde se abre todo el río, antes de ser tragado por eso que ahora es un mar; con él apoyado en la borda, inmóvil para siempre en el recuerdo, tal como Gregory Peck en alguna película de amor.

lunes, 6 de diciembre de 2010

75.-
Viste a los chicos corriendo detrás de una pelota. La negrita con el hermanito del flequillo levantando polvo al errar las patadas. El abuelo complacido y ordenando las reglas. El desconcierto_un segundo_ del chiquilín al verte embobado. No te veías ni te podías imaginar ahí, en vaqueros, con camisa rosa desteñida y el libro a la rastra cargado como la emulsión de Scott. La mamá joven con su niña y las palmadas en el culito. Pasaban los autos y, cada tanto, un colectivo. La plaza llena de pibes. Ellos correteando, gritando. Y también la tropilla de los viejos y su silencio espantoso. Uno al lado de otro, ya sin mirar nada, ocupando los bancos con respaldo en la curva de la placita. Indiferentes absolutos. Vos, sentado en una de las esquinas del monumento a Magoya, decidido a no seguir llorando, a interesarte en la negrita y el hermano y el abuelo; totalmente en cero kilómetro, a los treinta pirulos. La generación de Pepsi. Apostando lo poco que había, ¿esto te hace saltar los mocos?...Ah, yo pa’llorar soy un artista. Llorón.
Los chicos, los viejos. Vos: una flecha de dos puntas. Casi te dejás arrastrar por un impulso y te metés en la iglesia pa’completar. Finalmente, los pies te trajeron, blandos, a tu lugar; a tu techo. Así que ahora venías al tranco largo, con ese fresco que se va volviendo frío de nochecita, metiéndosete por los huequitos de la camisa y haciéndote dar chuchos, mirando ya desde afuera, sin posibilidad de experimentar esa excitación que tenían los pibes del Hotel de Señoritas “Galicia”, cuando conversaban en la calle Salguero, casi Honduras, y en la puerta nomás, con los muchachos que no habían puesto ni siquiera un solo pie dentro del zaguán. Veías esfumarse la despedida que se engolosinaban en prolongar. Para ellos todavía todo estaba por rasgarse al filo de esas sonrisas cetrinas. Vos, extranjero; regresando al mate, al silencio que viene del cuarto de al lado, donde ya no hay más que una memoria que es un animal jadeante que nace para asfixiar el vacío de dejarse. Amelia. Y cerrame el ventanal, todo, que arrastra el sol su lento caracol de sueños. Astier.




Y bajo la lluvia; torrencial lluvia, a veces, esa gente, los viejos y las viejas. Congelados, hambrientos, rotos por dentro, se aguantaban las horas interminables para despedirse de sí mismos en ese cadáver. Ese viejo tieso, descomunal, misterioso, terrible, que dormía de alguna forma particular con la gloria, una puta asquerosa y hostil. Había mujeres y hombres y, por supuesto, muchachos, y también niños había, y truenos en las memorias de los memoriosos. Y relámpagos incandescentes, también había. Mariano deambulaba como drogado, sin decidirse a ocupar algún sitio. A quedarse o irse. No tenía ubicación ni pertinencia. Ya no podía cantar nada en común con esa gente, toda esa grey silenciosa de cuyo seno, de vez en cuando, rasgaba la tarde algún grito desgarrante con el nombre del muerto. Ahora sí era definitivamente un huérfano. Yacían entre los papeles los puchos, las bolsitas de polietileno y los restos de comida, todos los sueños. Las formas posibles de futuro. Un cataclismo.
Sin embargo, todo había acabado abruptamente antes de esa muerte. Quizá aquel día de la multitud, cuando todos no hacían más que mirar hacia lo alto para descubrir ese avión legendario, clamando. Quizá en el mismo instante en que sonaron los disparos y algunos eran alzados de los pelos como reses y otros se desangraban por el pasto. Quizá en las palabras, en las frías y desencarnadas palabras que brotaban de ese cadáver, helado por la televisión. Ahora, ¿qué más que llorar? Suma sus lágrimas a los cientos de millones de lágrimas ya vertidas. Tiene que hacerlo. Para él también es posible y necesario el llanto. A eso ha venido. A llorarlo, a llorarse. Es un poco estúpido y ridículo el modo en que los momentos más trascendentales se manifiestan. Sabe que no tiene importancia el frío, ni el hambre, ni las ganas de mear; nada que no sea el futuro que ha reventado delante de los ojos, y dentro; pero no puede evitar que las necesidades más elementales pasen al centro de la conciencia. No quiere recordar las palabras vacías de los solemnes discursos, no quiere abrir un diario. Algo fundamental ha sucedido y nadie sabe cómo decirlo, como hacerlo volar en pedazos. Pero la realidad es una cosa seca, feroz como un balazo. Es la gente despavorida. Sufriente. Que tiene que correr la cureña para verlo. Para que no se lo lleven. Para tirarle la última flor.
Esa gente que ha construido pacientemente al viejo muerto en alguna pared del corazón. Y ahora, ciega, corre hasta el agotamiento hacia el desierto, un poco por instinto, un poco por desesperación, detrás de un cajón. Que implacablemente se aleja, que se perderá detrás de puertas herméticamente cerradas, custodiadas por expertos. Y Mariano, entre lágrimas, clavado en su sitio, ve pasar el cortejo que huye, y los granaderos son únicamente figuras en la hoja central de un “Billíken” con tapa dibujada por Lino Palacio, en Entre Ríos, tomando el café con leche en la cocina, cuando papá, todavía vivo, decía que daba la vida por Perón.
74.-







ADAGIO




























Quieto
espero el sueño
que me pertenezca.

viernes, 19 de noviembre de 2010

73.-
Tirado sobre el sofá blanco y negro, con las piernas sobre una silla, pensaba calmado. Afuera, el otoño se había convertido en una baba. Miró a su alrededor: los libros, el banderín rojo de la Fráter, la mujer desnuda de Modigliani, fumando sin apuro. Había oscurecido sabiendo que no vendría nadie.
Había llegado allí con diecisiete años a La Plata. San Isidro, San Nicolás, San Pedro, escribió en las fichas. Y recordó piedra al lado de piedra, en la calle adoquinada. Entonces auto pequeño y malestar. Día opaco después de la lluvia, nariz tapada, gripe ayer. Ahora apaga el pucho, un milímetro de pucho que queda antes del filtro. Y lo arruga contra el fondo del cenicero. Saca de la valija las camisas, la ropa interior; ordena las prendas en el viejo ropero lleno de firmas y dibujos de sus antiguos dueños. Hay una foto desgarrada de Maril nroe. La sonrisa ha sido cortada en su comienzo cuando era toda una posibilidad. Oye voces, entremezcladas, a través de la pared de aglomerado sin pintar. Mira la cama que está enfrente; no quiere imaginar el rostro desconocido de su ocupante. Golpean:
__Se sirve a las ocho y media.
__Gracias__dice.
El cenicero es redondo; tiene tres canaletas para apoyar tres cigarrillos y varias más, pequeñas, a los costados, como adorno. Lee: mapa de la provincia de Buenos Aires y el capuchón negro de la lapicera parece la punta de un cohete. El dueño de la pensión tenía aliento a vino cuando golpeó la puerta. Cierra y, mecánicamente, sigue sacando las cosas, pichicato. Tengo que comprar un bloc y escribir a casa. Encuentra la fotografía de Kuky guardada en el libro. Viene como un ahogo; el pecho se llena violentamente de aire. Imposible seguir y se tira en la cama. La colcha es blanca, con grandes cuadrados, compuestos de cuadrados más pequeños (de a diez: los contó) y tiene olor a limpio. Sonríe, cierra los ojos. Fue un largo despedirse. Hasta amanecer estuvieron. Fueron al puerto a ver el río y se abrazaron igual que Jean Gabin y Michelle Morgan en alguna peli. El paquete muestra cuatro cigarrillos, los filtros limpios, pero imposible leer 43 negros con filtro porque el encendedor está encima. Mira sus uñas. Las muerde y piensa escribir lo que acaba de hacer. Un círculo, otro más grande, otro. Y ya es el fondo del cenicero con ceniza. Recordaba desolado en la pieza de pensión porciones de sonrisas, restos de carcajadas de Kuky que todavía golpeaban. Reía hermoso en esos años Kuky. Reinaba. Se le achicaban los ojos y la nariz hacía una red llena de arruguitas que atrapaba los peces de la adolescencia. En la foto está sentada sobre el brazo de un sillón de mimbre, con una solera clara, mirando divertida (¡qué hermoso reía!) al fotógrafo porque ¡atenciónquesaleelpajarito! Se vuelve boca abajo hasta que la almohada registra la humedad de la boca. Se pasa la mano por los labios. Siente crecer el volumen de voces detrás del aglomerado, y va a ver la hora. Se encuentra con el espejo; se detiene, pichicatón platense. Siempre largo tiempo frente a lo otro de los espejos, fascinado, buscando esa imagen que se le parece y lo escruta y se le refleja. Ojos que lo miran fríamente y que, supone, le pertenecen .Ta,tac.Ta-ca-ta-cata-tac, tac en la oreja el tipeo, y las voces se mezclan. Lapicera amarilla en mano gorda de mujer, uñas pintadas rojas, queda abandonada en el escritorio. Hola, qué tal, dice, masculla, mujer enfrente ojos hermosos, párpados pintados de verde, mientras suma. Si lo apuran puede enamorarse de ella en una de esas; un par de anteojos hace crecer desmesuradamente dos ojos que se vuelven saltones, a punto de escapar. Le resulta curioso pensar en sí mismo y comprobar que su imagen siempre difería de la que le devolvían los espejos. Las cejas enarcando agresivamente los ojos. La derecha se curva un poco más. Kuky, de nuevo, sonríe. Ya puede ir a comer porque son las ocho y media de la noche y, además, tiene hambre.
__Buen provecho__dice, apenas audible.
Debajo de los ojos saltones una boca se abre y dice quería saber si el expediente marcha. La máquina de escribir suena ahora a puntos suspensivos y rrrriiiiiiiiinnnnn dejando paso a persona: de parte de quiéééénnn? Entonces mira a la mujer que tiene enfrente ojos hermosos, párpados pintados de verde; ella sostiene por un instante la mirada, luego baja las pestañas y esconde los ojos generando una brisa que le acaricia la cara y hace volar los papeles. Lo miran. Siente que lo miran de varias maneras, pero no puede levantar los ojos porque lo están midiendo. Pichicato, pichicatón de mierda. Ensaya interesarse en la trama de la servilleta para recuperar la respiración.
__¿ Va a tomar sopa?__dice el viejo.
Tiene que medirse. La madre lo ha preparado perfectamente, y obsesivamente, en economía. Pero no para pensiones horribles. Igual durante el viaje fue trazándose un orden. Mira alrededor. Habría diez o doce mesas con manteles de hule. Se entretiene contándolos. Siete azules, tres verde claro, dos crema. El mismo dibujo repetido cada cuatro o cinco centímetros: la figura de un cazador con su rifle y, detrás, un pico nevado. Esta noche escribo, piensa. ¿ Y Kuky? Lejaníííííísima.... Su cara (la de él) está seria; por dentro sonríe. Entonces piensa: ¿ Voy a enamorarme de nuevo? Imagina de qué modo va a iniciar la relación. Planea los diálogos. Es hermoso. Él pregunta; ella responde. Justo. Es feliz. Después viene la depresión porque sabe que realmente el encuentro será distinto. Falso. Ello es motivo para suicidarse alegremente. Mira hacia la calle donde está, supuestamente, la libertad y, en cambio, está frío. Sol. Durmiente sobre durmiente. Piedras, toscas, macachíes. Siesta. Los rieles brillan hacia arriba trepando la cuchilla interminable. Se han descalzado. Todos. Calientes las plantas de los pies. En patas.
__¡ Guarda, Flaco!...
Pasa rozando la piedra.
__¡ La puta que te parió!__contesta.
Recoge una piedra.
__¡ Agarrala que va con premio!....
Y se pone a hacer equilibrio sobre la vía.
Transpiran las manos, las piernas. Pasa la mano sudada sobre los pantalones blancos, ahora color crema, tierra. Las piernas flacas, duras, llenas de raspaduras. Pica cerca otra piedra. No hace caso. El sol quema entrerrianamente la piel. El campo amarillea. Las casas, a distancia, tienen como una cortina de plástico blanco. Incandescente. Caminan. Caminan.
__Conejo¿ tenés girasol?__grita.
__Puta; a ver si comprás__contesta el otro.
Se sienta a esperar. Tiene una espinita en la planta del pie. Se pasa saliva. Se rasca. Se ríe.
__¡ Andá a la mierda!...
Echa un puñado al bolsillo. Parte una semilla con los dientes de adelante. Expulsa las cascaritas con la habilidad de quien ha nacido entre judíos, expertos en la escupida. La pepa tiene el gusto del verano, pero no lo sabe. Está salado, justo. Tostadito. El Conejo lo debe haber comprado en el mercadito de Pepe. Y escupe. Escupe el verano.
__Ché, ¿ ponemos piedras en la vía? Debe estar por venir el coche motor.
Las apilan con cuidado. Con minuciosidad de terroristas. Una larga fila de piedras enormes para hacerlo descarrilar. El viento es un oleaje de espuma caliente. Entonces se bañan. Se quitan las camisas y están dorados. Las gotas saladas y la espuma del viento corren por el pecho. Marcela es ahora quien está al lado, silla de por medio. No la miro; pero está. ¿ Qué piensa ahora, Marcela? Te estoy pensando. Vos no lo sabés. Te pienso. Llegan al paso a nivel Cruzan empujándose. Lo hacen perder pie. Trastabilla. Va a caer.
__¡ Hijo de…!
El pie queda preso entre los hierros del paso a nivel Enseguida viene el dolor. La sensación en la garganta que se cierra, anticipándose al llanto. Los demás corren delante y ríen a carcajadas. A veces se dan vuelta y le arrojan más piedras. Saca el pie con cuidado. Ve la mancha blanca de la piel desgarrada. Todavía no duele. Arranca una hoja de trébol. Le pasa saliva y se la pega en la pierna. Los demás van lejos, camino a la alcantarilla donde nadarán en el agua barrosa. Allá en la altura. Están rodeados por la capa de plástico transparente. Más al fondo, los rieles parecen anegados de agua fresca. Pero no renguea. Ni llora. Es macho. Agarra la tosca y la arroja con todas sus fuerzas. Los demás no se enteran. Le parece oír sus voces, cantando. Camina. Durmiente sobre durmiente. Piedras, toscas, macachíes. Los demás son un grupo detenido; quizá esperándolo.
__Contame.
__¿Qué querés que te cuente?
__Qué se yo. Cómo fue.
__Ya te dije; bravo…Sólo yo sé lo que pasé.
No quiere mirarlo a los ojos. Entonces mira hacia afuera. Pasa con fuerza la franela y brilla el zapato. Sólo él es capaz de sacar un brillo semejante. Lustra. Como si toda la vida se hubiera pasado haciéndolo. Igual cuando se pone a construir un caballito de madera para la nena del vecino, o arreglar una silla. Ha sido dotado.
__Contame, papá.
¬¬__¿Así que te cogiste a tu prima?__pregunta el Gringo.
No contesta.
__¿Sabés si le doy con ésta, no?__dice__y se sube el pantalón corto para mostrar su cosa ya con pelos. Amarillos, casi blancos.
__¿ Y yo, macho?__dice el Conejo, repitiendo el ritual.
__¡Andá vos!...Pura verga y pelado__el Gringo.
__Sí, pero más grande que la tuya__el Conejo.
Así que sonríe. Espera no ponerse rojo. Silba. Agarra una piedra. Y grita:
__¡El último culo de perro!...
Todos echan a correr; desbocados.
Así como estás ahora, Marcela. Pienso en la Marcela que estoy viendo, con celeste en la ropa, el cabello tan claro y rubio, la boca moviéndose exageradamente en busca de la dicción per-fec-ta en la clase de foniatría.
Lustra.
__¿ Fue a las diez de la mañana; no, pa?
__Mas o menos.
Lustra.
__Tu madre se descompuso a eso de las tres.__Sonríe__Yo salí matándome a buscarlo
al doctor Piloni.
__Menos mal que era acá a la vuelta__dice él.
__Ahá. En patas fui a despertarlo.__Lustra__Bueno…tu madre era muy estrecha.
Él calla.
__Piloni no sabía qué hacer. Vos sabés, antes no era como ahora.__Lustra__Yo sincera-
mente, creí que Graciela se moría.__Deja de lustrar__¡Qué barbaridá, mi amigo!
¡Qué noche!...
Él juega con una piedrita dentro de la nube de calor.
Marcela. Quiero volver a pensar en ella. Y no me dejan. Tengo que escuchar voces pese a mi desgano. Quiero pensarla como anoche. A siglos de amurarme, de enamorarse de otro. Marcela todavía sin abandonarme para siempre. Las mil y unas cosas. La suma. Sus sonrisas. Los grititos. Sus partes. Su sensiblería.
__Prendé el motor, está vacío el tanque, no hay una gota.
El padre va a buscar la jarra.
__¿ Querés agua, Graciela?__La mujer plancha debajo de la galería.__ Andá, llevale
agua a tu madre. Y cerrá el motor, nomás.
El diálogo se rehace.
__¿Y?...
__Al final, como no había caso, le hizo abrir las piernas todo lo posible. Se las apoyó
en las barandas de la cama. ¡ La puta!..., me acuerdo que había prendido dos espirales
de tanto mosquito que había.
Se le cae la piedra. La deja.
Salgo al balcón de la pensión. Me siento al fresco. La luz me pega en la cara. Y así veo pasar la gente y los coches. No entiendo los pasos. Los distintos ritmos de las marchas ni el ruido de los motores. La música que sale a todo trapo de la disquería. Los árboles quietos, sin viento. La fuerza del sol. Entender la vida que corre paralela a la mía sin tocarse en un punto. Puta madre. Marcela. Prisionera por la delgada cuerda de mi amor nuevo. Amor.
__Tu madre me había agarrado de la mano. ¡ Sabés cómo me dejó los dientes
marcados!...__Se sonríe__¡ Como burro cojudo gritaba!...
__Te quisiera ver a vos__dice la mujer desde el fondo. Y sigue planchando.
__Y bueno…al final, saliste.__Se rasca__ El doctor Piloni no me quiso cobrar ni
un peso.
Hace una pausa y dice:
__¡ Qué hombre bárbaro ese!...
Y así. Es un laberinto. Se sale por arriba.

viernes, 12 de noviembre de 2010

72.-
CARTAS DE GRATITUD- Bahía Blanca- Nos escribe Pedrito diciéndonos que desde la edad de 12 años quedó huérfano de padre y madre. Su madre le enseñó la oración de la Virgen: la SÚPLICA DE LAS GRACIAS. Pues bien, cuando pasé por trances insospechados , mi oración favorita fue esa. Jamás perdí la confianza. Últimamente me sacó del apuro que menos esperaba. Agradecido le envío el sueldo de mi quincena. Todo es poco para agradecer. A mis 38 años ya adquirí cierta experiencia. “VOZ DE FÁTIMA”, Julio 13 de 1975

De los ojos oscuros se proyecta una recta que es una flecha a través de la ranura. La luz hiere. Afuera la claridad es gris. Y llovizna. La esquina de enfrente sigue abandonada, igual que la casa inmensa, destinada al director de la Fráter. La verja de hierro de un verde sucio, despintado, pertenece a un mundo que acaba de entregarse. Al llegar, eso era puro misterio además de un oscuro deseo. Ahora le pesa, la mide a través de la cortina metálica, como un perro a otro perro, pero sin interés para olfatearse. Sin embargo un día se atrevió, hoy, y saltó y, además, la meó. Pisó el pasto crecido y quedaron las huellas. Quedó olor a pasto en el cuerpo. Evoca: la puerta no cede, el picaporte cruje, el elefante barrita. Se da vuelta para ver si lo han visto. La Fráter se ve imponente , atrás. De los ventanales del segundo piso, donde están los dormitorios, cuelgan ropas mojadas; calzoncillos, medias. Todos duermen la siesta. Hace un rodeo. Los helechos se quiebran y la gramilla se aplasta. Se enfrenta a una mampara de vidrio verde y blanco. Hay más sombra de ese lado. Empuja y entra. Algunos vidrios están rotos. Hay un mate abandonado de alguno que ha venido a preparar los exámenes; muchos papeles sucios y una reconfortante frescura. Qué silencio. Las puertas interiores todas descascaradas están abiertas en la oscuridad. Se anima y sigue. El corazón late loco, desorganizado; respira con dificultad. Al fondo se ve una línea de luz muy débil. Pasa su mano por el pelo mojado, por su mejilla llena de gotas. Y avanza. El piso es de listones de madera vieja. Está podrido, cruje. No puede ver sus pies pero los imagina moviéndose con cuidado. Va hacia la línea clara del fondo. Finalmente es la ventana. La cortina está rota y la luz se cuela dibujando contornos. Espía hacia fuera y ve la esquina desde donde partió. Recorre la ventana y se siente bien; pero la magia, el mundo de la casa va rompiéndose duramente, saltando como vidrios. Entonces retrocede de nuevo. Y cruje el piso. Lo sobresalta un ruido en el otro cuarto. Va hacia lo oscuro. Pero nadie. Sólo dos colchones abandonados en el suelo; una almohada sin funda, rota. Y polvo. Escucha el monótono ruido del agua que ha crecido. Hay como un diálogo entre las chapas del techo y la lluvia. Encuentra otra puerta cerrada, sin picaporte. Empuja y también cede. Entonces, como una llamarada inmensa, entra la luz y las sombras se despedazan. Desde allí se ve el mar verde del follaje; los árboles, el pasto crecido. Se sorprende porque las paredes le devuelven el Pato Donald, Mickey, el Chanchito Práctico. Están pintados con cierta dureza; absorbidos por la cal de la pared. Está recorriendo una casa mítica, en la que nadie ha vivido en años. Siempre supo que no podría resistirse a entrar a pesar de las prohibiciones. Alguna vez le contaron que un tipo la habitó; que la mujer tenía un pequeño jardín de infantes. Ahora todo es mugre. Y resulta imposible justificar esas figuras pintadas torpemente, salidas como de atrás del olvido. Entonces, tristemente, se va. Salta de nuevo la verja y cae afuera. Pero, sin embargo, ya nada es igual.
Ahora, como entonces, llueve. Y está sentado, solo, en la sala del Estudio Grande, vacía de pichicatos. Mira las mesas, ¿treinta, cuarenta?, y las sillas viejas, marrones, tajeadas llenas de nombres; signos hechos con hojitas de afeitar, con cortaplumas.¿Los internos duermen?...Los nombres garabateados: Lalo, Jorge Martínez; 1952-56; Lilí, Puto; ¡viva yo! Está llorando. Chécale, cachécale, cachín, chau, chau. Falta un año para recibirse de maestro. Se putea suave porque en vez de horizonte, al frente hay una pared sin puertas.

Entonces habré de asistir desnudo, descarnado,
al ajuste de cuentas;
perfumado por el olor del peligro y el riezgo
que brota del acecho del cuerpo;
el pobrecito tigre agazapado.
Estoy solo ante mi espejo
Braceando en el aire sin agua.

Así lo quise.
Pero han sonado las trompetas y escucho el chisperío,
esa parafernalia
de gritos, risas y alaridos
que precede a todos los sacrificios.
No temo.
Solo en la isla; unido a tierra
por un puente caliente
de esperanzas que cuelgan
de mis ramas.

lunes, 8 de noviembre de 2010

71.-
__¿Sabés qué no olvidé nunca, pa?
__¿Qué cosa?
__Tus manos. Mis dedos se acuerdan de la rugosidad de tu piel, del tamaño. ¡Eran tan
fuertes!...¡Bien de hombre!
__Mirá vos.
__Sí. Yo miraba las mías y parecían manos de mujer.
__Las cosas que decís…
__Ahora, en cambio, que he envejecido, las miro y aunque siguen siendo flacas y
largas, veo que se volvieron las tuyas. La misma forma. Las mismas arruguitas.
__Y bueno, al final sos mi hijo.
__Claro, papi. Y a mucha honra. Yo admiraba tanto tu habilidad para usarlas.
__Lo que pasa es que desde chico me gustó la madera. Trabajarla. Ver aparecer
algo de ahí.
__Algo hermoso.
__Eso no sé…Me hacía bien tocarla, el olor tan lindo y, a veces, algunas cosas
que salían.
__Meta serrucho y escofina.
__Claro; no había máquinas, como ahora.
__Tracción a sangre.
__Como todo en mi vida, m’hijo. Tracción a sangre.
__Sí, papá. Fue la mejor herencia que me diste.¿Sabés?
__Callate querés. Vos sos un artista.
__¿Artista?...No sé. Algo fui. Pero todo lo que hice fue con esa misma tracción.
__Para gente como nosotros únicamente queda la lucha. No hay otra.
__No. No hay.
__A veces te habrán salido cosas lindas, me imagino.
__Hermosas, papá. Han sido la razón de mi vida. Siguen siéndolo.
__Callate, Evita.
__Pero, a la vez, todo lo vivido fue humo; agua…
__Dios tendrá sus razones para las cosas…
__Dios… Me gustaría preguntarle un par de cosas.
__No te va a contestar.
__No, ya sé….Está saturada la recepción de mensajes.
__Sí. El cielo está lleno de expedientes, m’hijo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

70.-
“ NEW YORK, Abril de 1969

Querido Mariano ( también a Amelia):
Bueno, negro, no sé cómo empezar. Por lo menos tardé 6 meses menos que vos en contestarte. Por si acaso te aviso si me contestás, hacelo pronto porque de lo contrario, ya no estaré más aquí. No sé cuándo regreso; tenemos visa hasta junio, y esperamos ampliarla hasta fin de año, a no ser que me renueven la beca por un año más. Es muy difícil, puesto que la política de la Fundación es darle la oportunidad a otro. Esto me lo dijeron cuando me presenté a la renovación; de cualquier manera me presenté; un lance. El asunto de la visa es de lo más complicado. Además, creo que está llegando la hora de dar las hurras; empiezo a sentir que esto ya me está dando poco, y estoy totalmente convencido de que mi obra vale, vale mucho; que mi inteligencia también, y a veces siento__y lo compruebo__que estoy dando cosas e ideas yo, en vez de ellos. Y a éstos hay que destruirles el sistema. Y que no, como ha sido siempre, el sistema nos coma a nosotros. ¡ Hay que darles en la madre!..., como dice un mexicano amigo.
Tenemos varios amigos americanos, artistas muy conocidos internacionalmente, que nos sirven de prueba, y los cuáles, por supuesto, nos dan bastante bola por lo que decimos y por lo que hago. Pero, cada día me doy más cuenta que es muy difícil entrar en la gran rosca para un extranjero; sobre todo para un latinoamericano. Mi obra en este momento es pretenciosa, necesito una gran galería que pueda promocionarla. Pero el sistema sólo promociona a artistas americanos. De cualquier manera, yo lo intento, por si por ahí, me les puedo colar; claro que sería como sacarse la lotería. Han venido a ver mis cosas los directores de dos galerías muy fuertes. A ambos me dí cuenta que los sorprendí; a esta altura del partido es fácil darse cuenta si la cosa anda. Los dos quedaron en regresar y seguir viendo mi desarrollo. Me doy un tiempo a ver qué pasa, sino pego la vuelta. Lograr que los tipos vinieran, fue una especie de éxito, ya que es muy difícil moverlos. Creo que no vale la pena sacrificarse tanto, tener que laburar de cualquier cosa para quedarse, esperando que algún día se dé, si se da. Para qué llegar a alienación total. Si lo más importante es hacer la obra, se puede hacer en cualquier parte. Lo difícil es encarnarse en esto, puesto que las tentaciones del éxito son siempre muy grandes. Las experiencias que he vivido, y estoy viviendo, son fundamentales. Creo haber cambiado bastante desde que salí de Buenos Aires. He tratado de meterme en todo, o en casi todo, de lo que esta ciudad monstruosa tiene. Siempre tratando de profundizarla; no quedarme en la superficie; creo que es una ciudad que todo artista tendría que conocer. Las diferencias, las mezclas, las contradicciones, etc., son tan marcadas, que le posibilitan una tensión permanente; un buen observador tiene mucho para consumir aquí. Pero también estoy convencido que nosotros, argentinos o latinoamericanos en general, difícilmente podríamos adaptarnos profundamente a este modo de vida. Se puede hablar mucho con esta gente, intercambiar ideas, etc. pero, en última instancia, los tipos manejan un “código” diferente al nuestro. Viviendo la ciudad como turista, con mentalidad de no arraigo, sabiendo que en algún momento te irás, es maravilloso, una experiencia fantástica. Esto hace que mucha que viene no profundiza; se enloquece, y al final, se lo come el sistema. Y yo quiero salvarme. Por eso pienso siempre en volver. Hasta ahora he vivido como un bacán, un año y medio sin laburar, o laburando en lo que quiero, sin horarios fijos, sin problemas de guita, comprándome pilchas, haciéndome un viaje a Europa, etc., etc., pero finalmente prefiero la Argentina, con menos posibilidades de guita y de las otras, pero con amigos. Con relaciones humanas, con gente que putea todo el día. Y se siente frustrada, pero que todavía es capaz de hacer un “gesto”. Yo quisiera que todos los argentinos tuvieran una beca, que vivieran aquí o en Europa; que tuvieran perspectiva, para darse cuenta que nuestro país vale mucho. Lo que pasa, es que nosotros, en Argentina, siempre miramos para afuera pensando, frustrados, sin hacer nada. Sinceramente te digo, tengo dudas. Aquí he tomado conciencia de lo argentino que soy”

Es feliz, dije, y eso sólo porque está mirando un techo de dos aguas donde el tiempo pasa deslizándose. Ahora una piedra golpeó ruidosamente en el techo del galpón. Levanta la cabeza y ve volar fantasías y palomas. Se oye un grito alegre. Seguramente un gurí con la honda, que cazó una paloma. Y no importa, no hay pecado, únicamente las palomitas de la Virgen no se matan. También están las palomas judías, grandotas, de la sinagoga, que se veían desde el patio de la otra casa donde vivía antes, volar y volver, sin parar, a detenerse en las cornisas. Alguna vez había querido matar a una, pero no pudo; queda nada más que el ruido, el toc en la memoria, el hueco que resuena en la panza después del hondazo. El recuerdo le hace bajar la cabeza recorriendo la antigua casa de ladrillos, sin revocar. Y están todos los gurises en el mercadito de Pepe, el billetero; con las rodillas siempre raspadas, fumando a escondidas y comiendo girasol tostado. Esta vez la picazón vuelve a los ojos de forma diferente; todo es más rápido, y no se molesta en secarlos con los dedos sucios. Todavía es como feliz, pero ignora por qué ha vuelto de golpe la vieja casa con su umbral de cemento gastado y brillante, alto y gris, y los cigarrillos escondidos cuidadosamente en los rincones y, claro, eran “Continentales” o “Arizona”, de noventa. Mucho después vinieron los “Américan Club Extra” y los “Derby”, de tres ochenta y las hojitas de mandarina en los bolsillos que había que masticar para sacarse el olor a pucho. Así van llegando en patota las sorpresivas lágrimas en el atardecer del verano del 56, cuando ya están los “Fontanares Extra-Finos”, habiendo pasado, por supuesto, por los “Fontanares 12”. Comprendiendo que se había estirado como un gusano, como una isoca, de las que había en la casa antigua. Sabiendo que una parte de sí mismo, quizás esta de ahora, podría llamarse , por ejemplo, MarianoContinentalesFontanaresextrafinos. Así. O tal vez…Al fin todo desaparece y las cosas están en sombras a su alrededor. Sólo él resplandece. Todo el cuerpo irradia una luz irreal. Por primera vez comprende algo. ¡ Se trata de comprender, loco!...¡De prenderse con uñas y dientes a la comprensión! Como si la osamenta estuviese al rojo; es una tremenda vibración, un sonido, un son ido, terrible. Y crece hasta reventar; hasta el blanco, hasta el límite de que salten los tapones.
De manera que, por último, ahí, en ese hoyo humeante, empieza a yacer el cuerpo del silencio. Cada cosa a su sitio. Las formas se rehacen. Se mira las manos de mono que traspiran. Siente como si hubiese realizado un esfuerzo físico mayúsculo. Y llora, el traidor. Lentamente. Sin ruidos., después del deslumbramiento. Ha comprendido que no podrá pensar ya nunca más en la palabra “Continentales”, por ejemplo. Ese pasado se ha vuelto como un muro, como un mojado mojón; una estaca clavada para todos los tiempos en la tierra de la memoria; eterna, mucho más que él, en su propio tiempo. Y nadie al recordarlo sabrá, sin embargo, que es inútil pensarlo separado. No soy más inocente, negro. A vos te hablo, Mariano. A lo mejor se trata del des-cubrimiento de la soledad o, quizás, me he perdido, ¿ eh, Silvio Astier?
Se levanta como un borracho y abandona el sillón. La púa de una voz lo ha llamado, rasgando, rajando, la serenidad del verano.
__¡Marianitooo, vení a tomar la leche! ¡Y no dejés la pava y el vaso tirados!...

“Nosotros aquí, más o menos estamos al tanto de lo que pasa pues existe un boliche que se llama “El Águila Argentina”, que nos surte de revistas, yerba, dulce de leche y otros “productos criollos”. ¡Cómo anda el enano Soroa? ¿ Pasó al frente ya, o todavía luchando? Contá, contá. Saludos al petiso, muchos, muchos; estoy terminando en este momento de leer “Nanina”, mucha frescura, es un “gesto”; esperemos la próxima de García. ¿ La leíste? Nosotros vemos teatro con regularidad; somos selectivos, de lo contrario te podés clavar, y la joda es cara, 4 o 5 dólares, te imaginarás que con la cantidad de espectáculos que hay para ver, si te clavás, llorás un mes. Vimos al Living Theatre; bueno, muy bueno; aquí tienen y también en Europa, un gran prestigio. Nosotros vimos “Paradise Now”, suponiendo que, en parte, se había desvirtuado por la publicidad; oh, perdón, yo te digo y no sé si vos sabés en qué consistió este espectáculo. El asunto era con participación del público y, entre otras cosas, se fumaba marihuana, se bailaba, se ponían en pelotas, actores y público, y al final terminaban todos arriba del escenario, como fornicando; te digo “como”, porque no sé si alguno le metió la poronga a otro o a otra; en realidad no importaba, era lo mismo. Aquí se desató la onda de ponerse en pelotas; hay varios espectáculos que centran su atención en eso. Algunos muy malos y boludos. Hay algunas experiencias interesantes, como por ejemplo, las de un grupo que está a una cuadra de donde nosotros vivimos. Los tipos alquilaron un galpón, lo arreglaron y lo adaptaron, sin escenario; lo único que existe como objeto son tres torres hechas de tirantes de madera, donde el público o los actores pueden treparse; luego la gente se desparrama en el suelo. Además de esto, hacen teatro de guerrillas, o sea que se organizan un acto en algún lugar público y se aprovecha para desarrollar allí una acción; suelen salir cosas interesantes. Eso del galpón es una idea que me parece buena. Yo pienso que sería bueno que vos armaras un grupo y pidieran alguna subvención o algo parecido, y alquilaras un galpón donde hacer espectáculos sin pensar en sillas o sillones. ¿ Qué te parece? Cuando yo vuelva me gustaría participar también. ¿Seguís con dos laburos? ¿Juntaste algunos mangos, o no? Yo pienso, cuando vuelva, comprarme un departamento en Buenos Aires, vivir allí; pienso en largar el laburo del Museo, quizás me las rebusque con algo, como tener alumnos o algo así; el menor tiempo posible de dedicación a esto. Trataré de mantener la casita de City Bell como taller y lugar para tomar solcito, hacer asaditos con los amigos, etc. Si se concretan algunas cosas que están en marcha, me haré unos cuantos dólares. Acabo de firmar un contrato para la realización de dos obras que serán hechas en múltiples, las que serán distribuidas por todos lados. Mary está trabajando en el Museo de Arte Moderno, en el Departamento de Diseño y Arquitectura; hace una tarea interesante. En este momento trabaja en el relevamiento de la colección de diseño del Museo, para luego proponer cuáles son los diseños que el Museo necesita. También se encargará de una muestra de diseño que se hará en algunos países de Latinoamérica. Tiene secretaria.¿ Qué me decís? Con el sueldo de ella podemos vivir; a mí se me terminó la beca hace dos meses, pero he vendido algunas cosas, y estamos comprando otras que nos llevaremos cuando volvamos, y que allí son muy caras. En realidad, ya te digo, la cosa va muy bien, en 2 o 3 años podríamos levantar unos cuantos mangos, pero no sé si esto vale la pena; además problemas de conciencia, viejo. Muchas veces siento la necesidad de largar todo esto, y volver a empezar alguna actividad política. Pero también sé de tantos que sienten esto, y se la pasan pensando, sin hacer un carajo. Como te dije, tengo dudas y he tomado conciencia de lo argentino que soy.
En Europa la pasamos fenómeno; estuvimos en París, Barcelona, recorrimos la Costa Azul, llegamos a Italia; alquilamos un auto en Roma, y subimos para arriba, pasando por cuanto pueblito y ciudad estaba de paso. Italia es increíble, un gran museo, todo a la medida del hombre; ciudades como Siena, Florencia, Ravenna, Venecia, Verona, etc., son increíbles, no existen. Luego de Italia fuimos al sur de Francia, donde unos amigos argentinos, un matrimonio, habían alquilado una casita, en una pequeña ciudad llamada Signon, donde tiene su casa de campo Cortázar. Estuvimos con él varias veces, gran conversador, hablamos de todo un poco, es un tipo muy amable. Una noche nos trenzamos. Yo le decía que no justificaba una carta de él que le escribió a un escritor cubano. Cortázar estuvo tres veces en Cuba, y su actividad política es relativamente reciente, en la cuál él decía Europa esto, Europa aquello. Yo le dije que había que definirse, que él era un personaje, que me parecía que había que dejarse de joder, y volver, puesto que de todo el tiempo que yo estuve en París (15 días) todos los latinoamericanos, lo único que decían era sobre la revolución, pero hace mucho tiempo que lo hacen y no se mueven de París.
También conocí en París a García Márquez, un tipo muy simpático que habla como escribe. Bueno, viejo, creo que ya te he puesto más o menos al día; no se me ocurre nada. Mucho mejor sería que estuviéramos juntos, creo que en una semana te contaría todas mis experiencias. Como no sé todavía cuándo ésto se podrá hacer, quiero que rápidamente me escribas, que me cuentes, que cuentes todo, cómo va la cosa, tus cosas, las de Amelia, las del Petiso,etc. No te imaginás qué alegría cuando, por las mañanas, bajo las escaleras hasta mi buzón y encuentro cartas; y la tristeza cuando no las hay. Aquí descubrí el mundo de las cartas, de los efectos que producen, puesto que siempre están cargadas de sentimientos, ideas, fracasos, éxitos, etc., etc.. Si todavía volvés por la oficina del Departamento de Difusión Cultural, de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires, dale saludos míos a todos aquellos que estaban cuando yo pasé por allí; gracias.
Bueno, Marianito. ¿ Qué tal el tratamiento para engordar? ¿ Cuántos kilos? Contame, poneme al día. ¡Ah, posiblemente haga una escultura muy grande en la ciudad de Detroit; en estos días se resuelve. Yo tenía trabajo en una galería, y una tipa que había sido comisionada para ver esculturas aquí en New York, para hacer o llevar a Detroit, se calentó mucho con la mía para hacerla en tamaño mayor. La dueña de la galería le pasó un presupuesto y estoy esperando si estos tipos aceptan y la cosa se hace. Sería muy bueno para mí hacer esa obra. Quizá haga también una exposición en Los Ángeles y otra en Washsington. Te digo quizás, porque depende de lo que me ofrezcan; aquí no tiene sentido hacer cosas por hacerlas, para tener otro catálogo.
Te sigo queriendo mucho y espero que me escribas pronto. Un gran abrazo y besos para Amelia, de Mary y
ALEJO

lunes, 1 de noviembre de 2010

69.-
Pero se despertó. Todavía con una parte dentro del sueño, contestando mecánicamente a la mujer. Y veía. Aun permanecía, nítido, el rostro de la niña de ojos transparentes y azules; de largos cabellos negros, frágil, y delgadísima. Se sentía como mojado por una imperceptible garúa de ternura que acababa de dejar atrás, todavía latiendo anormalmente el corazón; una cosa irrecuperable que le había sido dado recibir dormido. Terminaba de conocer y perder a alguien inexistente, que era único, y había venido a buscarlo desde algún lugar preciso del pasado o el futuro, o desde el tiempo congelado de los sueños. Se trataba de un ser que, secretamente, dormía en él, alimentado por todos los animales que hierven en el pozo ciego de la cabeza.
Yo la había amado. Así fue. Se amaron fugazmente. Con celeridad, temiendo despertar. Se acordó de un cuento en el que, únicamente el narrador veía lo que un grupo de niños había corporizado en su imaginación; una hermosa muchacha, que desapareció para siempre al separarse de los niños. Este sueño fue una gratificación, una dulce dádiva, parecida a un respiro. Lo mágico había sido que durante el sueño, se detuvo todo; se abrió el tiempo, semejante a una cortina, para que ambos pudieran conocerse. Solveig. Para que se amaran hasta con inocencia. Luego, fatal y puramente, el sueño se ordenó. Y aparecieron los seres reales acompañados de la tristeza de ella, novia olvidada; mirándolo con esos ojos tan abiertos donde se reflejaba el amor que no podría crecer más nunca. Comprendiendo súbitamente que el hombre que miraba con sus ojos trasparentes era un prisionero. Que los dos se habían hallado en tiempos diferentes. Como una triste foto antigua antes de alejarse ;su silencio de siempre; antes de ser empujado levemente por la misma mujer que, en este instante, le está sirviendo el desayuno.
Ahora es de tarde y claro que va borrándose. Aunque aun permanece, como una gota colgando en la cornisa: ella está esperando en la esquina, frente a una casa del pueblo. Y la muchacha del sueño continúa asomada al balcón alto y tiene la exacta sonrisa irreal en sus labios, oscurecidos por el atardecer que ahora sucede en la memoria. El brazo de ella agitándose, como enloquecida y sola. Nada más que por la alegría desbordante de verlo; azorada aun por el descubrimiento inútil del amor. Permanece el recuerdo de imaginarla aparecer, sorpresivamente suya, y luego bajar, sin control, los peldaños de la escalera de madera solamente para darle un beso en la mejilla. Sin ninguna palabra. Únicamente conservando el calor de su mano suave pasando a la suya. Todo eso antes de irse, definitivamente, a caminar hacia la nada, haciendo equilibrio por el borde del sueño.


Está muy atrás ahora. El sol cae a pique, aunque no llega a él, que permanece sentado. Nada más que el calor sofocante en la siesta. Está muy atrás, dije. Desplomado y laxo sobre el viejo sillón de lona. La pava transpira aun. El mate, un vaso, tiene pedazos de limón dentro, cortados de cualquier manera. Mira por entre el follaje de la enredadera. Está en un corredor. En la galería de la casa vecina, desocupada. Encima de su cabeza hay una ventanita, sucia de excrementos de moscas. Está desplomado, sí; laxo, sí. Sobre el viejo sillón de lona. Y las hojitas de madreselva dejan colar rayos de luz que se rompen en el embaldosado. Es la siesta. La pava, helada, transpira pero ya no quedan cubitos de hielo. Mira los pilares, esos caños descascarados que sostienen el techo de viejas vigas, forradas de telarañas. Observa de qué modo la enredadera se aplasta y los rodea, cómo los abraza. Después se desparrama en abanico sobre el armazón de alambre que la soporta. Se siente protegido espiando a la gente, en la sombra. Mira pasar, oye voces, se siente pleno y saciado, al sentirlos desposeídos, sin defensas. La pava conserva agua tibia y todavía transpira un poco; los pedazos de limón flotan muertos. Está muy atrás ahora. Es el momento en que limpia, con los dedos sucios de tierra, el pedazo de limón. Quita minuciosamente los trocitos de yerba que han quedado pegados. Y chupa. El estómago está colmado de tereré. Es la siesta o sea la magia. Está desplomado, laxo, sobre el viejo sillón de lona. Ahora se concentra en su espalda. En el modo en que el respaldo de lona lo abraza. Cómo resiste su peso muerto y lo recibe. Sólo al principio la lengua rechaza la violencia de lo ácido. Pero, poco a poco, se acostumbra y goza con el intenso gusto del limón. Recorre los dientes con la punta de la lengua; los siente filosos. Dientespapeldelija. Sonríe. Sonrío, Amelia. Es la siesta y la paz. El sol, ahora, ya no cae tan a pique. Y es verano o sea la maravilla. Atardece sobre los techos de zinc de los galpones de la estación que asoman detrás del tapial. Se concentra en ellos. De tan brillantes van cambiando de color si uno los mira fijo. No puede aguantar más. Empiezan a picarle los ojos, se humedecen. No puede, sin embargo, sacar la vista clavada en la caída a plomo de las chapas, desbarrancándose sobre el baldío. Lloran sus jóvenes ojos. ¿Por el resplandor? Imagina sus pestañas mojadas y saladas. Se pasa la mano mugrienta por la mejilla. La cierra, entonces, y los restriega. Me gusta más decir: los resfriega. Sonríe pensando ¡qué boludo que soy! Y es feliz, inmensamente. Eso, sólo porque está mirando el tiempo sobre un techo de dos aguas…

lunes, 25 de octubre de 2010

68.-
Llueve sobre el galpón. Entonces llueve con ruido a lata. Como el galpón no es más que un techo de chapas de dos aguas, el agua celeste y el agua terrestre, adelante y atrás, es barro mantecoso y, debajo, frío por donde pasa fuerte el viento. Pero igual hay un Rugby 4 y un Chevrolet Campeón guardados, que atajan bastante y, detrás, una pila de bolsas de trigo con olor a humedad, a invierno, ché, Gringo; ché, Pollo; ché. Llueve, chapa chapa, sobre el pueblo. Te acordás que, eso sí, todavía no tenías límite alguno y eras un lindo gurí, ¿no?...Esta siesta que te ocurre ahora, es la de cuando mirabas, por no sé qué puta vez, las barajas del truco que jugaban ellos, mientras te sentías extranjero por no entender, y estaba Sandokán y todo eso que te guardabas para vos solo; a lo sumo te reivindicabas si mascabas, como interesado y festejante, un poroto para marcar tantos, te reías con algún verso del Gringo cuando ligaba una flor:”porelríoparanáveníanavegandounpiojoconunhachazoenelojoyunaflorenelojal”,que lo parió …Llueve, llueve, llovía. ´´´´´ ´´´´´. Al rato cayó la Coca Peralta con la hermana más chica, que andaría por los cinco años. No sabía explicarme cómo hacía este Gringo de mierda para ingeniárselas pero, enseguidita, la Coca estaba con la bombacha bajada, mostrando todo, subida a una bolsa de maíz, haciendo su strip campesino, y nosotros como haciéndonos los boludos indiferentes, pero con el pito parado al ver cómo se reía y se hacía la tontita, como si no se diera cuenta de nada, frotando ese pedacito de carne blanca que, para nosotros, era únicamente la cara del cura Ferré, o sea la cara de Dios, que le dicen; y enseguida el Gringo, canchero como Cary Grant, echándonos a la mierda a todos, que éramos unos giles, y mandando a la hermana más chica a juntar vidrios de colores para decorar las tortitas de barro que íbamos a hacer después, se la llevó atrás de las bolsas. Y cuando apareció de nuevo, con cara de venir de experiencias que no eran todavía para guachos como nosotros, dijo: ché, dame un Américan Club. Y lo encendió haciéndose el raro. Ah, sí, Amelia. Yo miraba el chorro de agua que se estrellaba fuerte contra una huella inundada del Chevrolet, y los sapitos renegridos que salían de los canteros con malvones; y tenía bastante frío. Entonces, después de dos o tres puchos, venía la mariconada. Ché, me tengo que ir a tomar la leche y viene al bocho enseguida la cara severa de mi vieja de cuando era más joven y todavía se puteaba lindo con mi viejo; y llega, también, una taza bien caliente, con pan fresquito, recién salido del horno, y toda la manteca casera que quisiera. Todo eso viene.

Yo bien sé que la vuelta es un mito.
Una idea de
aliento cortado por el cuchillo cotidiano.
Pero se trataba de huir
hacia la pureza. Entero como una fruta,
sin mácula.
Intocado por el ácido de lo sabido.
Bien sé que el amor es
un vino
para acompañar a la comida esencial. Un nombre
de mujer desnuda. Una noche
de invierno, antes de quedar
solos
solos. Totalmente.

jueves, 21 de octubre de 2010

67.-
__¡Carrasco!...Traeme un detergente; ponele mitá Lusera y mitá Crush__El Gringo se
tiró para atrás apoyándose en la silla, haciendo equilibrio en el corazón
de la vereda del club Sportivo.

La cuneta estaba sucia, todavía, de gotas salpicadas por el camión regador en el fin de la tarde. Alhajas negras, al costado de la única calle asfaltada del pueblo.
__A mí un Gancia, ché.
__¡Te va a dar Gancia tu padre, mocoso e’mierda!...__dijo Carrasco, sonriendo. Tieso
en su saco blanco de mozo; los pocos pelos que le quedaban, bien parados.
__¡Qué lo parió!...__volvió a repetir el Gringo. Y gritó porque el mozo se alejaba:
__¡Carrasco, traé manises!...
Después escupió , sacó un Américan Club Extra, lo encendió, pitó y reflexionó de nuevo filosóficamente:
__¡Qué lo parió!...
Paladearon la bebida.
__¿ Por qué no tomás detergente, Flaco?
__Porque no me gusta. Me quedo con el Gancia solo. Si fuera con Coca-Cola…¡No
sabés lo que es eso!...Yo la tomé en Córdoba, cuando era chico. Es bárbara.
Con Coca se podría cortar bien el Cinzano, pero qué mierda va a llegar acá, a este
pueblo podrido.
__Entonces, jodete.__Se metía puñados de maníes en la boca.
Hacía calor. La ropa se pegaba al cuerpo. Y tal vez porque eran los primeros, los
primeros pantalones largos de Mariano. No podía acostumbrarse al roce, a la tela áspera.
Hacía calor, eran las diez y pico de la noche y estaban traspirados después del entrenamiento de basquet.
__¿ Vamos a lo de la Angélica, ché?...
__¿Los dos?
__¡Y claro!...
__¡Pará, pará!...vamos adentro; así hablamos en el Conejo; está jugando al casín.
O con Roberto.
__No; dejame de joder. Ese boludo no va.
Mariano terminó el Gancia sorpresivamente.
__Gringo…
__¿Qué?
__..no tengo guita.
__Yo tengo, dejá. No te calentés.
Asunto terminado. Había que ir.


Desde una hoja vacía se puede partir hacia el universo.
Pero las palabras construyen una mujer inalcanzable y
difícil de seducir.
La hoja tiene la palidez de la soledad.
El lenguaje una víbora envaselinada.
Un tigre camina dentro de la jaula del pecho. Un tigre.
Se pueden escuchar ecos de voces inalcanzables.
Burlándose.
Resonando en una bóveda hecha de hielo y metales.
Entonces el poeta, boca arriba, cae en el centro del desierto.

Y espero que descienda sobre la ciudad con un calor de más de cien años la hora de la mugre y la murga, en los subterráneos, y desplomarse por un precipicio de rostros y de rastros como otro piojo más.
Solo

Con los dientes abiertos por donde chorrea la pegatina de otro día inútil como son todos los de un traidor. Aun debo llegar y mirarla dignamente a ella que todavía ama en mí lo que falta para ser desertor. Amelia. Este gusto en la saliva. Este silencio. Las palabras qué juguete rabioso. Caminar. Escuchar el ruido de los pasos, o sus ecos__lo que es peor__; mirando las líneas paralelas del piso de madera. Sentir el viento que echan los cuerpos al cruzarse en invierno, ahora sin nada para decirse.
Ah, sí. Quizá fue necesario. A lo mejor. Que naciese mal en la pieza de una casa de pueblo; no se nacía en hospitales por el año 41; la vianda de hotel que Isidro iba a buscar, calentita; con la sopa religiosamente y, a veces, con el pastel de carne y pasas de uva. Al hotel y a la memoria iba a venir (¿para qué?) el Gringo para quedarse (¿para qué darse tanto, hermano?), junto a papá sin trabajo, junto a mamá maestra, yugándola, fatalmente, sola, con el viejo ya decididamente inútil para bancarla; colgando de sus polleras y cambiando mis pañales cagados, meta Rinso; y más tarde, cuando la guita se acabó, chau vianda de hotel. Isidro haciendo la comida, aprendiendo de a poco los secretos de sazonar, de calcular el peso, las medidas. Dotado de una larga paciencia para hacer el ridículo; las lenguas pueblerinas, imaginate, y los ojos escandalizados de mis tías de Uruguay; la madre de uno dándole y dándole a la tiza y a la neura en medio de las demás maestras, bien casadas ellas; oh, estiradas, oh, norables, oh, limpias, olímpicas. Eso; inmaculadas, inmaculeadas; el particularísimo olor a almidón del guardapolvos recién planchado que nunca pude olvidar; hasta hoy mi nariz es capaz de evocarlo. Mirá vos; ahora también yo limpio la casa y cambio los pañales cagados; me corre un hielo por la espina dorsal cuando me clava los ojitos, él; así miro de nuevo a papá, de gurí. Me hicieron salir al frío, nomás, Amelia; por más que ella cerró las piernas hasta casi hacerse saltar los huesos. Papá, al final, hasta hizo una promesa a Dios si me salvaba de la diarrea estival; dicen que por ahí anduvo el viejo dándose dique con su barba recién crecida (la promesa) , sin afeitarse por dos años, y con su amor por mí proclamado desaforadamente. Ay, Amelia, ¿ de dónde vine?; devine en ese chico con rulos de la foto. Llegué a ser, nada menos, que el hijo de la maestra; lo mismo que ser hijo de Mitre; empecé a creer en lo de mi predestinación y mis deseos eran la realidad; por ejemplo la bicicleta Philips 26 x 1 y medio. Aunque recién comprendí que la cosa venía mal barajada cuando en el mundo no podía haber nada más hermoso que la Siam Lambretta colorada, y ya el asunto no se dio al sólo chasquido de mis dedos. Era el 55. Llovía una tarde del secundario, en la Fráter, cuando cayó Perón. Ahí supe que, en realidad, era hijo de un leproso; un culo para siempre. Y me empecé a llenar de granos.

Trepado en la curva
del viento
el aire malherido se hizo un gorrión
piojoso.
Nadie fue capaz de darle caza.

Después, feroz, volvió en picada
a hacerse jaula.

Luto por la hermandad: tiempos difíciles. Todo tiende a hacer que ningún hombre sea solidario. A que cada uno piense sólo en su centro de pequeñas miserias. De modo que se trabaja febrilmente en la construcción de tapiales. Se compran ladrillos para levantar paredes y se va pensando en la forma que tendrá el laberinto donde se morderán la cola los hombres-islas.
Alguien debe alegrarse por ello. Mientras tanto, afuera, crecerá despacioso y dulce, el tibio calor que hace concreta la primavera. El sol es el mismo de cuando éramos felices y eso, precisamente, lo convierte en una tragedia. Ningún sentido tiene el sol con hombres tristes.
La soledad dirigida es una baba sucia y pegajosa; alguien la secreta, es evidente. La deja fluir para enredarnos en sus hilos; chorrea lenta y gelatinosa, para pudrirnos con su olor. Todo se ha vuelto como pintado al pastel; es el esfumado de las cosas y las vidas; la seguridad es una moneda inalcansable. Y el amor, un árbol de raíces cortadas. Alguien, de pronto, lo ha decidido. Y no sé por qué.
¿ Para qué, entonces, hemos venido a este parque de perversiones?...Gira la vuelta al mundo, la montaña rusa, las sillas voladoras, y los hombres-solos aplastan sus narices contra el alambrado; miran esos juegos iluminados donde algunas sombras__cadáveres__se divierten sin alegría y, quizás, sin paz.
Cae la noche como una brasa encendida; una tormenta de adioses se cierne sobre la casa desamparada de la fraternidad. Nadie debe ser hermano de nadie es la consigna; se ha montado un funeral grandioso para velar el cadáver de la solidaridad. Todo se vuelve denuncia. Venganza. Imponentes resuenan los duros acordes del réquiem; la pompa de unos pocos, ahora, es un caballo desbocado; las palabras un mar embravecido de sonidos falsos. La sombra de los cadáveres fusilados en basurales ha dispuesto la ceremonia apocalíptica de despedir al féretro del amor humano. Los tiranos, libertadores,como se llaman a sí mismos, no tienen tiempo de advertir que el muerto se ha movido; que, imperceptiblemente, ha abierto los párpados.
Los hombres-islas, desde sus laberintos, asoman la frente para espiar el cortejo. Mudos, todavía silenciosos, otean el aire. Nadie ve sus labios. Pero, apenas visible, ellos también sonríen. Y esa risa es una navaja que habrá de resistir.

Tal vez la vida sea una yegua salvaje;
acaso yo acabe por ser una pampa amarilla
inmensa
interminable.

miércoles, 20 de octubre de 2010

59 (bis)



otro lado de la frontera








la cosa es igual. Un viento que te voltea de un trompazo. Un ardor que te va llagando las pieles.

lunes, 18 de octubre de 2010

66.-
Punto y punto.










. .





Así vos y yo, Amelia, de desamparados, una noche.
65.-
__Ahora que llega el verano,¿ sabés qué extraño?
__¿Qué, m’hijo?
__Los bichitos de luz…¡Cuántos había!...La noche se llenaba de miles de puntitos
prendiendo y apagando.
__Sí, eso quería decir que había llegado el verano. Y también estaba la cerveza helada
en la vereda, ¿no?...
__Claro; yo juntaba las luciérnagas en un frasquito para que me iluminasen a la noche
cuando estaba acostado. Al otro día aparecían todas muertas, pobrecitas.
__A mí me gustaba mucho el silencio de la noche, sentados sin hablar, en los sillones de
lona, mirándolas, nomás.
__La luz de la esquina era una nube de cascarudos. Y alrededor de la luz todo era negro.
__Sí; me acuerdo bien; me gustaba cuando pasaba alguno al tranco largo para el lado de la estación…
Por un momento, bajo la luz, lo veías nítido; eran unos segundos, levantaba un poco
de polvo de la calle y enseguida lo chupaba la negrura. Era como algo mágico.
__¿ Extrañás alguna otra cosa?
__Sí, papá. Los bailes de los sábados que se hacían al aire libre en la cancha de
basquet del club Sportivo. Todas las cervezas y las gaseosas tapadas con bolsas
de arpillera, en latones llenos de barras de hielo y aserrín, y verte a vos traspirar
a lo loco porque no dabas abasto para atender la cantina.
__La pista repleta de gente bailando pasodobles…
__...Yo me subía al tercer escalón de la tribuna, que era el último; con mi crush
fresquita a mirar cómo bailaban todos. Quién estaba con quién.
¬¬__Pero ibas vos solo, sin los otros atorrantes.
__Sí, porque al Gringo y al Conejo no les gustaba; no los llevabas ni en pedo ahí.
Ellos se quedaban en la vereda de la sede del club, a la vuelta, a ver pasar las gurisas;
tomando detergentes.
__¿Detergentes?
__Sí; en un chop, lleno, se mezclaba Gancia con gaseosa de naranja. Eso era un
detergente. Y bajo la mesa todo lleno de cáscaras de maní y girasol.
__No va más todo eso, Mariano, ¿no?
__No creo, pa. Ahora San Salvador se da aires de ciudad y se parece a cualquiera.
Todos los pueblos se volvieron iguales. Compitiendo, como locos, para ver quién
tiene el chalet más lujoso.
__Vanidad, que le dicen…
__Pura mierda…Esa gente ya no cree más en el lobizón ni en la Luz Mala.
__No; esas creencias son de negros ignorantes.
__¡Qué suerte, pa, porque fui un ignorante.
__Sí, m’hijo. ¡Qué suerte!...Era como ser más humano creer en eso,¿no?
__Los bichitos de luz, el verano, el miedo a los aparecidos…Todo eso me volvía
único en el universo bajo la manta de esas noches. Por ahí sentía que Dios me
acompañaba un poco, mirándome, sonriendo con ternura, desde arriba.
__Eso está bueno, m´hijo…Dios existía en los veranos; lo sentías. Aunque,
a lo mejor, era ilusión, pero estaba bueno creérselo.

domingo, 17 de octubre de 2010

64.-
El regreso de una estrella dorada
La rosa de los vientos arrancada
Fuentes donde beber
Ah, los frutos del Árbol de la Vida
¿Dónde es que la noche amanece?
La lengua ardiente de la luz ciega los ojos
Y un hombre se vuelto caimán. Calcinándose.

Como la indefinible tristeza, Amelia, de las palabras, que siempre traicionan; la suma de malentendidos, Conejo, Gringo, Roberto; o, por ejemplo, vos, Mariano, yéndote del Tarzán Atlétic Club para pasarte al cuadro de los pitucos; o los dos, Gringo, ensuciándonos con un enojo porque me trampeaste a la tapadita. Las veces que tuve que seguir fingiéndome ofendido porque la puta que te parió, la madre es sagrada y todo eso, Amelia; como la cantidad de momentos en que vos y yo, como sonámbulos ¿ para qué?, caminando por esos cuartos de Dios; en el primero yo, donde está la foto de Artaud, y vos mirando la tele, como una vecina más que después debe lavar los platos. Para qué estarse mirando fijo en el espejo de la cómoda donde se refleja el cuadro de Alejo, si las piernas, bajo las frazadas, están mintiéndolo con los roces. Para qué escribir. Si las palabras ya sabemos.
También la carta de Alejo desde Nueva York cinchando hinchando con todas las gordas velas desplegadas por la necesidad de hacer gestos. Debe ser eso lo que me lleva meter palabras, a matarlas, siguiéndose como vienen y como pueden; ¿ para qué ocurre?
Si será posible incendiar la blancura de las páginas, volverlas carbón de cabrón, si revienta algo por ahí. Mientras tanto caminar,¿no, Amelia?, en el aprendizaje de convencer a gallegos y judíos con el corretaje de las calculadoras NCR, pobrecito, mi amor, que, señor, es lo más avanzado en máquinas de calcular; la más segura garantía de que sus intereses estarán bien resguardados, pata y pata, por cafetines de Paseo Colón y esa anhelada, ahora, calle Defensa, por donde empieza a verse el agujero donde nunca habrá de construirse el departamento que soñamos y buscamos para bañarnos, diariamente, con agua caliente corriendo por la cara; por mis brazos, por tus piernas, y bajo el torrente imaginario te beso y me besás.
Elegime pilchas que maten, Amelia; vos date toda la biaba que, juntos, matamos, juntos morimos; yo me curo de los fuelles, vuelvo a respirar bien, ¿querés?, y cuando esté sanito de la tuberculosis soy capaz de ponerme a tocar Adiós Nonino con los pulmones. Por ahí se da el campanazo, ¿eh?, y vuela el sonido del badajo hasta el pueblo; hasta el mismísimo carajo. ¿Eh, Gringo? ¿Eh, Conejo? ¿Eh, Roberto?...Salta la banca de las ilusiones de la infancia y ¡Flaco, Flaco, lo hiciste, loco; yo sabía, ¿viste?, yo tenía fe en vos, Flaco de mierda, hijo de puta!...Hiciste bien, muy bien, en tomártelas del pueblo. Mirá ésto, todo está igual, la timba en el club, los vagos, toda esa mierda; pero ahora ya no es como antes, cuando vos estabas. No; hiciste bien, Flaco viejo. Ahora que sos famoso, vení, vas a ver qué lindo; vení a tomar mate, vamos al Club, a la alcantarilla; vení, Flaquito, ahora. Ahora sí. Vení a ver a la Angélica recostada en la vidriera, y esperándote.

viernes, 15 de octubre de 2010

63.-
Se salía después del mediodía; algunos ni siquiera se habían comido la naranja del postre y la llevaban, advertidos de que podrían necesitarla. Se sabía, además, estaba en el aire, ya lo habían intuido, uno o dos días antes, por las miradas de los culos, o las alusiones cifradas, las risitas cómplices de los otros y, porque desde que llegaste, te lo estaban repitiendo obsesivamente. La cosa iba tomando contornos fabulosos, míticos, de experiencia fundamental e iniciática. Hasta entonces no habías sido sino más que una especie de civil, un sorete; una especie de desclasado, de desarraigado y extranjero, que vivía en la Fráter sin ser considerado fraternal en todo el sentido de la palabra; por lo cuál caminabas entre ellos como si fueras un leproso, llevando la marca infamante de no ser nadie, nada; algo que todos notaban y te recordaban despreciativamente, encarnado en el puto mote de “pichicatón”; no, pichicato; pichicatón, y te lo decían como escupiéndote. Así que aunque estabas lleno de temores por lo que te harían y, por las dudas, de si serías lo suficientemente fuerte o macho como para aguantar, de todas maneras lo deseabas de una buena vez más que nada para que pasara, por fin, y dejara de atormentarte el insomnio, la fantasía terrible de tu cuerpo golpeado, o sangrante; te perseguía la visión de tu cara morada a golpes, la hemorragia que sería una catarata en tu nariz; así que ahora, con la pulsación a mil, caminaba formando parte de la hilera de pichicatones, y aunque el corazón latía y latía más de prisa, había llegado, EL DIA, por fin. Me entretenía eludiendo los charcos que se habían formado en el sendero de tierra apisonada que hacía las veces de vereda en parte de los aledaños de Uruguay que lleva al río; pasando por delante de las casas bajitas y humildes, muchas de ellas de chapa, casi todas con cercos de enredadera o ligustrina y portones de alambre; con perros que ladran cuando pasás y gente que ha terminado de comer y todavía no se ha acostado a hacer la siesta, que saluda familiarmente a los capos porque ya los conoce de cuatro años atrás, viéndolos hacer, fatalmente, ese camino que lleva a la Salamanca; los de cuarto son los jefes. Van casi todos con una ramita en la mano, de retama, o de cualquier vara flexible que, yo sé, van a marcarme las piernas cuando la hagan silbar y me va a dejar una estela, apenas, rosada en la piel mientras salto o corro. Y aunque se marcha en silencio y en orden, no falta alguno que hace chistes y dice palabrotas que tienen la propiedad de tentarnos; palabras como pelotudo, por ejemplo, que uno ha venido oyendo de por vida, hoy suena nueva, desconocida; imprevistamente original en los oídos, y la risa te sale fácil, como torrente, seguida del¡ cállense ,carajo, pichicatones de mierda!...Dentro de un rato no van a tener ganas de reírse, así es que se cruza, casi con un silencio de entierro, todo el boulevard Yrigoyen y ya vamos entrando en la zona de tierra arcillosa, donde el terreno ha sido comido por un dinosaurio y han quedado, nada más, que los agujeros mordidos; las barrancas hechas de tierra desgarrada que me hacen acordar al Cañón del Colorado que ví en una película o al África de Tarzán y también Las minas del rey Salomón, con Stewart Granger. Pero ya caminamos entre los montecitos de espinillos y talas y la tierra se ha hecho negra, después de haber sido casi piedra, doscientos metros antes; y calienta a lo loco el sol de las dos de la tarde, o más o menos, de fines de Abril del año 54, pero nadie ha sacado su naranja porque ésto es el comienzo, nada más; una caminata inacabable, y así es que hay que reservarla para cuando haga falta. Vos veías a las barras de culos que acompañaban la fila haciendo correr el mate; cada grupito con su termo, perdonándote la vida desde la distancia, o haciéndote una seña cada tanto, una guiñada, por ejemplo, para darte un poco de ánimo, ofreciéndote un mate que sabían no te iban a permitir tomar; todos preparados, con sus bolsitos, para ponerse a la sombrita a mirar cómo te hacían correr y tirarte cuerpo a tierra; sorbiendo despacito, midiendo tu resistencia, comparándote consigo mismo el año anterior, cuando pasaron por la misma circunstancia. Y claro que yo lo sabía, Amelia. Ya me lo sabía de punta a punta; alguien, un culo, me lo había enseñado pacientemente y yo mismo había necesitado saberlo para ordenarme interiormente, para hacer una balanza entre mi miedo y mi inseguridad; un mecanismo que he seguido repitiendo desde siempre, para permitirme manejar las experiencias traumáticas. Las situaciones difíciles. Siempre un dato, una pequeña certeza, me han servido para aguantar lo que tenga que venir; así es que estaba preparado para el camelo; porque sabía que te lo enseñaban por estrofas, en grupos de cinco o seis, y que cada grupo quedaba a cargo de un capo de cuarto, porque eran los capos con cuatro años de Fráter los encargados de la didáctica, así lo establecía “La Tradición”; esa palabra mugrienta que fue haciéndoseme repulsiva, odiosa, pero que contribuí a mitificar también yo más adelante, únicamente por miedo; para no seguir siendo el leproso de siempre. La Tradición lo establecía. La Tradición, me cago en el Copón, era una tiranía de normas no escritas que estabas obligado a seguir y respetar; así que no tenías más remedio que obedecer, que mandar, aunque todo eso te rebelara; obedecías, mandabas, vigilado por esa especie de Señora, de imagen de Nuestra Tradición Fraternal y la gran concha de la lora; que estaba en un altar ubicado en la torre del reloj de la Fráter o, a lo mejor, en la cancha de basquet, o en la misma Salamanca, donde habíamos llegado; ahí, entre los juncos, con el Arroyo de la China crecido, rodeando la ciudad y juntándose con el río Uruguay vaya a saber dónde mierda; pero que era una presencia terrible, concreta; una inmensidad de líquido después de los juncos filosos que irían a cortarte las manos en cada cuerpo a tierra, en medio del silencio enorme que reinaba y que yo, por entonces, no sabía que eso se llamaba fascismo…Silencio tenebroso quebrado por algún pájaro que lanzaba un quejido, quizá un bigüá, un lechuzón, o el chapoteo del agua. Empezaba con una especie de discurso que uno de cuarto se mandaba; hablaba del Bautismo, del significado que tenía lo que íbamos a atravesar; del origen de la Fráter, de su tradición ya casi centenaria, de la hermandad, del 14 de Mayo. La Fráter se transformaba, pues, en una Madre inmensa que nos cedía su intimidad, sus secretos, sus ritos de dormitorio, sus partes más pudendas, a condición de que excluyéramos a los “externos”; a nuestra familia, de todo lo que fuera su tradición; y su tradición era como sus tetas; como su concha, que nos pertenecía y a la que gozaríamos a condición de no traicionar nunca sus secretos, sus oscuras costumbres, como hago yo, ahora. No te voy a decir que llorábamos, pero seguramente poco faltaría al oír al exaltado compañero de cuarto, todo un hombre ya a nuestros ojos, subido a una piedra, hablando de esa de esa especie de MinaMadre que era la Fráter a partir de ahora que nacíamos, y a mi cabeza venía, lentamente, en un trávelling, la imponente mole de paredes grises, los techos acerados, su torre enhiesta y su reloj detenido dando la cara a los cuatro puntos cardinales. Yo sentía que iba a amarla intensamente y a temerla casi o más que a mamá, que iba a tener que cargar con ella toda la vida, me gustara o no. Así es que ¡ a correr, carajo!, pichicatones de mierda; ¡vamos, muévanse, hasta los juncos, sin parar! Al que se para lo cago a trompadas,¡vamos, mierdas!...¡ Salto rana, pichicatones; cuerpo a tierra! ¡No se me quede usted; no se haga el pijín, vamos, carajo, vamos!... Y la ramita silbaba en las piernas, en el culo, y había otros vamos, carajo, que venían de otros grupos, por ahí, que también andaban a las corridas, todos entregados a un ritmo enloquecido en el chapoteo del barro; con respiraciones a punto de estallar, de inmensas ganas de llorar; de agarrarte a trompadas con el capo aunque te destrozara y, sin embargo, ¡corran, carajo!, y aguantar y hasta cagarte de risa de algún gordo rezagado o pesado, que era una masa de ropa y carne embarrada hasta el caracú. Y que volvía a resbalar y a caerse y hacerte morir de risa. ¡No pararse, señores! ¡A ver si lo aprendemos despacito, señores, cuerpo a tierra todo el mundo: chécale, cachécale, cachín,, chau, chau. A ver, pichicatones, repitiendo a la carrera: chécale, cachécale ,cachín, chau, chau. A ver, tesoritos, ¡vamos, carajo! Hasta el río, carrera mar, putos; y silba que te silba en las patas la ramitazzzzsssssiiiiiiippppp: pómale, capómale, capín ,pau pau, zip.zzzzzssssssiiiiipppp
¡corriendo, mierdas; ¡ cuerpo a tierra!, gordo pelotudo! Usted es un pijín, gordito.¿Sabe lo que es un pijín?, zip, zip, un piolón, gordito, eso es un pijín; ¡carrera mar, cuerpo a tierra!...¡Déjese de joder con las espinitas, pichicatón! Ahí hay que tirarse, no se haga el piola, vamos, a las espinitas; vamos, tesoros…salto rana para papito; carrera mar, cuerpo a tierra, cachécale, capómale, carrá, rá, rá,zip;Zzzzzzssssiiippp; media vuelta, pichicatones. ¡Hasta el río, señores!, quiero verlos en el agüita, Zzzzzssssiiiippp,¿están cansaditos? ¡Ahhh, muy bonito! ¿ Y yo????...¿qué se piensan? ¿ que yo estoy hecho una lechuguita????, carrera mar a las espinitas; ¡cuerpo a tierra, pichicatones!...Talca huelca, lerelca, lerelca; talca huelca, lerelca, lerelca, ¡a correr, carajo!...Zzzzzzssssiiippp, Zzzzzssssiiippp, gateen, gateen, niños; y va una patada en el culo, tras otra patada en el culo,¡zaaaaaaa!,¡zaaaaaaaa!...Iu paití, iu paitá, ¡hip-rááááá, hip-rááááá!!!!...;¿Vieron que no era tan difícil? ¡A repetir y a correr!....¡Vamos, mierdas, vamos!....
El sol ya baja. Estamos tendidos, semimuertos, con el barro seco pegado a la piel, arañados, debajo de un tala, esperando la orden para empezar la prueba. Hemos comido la naranja, por fin. Hemos tomado mate, y esperamos. Sin ánimo, nadie, para hacer un chiste, un comentario. A ver cómo me dejan frente al resto, carajo; si me hacen pasar vergüenza y se equivocan al decirlo, todo el año los voy a tener cagando. Usted, Leves, a usted le digo; usted se las tira de pijín; más vale que no se equivoque. Pero no me equivoqué, Amelia. Tuve suerte; había que pasar por una hilera como de cuarenta tipos enfrentados, que formaban una callecita que tendría medio metro. Vos tenías que pasar corriendo a todo trapo y ellos te cagaban a patadas; te hacían zancadillas, te cruzaban a trompadas. Una vez que atravesabas esa prueba, te esperaban los capos de cuarto, responsables de la ceremonia. Tenías que decir el Chécale de corrido ante el que había dicho el discurso, mientras tres o cuatro te golpeaban en el pecho y en la espalda para hacerte equivocar. Si te salía bien, te daban un abrazo y estabas bautizado; dejabas de ser un leproso para siempre; si te salía mal, volvías a la fila y de nuevo a pasar por los tormentos. Me salió bien, Amelia; como siempre. Sólo que, todavía, no sabía que hacer bien las cosas no garantizaba nada. Que nadie te iba a reconocer o darte un lugar en el mundo por hacer lo que corresponde. Chécale, cachécale, cachín, chau, chau.



Chau.

jueves, 14 de octubre de 2010

62.-
CARTAS DE GRATITUD-ROSARIO
Celia nos recuerda que varias veces ha acudido a la Hermandad de Ntra. Sra. de Fátima para solicitar oraciones y otras buenas obras con el fin de obtener la salud de su hijo, joven de 18 años. Padecía cáncer, se hallaba paralizado y con terribles sufrimientos. Murió como un santo. No recobró la salud corporal, pero sí la resurrección moral y espiritual, siendo ejemplo para cuantos lo visitaban, sonriendo a todos. Gozaba de una maravillosa conformidad con la voluntad de Dios. El confesor que semanalmente le visitaba quedaba admirado. Todo lo atribuimos a las oraciones de ese santuario de la Virgen de Fátima, salud de los enfermos. Por este medio doy gracias a todas las almas errantes.

NUEVA YORK- Vivo en los Estados Unidos, pero tengo mi familia en las afueras de Buenos Aires. Tenía ganas de visitar a una hermana mía. Efectué el viaje.
Me llevó en peregrinaje a su santuario, donde adquirí una plaquetita con la efigie de Fátima para llevarla en mi coche invocando cada vez su protección. Soy diabético. A mi vuelta a esta ciudad, mientras conducía mi automóvil, perdí el conocimiento. Desperté en el hospital, pero sin lastimarme. Atribuyo esta gracia a Nuestra Señora de Fátima. No puedo menos que girarle una limosna en testimonio de mi gratitud.



Ah, sí. De todos modos, se trata de una simpleza. Levantarse todos los días, levantarlos, satisfacer un poco tus necesidades, ponerle alguna flecha a tu vida y quedarte quietito cuando la cosa no dé para más y te bajen el martillo. Ah, sí. Más o menos eso, hermanito. Y también decía: Vos perdoname este pesimismo congénito, pero me levanté así. Vos vas a decir que con este criterio no se va a ningún lado. Y tenés razón; no se llega a ninguna parte. Pero ya tengo mis años y, no vayas a creer, también tengo mi corazoncito. Tuve mis años en los que supe andar queriendo llegar a alguna parte. Y cuando te digo mis años, te hablo de unos veinte o treinta, ponele; si te descuidás, me la pasé toda la vida detrás; pero ya estoy viejo. Los años no vienen solos, sabés vos. Yo no he sido más que un hombre simple, pero me parece que la vida, nomás, me fue enseñando que querer llegar a alguna parte es difícil y no te voy a decir que es imposible, porque a alguno le ha tocado esa suerte; eso hay que reconocerlo. A mí no me
tocó, pero a mucha gente, por lo que yo tengo visto, tampoco. Y para mí eso no debería ser una cuestión de suerte, sino de justicia. Para eso uno debe luchar toda su vida. Yo no quiero desilusionarte porque vos sos un pibe joven todavía, y tenés todo tu derecho a esperar buenas cosas. Pero yo te arrimo mi experiencia, Mariano, porque, en una de esas te sirve de algo aunque no soy un tipo instruido, que tenga preparación, y vos te des cuenta de cosas que a mí no me da la cabeza para ver. Vos, por tu viejo, sabés bien cómo me hice yo, en la calle; atorranteando, viviendo de la caza y de la pesca, pero eso también sirve para tener un criterio de las cosas; simplemente porque uno ha sido vago y ha visto cosas. Imaginate, yo soy del 10, dos años menor que tu padre, así que ¡ si podrás hacerte una idea de la cantidad de cosas que hemos visto!...Isidro te habrá contado; imaginate que con él nos criamos juntos desde pibes y siempre nos estuvimos viendo porque una punta de años yo he estado manejando el coche motor que va de tu pueblo a Uruguay, así que, día por medio, estábamos viéndonos; y cuando él se venía a Uruguay nunca dejó de pasar por mi casa. Como te digo, vos tratá de salvarte solo; te lo digo de corazón. Yo sé que no hay nada más lindo que la juventud, que es cuando uno quiere hacer cosas; ¿ me lo vas a decir a mí?. Especialmente a la juventud de ahora yo la entiendo muy bien, no vayas a creer; no es mala como dicen algunos; para mí tiene sus ideales como los teníamos nosotros, a nuestra manera; pero tiene más estudio, es más criteriosa y se ha dado cuenta de cosas que yo o tu padre, en fin, los muchachos de mi tiempo, no comprendíamos porque andábamos en la joda, en la vagancia. Y bueno, a muchos se les dio por el lado de la violencia, como dicen ahora. No te voy a decir que los justifico porque yo no mataría ni una mosca, pero ¿ quién sabe?, muchas veces, si yo hubiera nacido ahora no andaría poniendo bombas por ahí…Lo que pasa es que estos gurises, como vos, ya no creen que la solución les venga a venir de los políticos. Se han metido a tirar tiros para ver si pueden dar vuelta esta torta, pobrecitos. Yo los comprendo, ya te digo; pero me parece que los van a ir matando a todos de a poco. Yo sé bien lo que es la política; desde la época de los conservadores que vengo viendo cosas. Con tu padre fuimos de los primeros en seguirlo a Yrigoyen y después a Perón. Y ya ves desde cuándo es que estoy viendo chanchullos; pero ya no quiero saber nada. Se acabó para mí; se acabó. Desde lo que pasó en Ezeiza, esa carnicería, ¿te acordás?; de acá fue tanta gente a esperarlo…Y después se comentó mucho. Bajé la bandera y no va más. Lo que está pasando ahora vos lo ves, por eso mi consejo es que no te metás en nada raro; no vale la pena. En el entierro de tu padre, cuando hablamos, yo me dí cuenta bien cómo pensás; sé que vos sos bienintencionado; pero como te conozco de gurí y sos el hijo de Isidro, que para mí era como un hermano, es que te digo que no vale la pena la política. Es sucia, te van a joder siempre y te van a tirar a un tacho de basura cuando no sirvas para nada. Vos tenés una mujer y tus hijos y tenés que pensar en ellos; más ahora como están de difíciles las cosas. Bueno, Marianito, voy a dejar acá. Yo sé que ésta va a ser la única carta que recibas de mí porque nunca nos hemos escrito ni hay motivos, pero me nació en un impulso después que conversamos en el entierro del pobre Isidro. Vos sabés cuánto lo quería y poco ha de faltar para que vaya a reunirme con él. Aquí ando, con la vista ya perdida casi del todo y penando con mi magra jubilación, pero me acompaña Elvira y mis recuerdos; los buenos sobre todo; que de los malos mejor no acordarse. Y, además, no sé para qué quiero ver más cosas con todo lo que tengo visto ya. Esta carta te la escribe por mí, don Juan Olivieri, de quién te acordarás muy bien porque solían jugar al truco seguido con Isidro y ahora los dos estamos en el boliche de siempre, al mediodía, tomando la Lusera y el vermut, mientras se la voy dictando. Recibí mi abrazo y el cariño entrañable que siento por tu padre.
ALBERTO DI MARIA
P/D. Que tengas suerte en tus cosas del arte; con eso sí metele fierro; que ahí está tu futuro. Saludos a tu señora que no la conozco y besos a tus pibes.-


Sostenido por delicadas hebras/de memoria./Sombra vaga de sueños/ya deshechos./ Lagarto inmóvil sobre la piedra/ del añorar./ Espectador de futuros ajenos./ Planta sin suelo./ Apóstol de ninguna cosa./ Pez en tierra./
Todo lo resume un hombre
parado al fin frente a su cara.
Quiero ser una flecha encendida/ rayando la noche./ Piloto de tormentas./ Ave de rapiña./ Águila y chacal./ Calor humano y agua cristalina.
No cuenta ahora más que consigo/ y alguna escasa sabiduría./ Lleva la piedra del pasado pesado/ que arrastra amigos que no tendrán/ la fraternidad del mate y la ginebra.
Es un zorro./ No pudo ser león./ Torpe en las caricias/ ha olvidado cómo besar./ Al fin de la roja guerra ha de volver a empezar cosas, cunas./ Todavía es un hombre. Y mira./ Contempla la extranjera imagen y advierte que está/ a las puertas de algunos pueblos/ que ha fundado/ en su corazón.
Quieto. Parado en la cruz de los vientos./ Delante la mancha insondable de / una sombra./ Y paciencia./ Sabe que todo el secreto consiste/ en quedarse allí./
Igual a una tardía crisálida sin especie.
Hasta el sordo y empecinado batir
de alas recién nacidas.


Ya no nacen descontroladas locas lobas aulladoras alegres a correr por el aire asesinando silencios ni hieren o aran hojas en blanco vírgenes seguras ha habido una guerra devastadora en el corazón del hombre y por un tiempo se llamarán a sosiego las pocas sos ciego que quedan tienen la misión de curarse para luego reproducirse en miles de millones y tomar posición en el cerebro y en el corazón del hombre lastimado. Al solo conjuro de los ojos cerrados y evocando un estado feliz habrán de precipitarse en tropel desbocado a la lengua del hombre a su cabeza y a sus dedos que aprietan lapiceras para realizar la fiesta ininterrumpida pero nueva del lenguaje. Podría ser que el inminente nacimiento de mi hijo reviente los poros las venas la lengua los peros de la poesía.

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